Aún hay clases
En las próximas semanas, dos novelas históricas van a entrar en las listas de los libros más vendidos para quedarse una buena temporada. La primera es Venganza en Sevilla (Planeta), de Matilde Asensi, una aventura ambientada en la populosa capital andaluza de principios del XVII. Basta descargarse el primer capítulo de la web de la autora para advertir el olor a coñazo homérico y prosa funcionarial, espesa, gallinácea y más plana que una entrevista con Indurain. Pero nos hartaremos de verla en el metro y las playas.
La segunda es El asedio, de Arturo Pérez-Reverte (la publica Alfaguara el 3 de marzo), y aunque él niega que sea una novela histórica, se desarrolla en Cádiz durante 1811 y 1812. No sería mala cosa que PP y PSOE introdujeran en su hipotético Pacto por la Educación una cláusula que incluyera algunos relatos de Pérez-Reverte en los planes de estudio. Las aventuras del capitán Alatriste están bien escritas -uno descubre la pobreza del castellano que hablamos cotidianamente-, divierten, enganchan y en ellas se aprende bastante más historia que en las clases de la mayoría de profesores de ESO (qué nombre tan definitorio). Cabo Trafalgar o Un día de cólera son también recomendables ejemplos del género preferido por los españoles, según proclaman las estadísticas año tras año.
Asensi desciende del infantiloide Dan Brown; Reverte, de Alejandro Dumas, rey del folletín histórico con clase. Y no es lo mismo.
NOTA: En breve, mi top de novelas históricas (no sale Ken Follett, aún no soy una vecinita).
Los 20 más vendidos
Nielsen acaba de publicar la lista de los libros más vendidos en España en 2009.
12. La soledad de los números primos, Paolo Giordano
13. El niño con el pijama de rayas, John Boyne
16. En el reino de la fantasía, Gerónimo Stilton
17. La isla bajo el mar, Isabel Allende
18. Contra el viento, Ángeles Caso
19. Aurora boreal, Äsa Larsson
2,7 millones de personas compraron alguno de los volúmenes de Millennium, la trilogía de Larsson, de cuyo primer volumen se vendieron más de un millón de ejemplares, y las ventas de cada uno de sus títulos casi duplican las del cuarto libro más vendido, El símbolo perdido, de Dan Brown.
Numerati
Si la bestia negra del libro de papel es -puede, veremos- el lector de libros electrónicos, ¿por qué no iba a resultar el trasto de la foto la némesis de los Kindle, Sony Reader, Nook y demás?
Leo en El País que en los EE.UU hay muchas personas que prefieren disfrutar de sus libros digitales en dispositivos versátiles como el iPhone u otros teléfonos inteligentes, que también les sirven para llamar, navegar por Internet, escuchar música, ver vídeos, jugar… Los lectores de libros electrónicos apenas valen para una cosa, y en el mundo de convergencia tecnológica en el que nos adentramos eso es una condena. ¿Morirán los e-readers antes de llegar a la adolescencia?
LO SABEN TODO DE TI
¿Quiénes? Los Numerati. ¿Otra basura de Dan Brown? No, el término inventado por el periodista norteamericano Stephen Baker, que con el olfato mercadotécnico que distingue a los yanquis ha bautizado así a las personas especializadas en analizar nuestros crecientes rastros digitales (clics, pagos con tarjeta de crédito, llamadas con el móvil…) y servírselos en bandeja a empresas, gobiernos, partidos políticos…
De esta gente -matemáticos, en su mayoría- y su creciente influencia en nuestras vidas habla Baker en Numerati (Seix Barral), un libro interesante, con la gran virtud de suscitar numerosas preguntas y escrito con un estilo periodístico muy anglosajón, lo que se aprecia a pesar de la pésima traducción, hecha en México si no me equivoco, espesa y plagada de errores y giros idiomáticos que desconcertarán al lector español.
¿El fin de la privacidad? ¿La pesadilla de un mundo permanentemente vigilado? ¿El lado oscuro de la revolución digital? Imagina cuánto puede decir de ti que quede registrado hasta el último libro electrónico que compres. Ya no podrás ocultar que has pagado por todas las novelas de Lucía Extebarría.
El horror, el horror…
Llegan a las librerías (sí, aún quedan), grandes superficies, gasolineras y comercios del ramo las nuevas novelas de Fernando Sánchez Dragó y Dan Brown, ambas publicadas por Planeta, factoría de best-sellers, megagrupo mediático y editorial y uno de los pilares -junto a El Corte Inglés- de la empresa española de toda la puta vida. Si estos quiebran, nos vamos todos a la mierda, así que un respeto.
La de Dragó va de un gato que se le murió, lleva el umbraliano título de Soseki. Inmortal y tigre y El Mundo nos da la oportunidad de leer algunas de sus páginas. Gracias, Pedro Jota.
La de Brown se llama El símbolo perdido, hay masones dando el coñazo y las brillantes mentes marketinianas han ideado un estremecedor acto publicitario en El Corte Inglés de Goya (Madrid): doce personas la leerán durante doce horas ininterrumpidas. El happening-performance es este miércoles 28 de octubre. No me lo pierdo ni loco.
Por cierto, El País y Cebrián (o alguna caritativa alma prisaica) no pueden ser menos que sus rivales de la acera de enfrente, y también nos brindan la oportunidad de devorar ávidamente un avance de la cosa.
Lo decía en Apocalypse Now el Kurtz de Marlon Brando, inspirado en el muy distinto creado por Joseph Conrad en El corazón de las tinieblas (Alianza Editorial): “El horror tiene cara…”. Clarividencia, lo llaman.
