El valor de la lucidez
Manuel Chaves Nogales (1897-1944) fue un tipo singular. Periodista, se inició muy joven en la profesión en su Sevilla natal, y tras publicar sus reportajes en los principales periódicos de la época, acabó dirigiendo -aunque figuraba como subdirector- Ahora, el diario afín a Manuel Azaña, del que era declarado partidario.
Tan especial fue Chaves Nogales que hacía Nuevo Periodismo treinta años antes que Truman Capote y Tom Wolfe. Según la convención, ese género mezcla ficción y no ficción, elementos periodísticos y otros puramente narrativos, y justo eso practicó el escritor sevillano en dos brillantes libros donde encontramos reportaje y crónica, historia y testimonios, investigación y recreación de la realidad. Juan Belmonte, matador de toros, y El maestro Juan Martínez que estaba allí (ambos en Libros del Asteroide) figuran entre lo mejor del periodismo escrito en español en el siglo XX. Quienes los hemos leído sólo podemos envidiar a aquellos que aún no lo han hecho y tienen la oportunidad de darse el placer de conocerlos.
Y tan raro, tan ajeno a su tiempo, tan valiente fue Chaves que, en plena vorágine de los totalitarismos, cuando los demócratas verdaderos eran trece o catorce, cuando en España la honradez intelectual y la fidelidad a las ideas conducían directamente al paredón o la cárcel, tuvo el coraje de denunciar los peligros, el sectarismo y las salvajadas de los dos enemigos de la democracia liberal: el fascismo y el comunismo (no hay que perderse A sangre y fuego, su libro de relatos sobre la Guerra Civil española). Ahora nos parece fácil, pero entonces requería mucha lucidez y, sobre todo, mucho valor, porque te jugabas el pellejo. Así le fue: de derrota en derrota hasta el desastre final.
Al sublevarse Franco y parte del ejército, Chaves entró al servicio de la República, en la que creía firmemente. Cuando el Gobierno abandonó Madrid por la presión de las tropas franquistas, y asqueado por el rumbo que llevaba la contienda, emprendió con su familia el exilio a Francia (empezaba 1937), donde colaboró con la prensa francesa y latinoamericana. Fichado por la Gestapo, tuvo que volver a huir poco antes de la entrada de los alemanes en París, y tras pasar por Tours y Burdeos, embarcó rumbo a Inglaterra, donde continuó ejerciendo la profesión hasta su prematura muerte a causa de una enfermedad en 1944.
LA AGONÍA DE FRANCIA
En Francia asistió al derrumbe del país ante la embestida nazi, y no pudo contener al periodista que llevaba dentro. Estaba allí y tenía que contarlo. Fruto de su conocimiento de la situación y la política europea de la época (había viajado por todo el continente para escribir sus grandes reportajes) y de su contacto con franceses de todas las clases (comunistas y aristócratas, soldados y obreros, intelectuales y políticos), es La agonía de Francia (Libros del Asteroide, 208 págs, 14,95 €), un ensayo político y periodístico publicado en Uruguay en 1941 y felizmente recuperado ahora.
En este libro, Chaves señala a partir de lo que ve y escucha las claves de la rápida y fácil caída de la república francesa, para él una consecuencia del deterioro de los valores democráticos que Francia había contribuido a defender e impulsar en el mundo. El hundimiento de ese país era una tragedia para los demócratas, y por eso este breve volumen constituye sobre todo una defensa cerrada de una forma de gobierno que entonces parecía destinada a desaparecer.
En la lectura se percibe que escribía con los sucesos de España en mente, pero las terribles experiencias vividas aquí no hicieron sino reforzarle en sus convicciones. Impresiona que, en plena expansión de las dictaduras de uno y otro signo y maltratado por las circunstancias, este hombre tuviera la clarividencia de ponerse del lado correcto cuando era lo más arriesgado y difícil. Chaves Nogales, además de un excelente y eficaz escritor, fue íntegro y valiente, y su recuperación para las letras españolas supone una gran noticia.
