Libros de vacaciones (y 2)
Me parece como si mis vacaciones hubieran terminado hace meses, pero aún queda gente que está a punto de cogerlas o se encuentra en mitad de las suyas. En las mías no toqué un libro, pero son muchos los que aprovechan estos días para leer. Ya os recomendé unas cuantas lecturas veraniegas, y aquí va la segunda tanda, tan arbitraria y ecléctica como la primera. Se aceptan sugerencias. Ah, y no, no sale el Stieg Larsson de los…
El espejo del mar (Joseph Conrad). A este polaco que escribía en inglés se le suele recordar por El corazón de las tinieblas, pero entre las muchas obras maestras que dejó destacan estos recuerdos de su larga vida marinera, traducidos por Javier Marías. ¿El mejor escritor del mar? Probablemente.
Estambul. Ciudad y recuerdos (Orhan Pamuk). El Premio Nobel turco ama su ciudad natal. Se siente en cada página de estas “memorias de la ciudad, la mitad hecha con mis recuerdos y la otra mitad con mis pensamientos”, según sus propias palabras. Una maravilla.
Experiencia (Martin Amis). La peculiar autobiografía de uno de los mejores narradores ingleses, con espacio para los recuerdos y vivencias más íntimos, numerosos retratos de grandes escritores y hasta famosos como Travolta, y el sello de la casa: el humor más punzante. Amis no deja indiferente.
En tiempos de descuento (José Ignacio Bescós). Esta novela me la dejó un compañero de trabajo (el autor es su hermano) y confieso que empecé a leerla por compromiso. La acabé de un tirón y me reí con las aventuras de un periodista sin escrúpulos que transita por el lado oscuro del fútbol profesional.
From Hell (Alan Moore y Eddie Campbell). Una novela gráfica con una sabia mezcla de documentación histórica y especulación inteligente sobre los crímenes de Jack el Destripador y su trasfondo. Y también un repaso a las sombras de la sociedad victoriana. Desasosegante y magistral.
Una historia de amor y oscuridad (Amos Oz). Hay que ser un mojón para no conmoverse con esta autobiografía con forma de novela sobre la infancia, adolescencia y orígenes de Oz, un niño que crece en el conflictivo Jerusalén de los días del nacimiento de Israel. Una exhibición de sabiduría literaria y vital.
Antología (Luis Cernuda). No voy a ir de lector habitual de poesía, porque no lo soy, pero recuerdo muy bien esta selección de poemas del sevillano miembro de la Generación del 27 al que Aleixandre definió como “poeta amargo y desolador”. Y extraordinario.
Confesiones de un inglés comedor de opio (Thomas De Quincey). Un clásico de la literatura inglesa que reflexiona sobre su adicción al opio y las consecuencias de ésta sobre su vida. Era un tipo inteligente, así que nada que ver con las rayas de farlopa en los váteres de los bares.
En los mares del sur (Robert Louis Stevenson). Si te aficionas a la lectura con Stevenson ya no podrás dejarla. El escocés viajó por los mares del Pacífico Sur en busca de alivio a su enfermedad, y ésta es la crónica del periplo de Tusitala (el contador de historias), como lo llamaban los indígenas.
Confesiones de un burgués y ¡Tierra, tierra! (Sándor Márai). Hay que agradecer a Salamandra la recuperación del gran escritor húngaro. En la primera mitad del siglo XX se derrumbó un mundo entero, el de la vieja Europa central, y el muy sutil Márai da testimonio de la catástrofe en sus memorias.
Sí, pero…
Cuando estoy en forma -lectora, cuál si no- me gusta ponerme chulo con las novelas y emplazarlas a demostrar lo que pueden hacer. Las menos me rompen la cara a la primera y ya juegan conmigo como quieren hasta el final (¿conoces a Orhan Pamuk? El amigo de un amigo define como ‘destroza oficios’ a los tipos que ejercen una actividad con tal maestría que se cargan el escalafón. Pues bien, el escritor turco es de esos).
La mayoría adopta las maneras de una tranquilizadora rutina autocomplaciente y las olvido pronto: por ejemplo, las últimas de Paul Auster a partir de la insulsa Brooklyn Follies (2005), efectivas, magistralmente contadas, como siempre (Auster posee el raro don de la narración), pero fofas, carentes del nervio de las anteriores, lastradas por la agridulce sensación de lo ya visto, aunque quizá mi decepción provenga de mi vanidoso lado esnob (con negritas y todo), que escapa de la represión a la que lo someto para musitarme que yo ya me había enganchado a Auster cuando no lo conocían ni los lectores del Babelia.
Y hay una tercera categoría, a la que yo llamo la del “sí, pero…” En ella entraría la última novela que he leído, La isla inaudita (1989), de Eduardo Mendoza. Tenía ganas de meterle mano a Mendoza, del que he escuchado grandes elogios y que siempre me ha caído bien en las entrevistas, pero por unas cosas u otras no había encontrado el momento hasta que un inesperado regalo (gracias, Camino) me puso en las manos esta peculiar historia ambientada en Venecia.
Me ha parecido una obra menor. La inverosímil peripecia me ha divertido y el argumento intencionadamente caótico y arbitrario se sostiene en la ironía, gracia y eficacia estilística de Mendoza. En conjunto, resulta una lectura amena, pero mi sensación final ha sido: “Pues vale”. A pesar de lo dicho, encierra páginas excelentes y pasajes muy logrados que me incitan a leer otras novelas de Mendoza, porque me da que me lo puedo pasar muy bien. ¿Cuáles me recomendarías?
Y por cierto, ¿cuáles son tus libros “sí, pero…”?



