Archive for Periodismo

Jugando con el enemigo

John Carlin (Londres, 1956) es un periodista crecido en el Reino Unido y Argentina que pasó seis años en Sudáfrica -de 1989 a 1995- como corresponsal de The Independent. Hasta ahora lo conocía por sus artículos en El País, donde da prueba de parecido talento al que Nick Hornby exhibe en Fiebre en las gradas -libro entrañable para los que vemos el fútbol como parte importante de nuestra educación sentimental- para escribir de este deporte sin caer en el tópico ni incurrir en la habitual prosa cochambrosa de la prensa deportiva. Carlin desde una perspectiva periodística y Hornby con una personalísima visión de cronista de la cultura pop.

Ambos escritores saben extraer conclusiones sociales y personales del fenómeno del deporte, la casi religión de masas que -nos guste o no- tiene la capacidad de movilizar a países enteros como ninguna otra fuerza hoy. ¿Hace falta recordar los Juegos de Barcelona o la pasada Eurocopa de fútbol? ¿Se te ocurre algo que pueda unirnos más, aunque sea por un rato, que ganar el Mundial de Sudáfrica el próximo verano?

EL FACTOR HUMANO

Ya tenía mi respeto, pero Carlin acaba de ganarse mi admiración por su forma de narrar la siguiente historia: un hombre que pasa 27 años en prisión por intentar que en su país se juzgue a las personas por su carácter y acciones y no por el color de la piel acaba ganándose a sus carceleros y liderando un milagro: el final pacífico de un régimen racista y cruel que parecía encaminado a un remate sangriento.

El hombre es Nelson Mandela, el país Sudáfrica, el régimen el apartheid y el libro que relata los acontecimientos El Factor humano (Playing the enemy en el original, ¿por qué ese cambio?), la relación del endiablado proceso de seducción que llevó a Mandela a culminar su conquista de los corazones blancos de Sudáfrica en la final de la Copa del Mundo de Rugby de 1995, que enfrentó a la selección de su país (catorce blancos y un negro) al temible equipo neozelandés, los legendarios All Blacks.

El 24 de junio de ese año, en el Ellis Park de Johannesburgo, el poder simbólico del deporte comenzó a unir a dos pueblos, opresor y oprimido, enfrentados desde hacía siglos, y Mandela fue el chamán que llevó la ceremonia a buen puerto… ayudado por su equipo, que ganó el partido.

El factor humano es una lección de historia política moderna, un relato apasionante y magníficamente narrado y construido, y un inteligente retrato de la compleja personalidad de una de las figuras políticas más admirables de la historia reciente. Carlin se vale de los testimonios en primera persona de las personas que vivieron de cerca todo el proceso y pasa con soltura del terreno de juego a las calles de Ciudad del Cabo, de la celda de Mandela a su despacho de presidente, siempre con una escritura apasionada y contagiosa de gran reportero. Un libro magnífico, que ahora ha llevado al cine Clint Eastwood (Invictus se estrena el próximo 29 de enero).

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Drogaína

Mis experiencias con las sustancias estimulantes, deprimentes, narcóticas o alucinógenas se reducen al alcohol, y eso me convierte en un tío sanísimo, cuando no en un bicho raro y aburrido, al menos en ciertos ambientes. Una de las pocas cosas que tengo claras en esta vida es que no pienso meterme mierda de procedencia desconocida en un asqueroso váter de bar. Si algún día pruebo las drogas será en un chateau de la campiña francesa, vestido con un batín de seda (llevaré calzoncillos, calma) y rodeado de expertos conocedores en la materia que me guíen en el viaje.

Dicho esto, he de agradecer a El Ángel Exterminador que me haya prestado Miedo y asco en Las Vegas, el libro más conocido de Hunter S. Thompson (1937 - 2005), el reportero americano al que se atribuye la invención del Periodismo Gonzo, una especie de subgénero del Nuevo Periodismo de los Wolfe, Capote, Mailer y compañía. ¿Que de qué va eso del periodismo gonzo? Me da que ni el propio Thompson lo sabía, pero en la Wikipedia (ese “error en equipo”, según Andrés Neumann) se lee esto.