Castañuelas y revolución
Mal negocio el de decir la verdad. O el de decirla en el momento equivocado. Ésa es la única explicación que se me ocurre al hecho de que apenas se conozca a Manuel Chaves Nogales (1897 - 1944), el brillantísimo periodista sevillano que se opuso por igual a fascistas y comunistas cuando había que hacerlo, en los años 30 y 40 del siglo pasado, décadas de plomo para quien pretendiera mantenerse libre. Silenciado por unos y otros totalitarios aficionados a la carne picada, sólo ahora levanta cabeza su figura, en gran parte por la labor de recuperación emprendida por Libros del Asteroide.
Chaves Nogales sabía (lo probó en sus carnes) que fascistas y comunistas eran entonces los mismos perros con distintos collares -a pesar del prestigio intelectual que ocultó bajo toneladas de tierra y mentiras los crímenes soviéticos- y tenía el valor casi suicida de decirlo cuando unos y otros parecían cerca de repartirse el mundo y la democracia lucía la salud de Fidel Castro. Por eso quedó sepultado por nuestra guerra civil y el exilio, por eso “perdió la guerra y la literatura, a diferencia de la mayoría de sus colegas, que o bien ganaron la guerra o bien ganaron los manuales de literatura”.
Son palabras de Andrés Trapiello en su excelente prólogo a El maestro Juan Martínez que estaba allí, la novela o crónica o reportaje (no es fácil precisarlo, porque de todo tiene) que Chaves Nogales publicó en 1934 y que ha acrecentado mi admiración por el sevillano, nacida de la lectura de su deliciosa biografía de Juan Belmonte, de la que ya escribí aquí.
ROJOS, BLANCOS Y UN FLAMENCO
¿Te imaginas la revolución soviética contada por un flamenco? “A mí la toma del poder por los bolcheviques, los famosos 10 días que conmovieron al mundo, me cogieron en Moscú vestido de corto, bailando en el tablado de un cabaret y bebiendo champaña a todo pasto”. El que habla es Juan Martínez, el bailaor que se gana la vida junto a Sole, su compañera, por los cabarets de toda Europa y que se ve atrapado por los acontecimientos revolucionarios de 1917.
Sin poder salir de Rusia, pasará seis infernales años con su pareja en San Petersburgo, Moscú y, sobre todo, Kiev, donde sufrirá la guerra civil entre bolcheviques y zaristas, la salvaje y sistemática represión de unos y otros, el hambre aplastante, los fríos lunares, miserias y tristezas sin fin… Cuenta con sencillez las cosas más tremendas, y el periodista lo refleja con un español depurado, preciso, sin afectación, contemporáneo tras tres cuartos de siglo: fabuloso.
Martínez es un pícaro que casi siempre se equivoca y escoge el camino erróneo, un experto en pequeños engaños, un superviviente puro sin ideología y un extraño en Rusia, lo que le aporta una visión más libre, desapasionada y por tanto exacta de los terribles acontecimientos (¿has pensado alguna vez en la desgracia que era nacer en ese país hace cien años?). Baila con Sole en cabarets, recorre pueblos paupérrimos entreteniendo a los campesinos, ¡sirve como guardia rojo!, trabaja de croupier, revende joyas… Sobrevive, y ya se verá mañana.
Chaves Nogales lo conoció en París y tras escuchar sus peripecias las plasmó en esta joya. ¿Hasta qué punto es fiel a la realidad, sin embargo? ¿No habrá también entreverados muchos recuerdos del propio periodista, que viajó por la neonata U.R.S.S, muchas impresiones nostálgicas de los rusos exiliados que conoció en la capital francesa? Poco importa al lector, irremisiblemente enganchado a unas páginas soberbias.
Chaves Nogales es uno de los míos, y no puedo esperar a leer A sangre y fuego. Héroes, bestias y mártires de España, su libro sobre nuestra guerra (in)civil.
Par de ases
Juan Belmonte (1892-1962) era sólo un novillero que empezaba a destacar cuando Valle-Inclán le dijo: “¡Juanito, no te falta más que morir en la plaza!”. El torero respondió: “Se hará lo que se pueda, don Ramón”. Lo cuenta Manuel Chaves Nogales (1897-1944) en Juan Belmonte, matador de toros (Libros del Asteroide), una biografía novelada, o novela biográfica; un anticipo del Nuevo Periodismo (esa mezcla de periodismo y literatura que practicaron Tom Wolfe, Norman Mailer, Hunter S. Thompson, Truman Capote…). Un libro apasionante y extraordinario que también encontrarás en Alianza Editorial.