ACTUALIZACIÓN: A eso de las 7 de la tarde -horario comercial punta- pasé por El Corte Inglés donde se realizaba la lectura de Dan Brown y sólo había mesas vacías.
Lecturas a 9.000 metros
La revista Time acaba de publicar una lista con los diez libros más vistos en los aviones y aeropuertos de los EE.UU. en los últimos cinco años. Este Top 10, que incluye a súper ventas como John Grisham y Michael Crichton, está encabezado, por supuesto, por Dan Brown y dos de sus mega-best-sellers: Ángeles y Demonios y El Código Da Vinci (81 millones de ejemplares vendidos).
Por cierto, la última de Brown, El símbolo perdido (a la venta el 29 de octubre) está batiendo récords de ventas en los EE.UU, Canadá y el Reino Unido, y me juego una cena a que sustituirá a Stieg Larsson en el transporte público. Protagoniza la esotérica intriga el personaje de más éxito del millonario novelista: el profesor Robert Langdon, pero hay una novedad trascendental: el argumento se ha pasado del Opus Dei a la masonería. ¿Para cuándo una con los escolapios, Dan?
¿Y EN ESPAÑA QUÉ?
La lista es muy americana, claro. No tengo noticia de que se haya elaborado una similar en nuestro país, pero como llevo un seleccionador y un curioso sociólogo (léase mirón) dentro, voy a aventurar la mía, con el rigor de un tertuliano. Allá va:
1. Una de las de título enrevesado de Stieg Larsson.
2. Una de las de título enrevesado de Stieg Larsson.
3. Una de las de título enrevesado de Stieg Larsson.
4. La catedral del mar, de Ildefonso Falcones.
5. La cuadragésimo sexta edición de El alquimista, de Paulo Coelho.
6. El juego del ángel, de Carlos Ruiz Zafón.
7. El niño con el pijama de rayas, de John Boyne.
8. Una de llorar de Isabel Allende.
9. Alguna del Alatriste de Pérez Reverte.
10. El arte de la guerra, de Sun Tzu (en Business y el puente aéreo).
Haceros una, venga.
Procrastinación
No soy sobón (bueno, depende), pero empezaré con una de las citas más sobadas de la historia de la literatura, producto de la aguda mente de Borges, esa multinacional de las frases lapidarias: “Otros se jactan de los libros que han escrito; yo me enorgullezco de los que he leído”. No es por fastidiar, pero ¿sabías que Borges se quedó ciego?
No voy a presumir de los libros que he leído, porque la cifra sería ridícula. Tengo la costumbre de apuntar lo que me voy apretando y me sale una media de 30-35 títulos al año. Muchos para algunos, normal para otros, una mierda si tenemos en cuenta lo que se publica cada año (mucho más en España, tierra de sobreproducción libresca) y todas las maravillas escritas en el pasado, que convierten en obligación el comportamiento excluyente y hasta esnob si hace falta.
Esta exigencia elimina a Lucía Etxebarría, Dan Brown, Ildefonso Falcones, Paulo Coelho, novelas de masones, templarios y esoterismos históricos, y un género que detesto especialmente: el de las heroínas émulas de la Bridget Jones de Helen Fielding y sus tres Mandamientos Cosmopolitan: trepar en el trabajo, correrse mucho y bien y no engordar.
El caso es que a mí lo que me gusta es refocilarme en lo que no he leído (siempre que se trate de lecturas de las consideradas ineludibles), y en ese lodazal de páginas no abiertas tengo unos cuantos favoritos que me permiten fustigarme, aunque intuyo que el amor propio lector me hará abordarlas algún día. Aquí van:
DOSTOYEVSKY
Por supuesto, me refiero a sus grandes tochos: Crimen y Castigo y Los hermanos Karamazov. Terribles elucubraciones, densa introspección, el Bien y el Mal, cientos de páginas de letra minúscula y apretada, rusos con nombres interminables… Tolstoi me encanta, pero este hombre me intimida. Dicen que de él parte mucha de la mejor novelística del siglo XX, pero me da un perezón…
ULISES
Y eso que disfruté bastante con Dublineses y El retrato del artista adolescente, pero el Ulises de James Joyce me infunde el mismo respeto que los niños de los cursos mayores cuando era pequeño y un verdadero pringado-pardillo-panoli. Mejor no tocarles las narices.
PROUST
Juro por mi madre que tengo un amigo que se ha leído las siete novelas de En busca del tiempo perdido, pero yo me quedé varado en la que abre fuego, Por el camino de Swann. Recuerdo muy bien la experiencia. La cosa empezó floja pero vagamente prometedora, pasé por cien páginas áridas que estuvieron a punto de tumbarme y llegué a la tierra prometida del placer hacia el final (lo que en términos proustianos supone como doscientas o trescientas páginas). Quizá me lance a la empresa cuando me recluya en una habitación forrada de corcho…
LOS GRIEGOS
Pues sí, los grandes dramaturgos trágicos, Eurípides, Sófocles, Esquilo. He leído las desvergonzadas, divertidas y cáusticas comedias de Aristófanes, pero no he entrado en las del tridente ’serio’. Éstas sí que van a caer, a mí me tira mucho el griego.
TINTÍN
Lo tengo fácil, porque guardo todos sus tebeos en un polvoriento rincón tomado por las pelusas. Me encantan el dibujo limpio de Hergé y sus secundarios maravillosos (la Castafiore, Hernández y Fernández…), y de mayor quiero ser como el Capitán Haddock, pero sin que me jodan el whisky.