VIAJE ALUCINANTE AL SUEÑO AMERICANO

Lo he pasado muy bien con este delirante descenso a los infiernos de dos tíos puestos de todo tipo de drogas (mescalina, LSD, ácido, cocaína, éter, pirulas varias…) en un lugar que presumo tan alucinado como una psicosis anfetamínica: Las Vegas, ese gigantesco y absurdo casino en mitad del desierto.

Thompson entró en la capital del juego con un arsenal de sustancias prohibidas y se paseó por allí sin otro irónico objetivo que alcanzar lo que él llamaba el Sueño Americano. No halló ni rastro de él, claro, pero por el camino nos dejó una descripción hilarante -y muy brillante en ocasiones- de los diversos estados mentales (paranoias, alucinaciones, crisis nerviosas) y situaciones absurdas provocados por lo que él y su compañero se iban metiendo, y también una visión (el libro fue publicado en 1971) de lo que fueron los sesenta en los EE.UU., cuando empezaron a pegar las drogas.

Poco periodismo veo en Miedo y asco en Las Vegas, y sí literatura rabiosamente subjetiva y muy recomendable. Por cierto, me alegro de haberlo leído ya mayorcito. Me ha permitido distanciarme y disfrutarlo con la ironía que quizá no posea un adolescente, propenso a quedarse fascinado con este tour de force drogota, del que hay versión cinematográfica (con Terry Gilliam dirigiendo a Johnny Depp y Benicio Del Toro) y que me ha recordado otra obra relacionada con las drogas y sus efectos, que leí hace años y de la que hablaré después de este vídeo cortesía de YouTube.

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LA FASCINACIÓN DEL OPIO

Si no hay enfermedades sino enfermos, quizá no haya drogas sino drogadictos. Las Confesiones de un inglés comedor de opio (¡titulazo!) constituyen una aproximación al mundo de la intoxicación y las adicciones completamente diferente a la de Hunter S. Thompson. Es obra de Thomas de Quincey (1785 - 1859), un diminuto, cortés y bohemio erudito británico que cayó en las garras del opio para remediar sus dolores físicos y espirituales.

Estas confesiones, “la crónica de un periodo extraordinario de mi vida”, en palabras del autor, son una suerte de autobiografía en la que ocupa un lugar importante el opio, que De Quincey comenzó a tomar en 1804 por las razones antes citadas, y del que ya nunca podría librarse. En el texto (publicado originalmente en 1821 en la revista London Magazine), esta sustancia aparece como una odiosa maldición, pero también como un medio para provocar fascinantes y tortuosas fantasías oníricas -casi siempre repletas de imaginería oriental, a menudo china, porque el opio se asociaba en occidente con esa parte del mundo-, descritas con una prosa muy elaborada y rica, repleta de divagaciones deliciosas.

De Quincey era un idealista, un visionario y -como todo buen romántico- un reaccionario espiritual en una época que se adentraba despiadamente en la era de la industrialización. Es muy interesante conocer su experiencia con la droga, que supo aprovechar artísticamente y que, siendo tan ‘moderna’ y casi fundacional de una tradición literaria, poco tiene que ver con la de Hunter S. Thompson. El escritor inglés usó el opio como un vehículo para llegar a algo gracias a su sensibilidad intelectual, y Thompson se queda en un aturdimiento estéril, superficial y muy brillante que me recuerda a Tarantino.

De torres y aviones

El 11-S va inevitablemente unido en nuestras mentes a fechas como el 23-F o el 11-M en la nómina del “dónde-estabas-tú-aquel-día-y-a-aquella-hora”. En mi caso, en la clase de inglés que a la hora de comer recibíamos los empleados de Wanadoo (ahora Orange), la empresa donde trabajaba. Recuerdo a la compañera que entró en el aula y nos dijo que una avioneta se acababa de estrellar contra las Torres Gemelas…

Es evidente que aquel día empezaron a cambiar -por lo general para mal- muchas cosas en la política internacional. Como dijo el novelista británico Martin Amis, “la reacción de los EE.UU. se produjo en estado de shock, como aquellas personas que deambulan errantes por ahí después de un accidente”, y en esas seguimos, ocho años después. La todopoderosa nación, golpeada en casa por primera vez. No era Pearl Harbour, una base militar a miles de kilómetros de sus costas continentales, sino Nueva York, el símbolo del país al que dicen que se parece poco.