¿Que quién era Belmonte? El Pasmo de Triana, quizá el torero más importante de la historia, el que cambió el viejo toreo (o te quitas tú o te quita el toro) y sentó las bases del nuevo (no te quitas ni te quita el toro… si sabes torear). El hombre que con Joselito El Gallo dividió España en ‘gallistas’ y ‘belmontistas’, cuando una figura del toreo era un semidiós en un país áspero y pobre que entraba dando tumbos en el siglo XX. El triunfador que empezó como un pillo de Triana que junto a otros chavales desesperados toreaba furtivamente de noche en cercados y dehesas, desnudo y asistido sólo por la luz de la Luna y una chaqueta a modo de engaño, el anciano que acabó volándose la tapa de los sesos en su finca andaluza tras pasar la tarde solo, cabalgando y apartando reses, cerrando con un acto íntimo y para siempre inexplicable una vida fascinante.
¿Y Chaves Nogales? Un periodista de talento, un reporter que viajó incansable por Europa -llegó a entrevistar a Joseph Goebbels, ministro de Propaganda de Hitler, que le pareció “grotesco e impresentable”-, un periodista de raza (”andar y contar es mi oficio”), un republicano azañista odiado por fascistas y comunistas, y que en su libro A sangre y fuego. Héroes, bestias y mártires de España (publicado en Chile en 1937) abominó de la crueldad y la estupidez que se enseñoreaban entonces de toda España, salvajismo del que culpaba a partes iguales “a la peste del comunismo y del fascismo” y al “miedo de los sectarios al hombre libre e independiente”.
Un tipo sin miedo a pensar por su cuenta, y que dejó escrito: “Yo he querido permitirme el lujo de no tener ninguna solidaridad con los asesinos: para un español quizá sea eso un lujo excesivo”. A alguien así sólo le quedaba abandonar la España sectaria que hoy vemos pacífica y democráticamente reproducida en las tertulias y la política. Así lo hizo en noviembre del 36. Exiliado en París, la Gestapo lo tenía ‘fichado’ y cuando los nazis se acercaban a París huyó a Inglaterra, después de haber mandado de vuelta a su familia a España. Murió en Londres -donde ya se abría paso como periodista- en 1944, a los 46 años.
JUAN BELMONTE, MATADOR DE TOROS
El libro fue publicado como tal a finales de 1935, apenas unos días después de que viera la luz la última de las entregas que lo componían y que, a la manera de reportaje-folletín, fueron saliendo en la revista Estampa. Triunfó de inmediato y fue rápidamente traducido al inglés, lo que luego allanaría el camino de Chaves Nogales en tierras británicas.
Biógrafo y biografiado se conocieron y conectaron, aunque Belmonte no era un tipo fácil y al autor no le gustaban los toros. A partir de sus largas conversaciones, Chaves reconstruyó la vida del torero, dándole voz a éste de modo que el relato parece salir de boca del propio matador en una suerte de autobiografía, aunque siempre se percibe la mano del periodista, que consigue un español rico, preciso, austero, alejado de la soporífera retórica y la cursilería casticista que suele plagar los textos de los taurinos.
El libro, delicioso, se “lee como una novela”, en palabras de Javier Marías, y una característica especial aumenta su mérito y lo distingue: las decenas de anécdotas y vivencias que contiene no lo lastran. Es decir, no se queda en un muestrario de historias y situaciones más o menos pintorescas, trágicas o cómicas, lo que quizá lo haría tedioso y lo asemejaría a tantos otros, sino que las trasciende para dar cuenta de una forma vivir (”se torea como se es”, decía Belmonte) y de cómo era España hace un siglo.
Habría que agradecer a Libros del Asteroide la recuperación de la obra de Chaves Nogales, dispersa y perdida a menudo por su propia naturaleza periodística. Estoy deseando leer otro de sus libros: El maestro Juan Martínez que estaba allí, la historia real de un bailarín de flamenco y su compañera, a los que sorprendió en Rusia la revolución soviética y la posterior guerra civil. Me huelo que será fascinante.