EL SEGUNDO AVIÓN

El novelista británico Martin Amis ha publicado desde aquel día numerosos artículos, ensayos e incluso relatos sobre aquellos acontecimientos, sus antecedentes y consecuencias, y Anagrama los reúne ahora (la pela es la pela y las efemérides hay que explotarlas) en El Segundo Avión.

Amis no suele andarse por las ramas y sus opiniones -harto discutibles y a veces exageradas- caen como bombas entre los bien pensantes. Posee tres virtudes: escribe fabulosamente, es divertido y alborota el gallinero. Si no lo conocías, puede ser una buena oportunidad para hacerlo, aunque tampoco deberías perderte Koba el Temible, donde es la tolerancia de los intelectuales occidentales ante los crímenes de Stalin la que pasa por el temible filo de su pluma, y quizá seguir luego con sus novelas o Experiencia, un libro de memorias muy particular. Por cierto, El País te da la oportunidad de bajarte uno de los relatos de este nuevo libro, para que vayas abriendo boca.

LA TORRE ELEVADA

Dicen que algunos avisaron de la inminencia de un ataque terrorista a gran escala de Al Qaeda en territorio estadounidense. El periodista y escritor Lawrence Wright no llega tan lejos, pero no se corta a la hora de afirmar que anticipó las consecuencias del 11-S cuando escribió el guión de la película Estado de Sitio (1998), que trataba de la reacción del país ante ataques terroristas de fundamentalistas islámicos en… NY. Él sabrá. Lo cierto es que después de aquel día de septiembre hemos asistido a la paranoia y el miedo, y a una guerra y torturas completamente alejadas del espíritu de los padres fundadores de los EE.UU. La reacción de un tigre enfurecido con la avispa que le pica con inusitada violencia y a la que ni siquiera ve.

Wright vivió dos años en El Cairo, conoce los países musulmanes y también traza la génesis del grupo de Bin Laden y el fundamentalismo islámico, pero su acercamiento al tema no tiene nada que ver con el de Amis. La Torre Elevada (Debate) es una crónica minuciosa de los acontecimientos, la historia de cómo un pequeño grupo de fanáticos desalmados planeaba una masacre y de cómo otro reducido grupo de hombres y mujeres trató de impedirlo, con atención especial para John O’Neill, un especialista en terrorismo islámico que tras abandonar el FBI trabajaba como jefe de seguridad del World Trade Center, donde murió aquella mañana. Ganador del Pulitzer y el Pen en la categoría de ‘No ficción’, La Torre Elevada podría ser el contrapunto perfecto a El Segundo Avión.

Lo que hay que tener

Los astronautas ya no ponen cachondo a nadie. Pero hace cincuenta años lo hacían. Vaya que si lo hacían. En plena Guerra Fría, con Kennedy a punto de tomar la Casa Blanca y los impenetrables y amenazadores soviéticos lanzando satélites puntiagudos, perritas y tovarichs al espacio, una ola de pánico creada por los políticos yanquis y fielmente transmitida al espinazo de la nación por la levantisca infantería de los medios de comunicación recorrió los EE.UU. de Washington a Los Ángeles. ¡Los rojos en el espacio!

Era la hora para los “… elegidos de la cúspide misma, la élite de los que eran capaces de arrancar lágrimas a los seres humanos, la propia cofradía de los que tienen lo que hay que tener”. Sí, “… los hombres que recibirían todo el homenaje, toda la fama, todos los honores, y a los que se otorgaría la condición de héroes (…) antes del hecho, como al guerrero que protagonizaba antaño el combate singular”, a la manera en que David derrotó a Goliat e hizo huir a los filisteos sin plantar batalla.

Superstición arcaica en los albores de la era espacial, hipnóticamente narrada por la prosa de fuegos artificiales, exagerada, a menudo afectada y siempre viva y con peligrosa voluntad de estilo de Tom Wolfe (1931, Richmond, EE.UU.), teórico del nuevo periodismo, cronista de los lisérgicos sesenta y ahora vetusto dandy, fiel a sí mismo y la provocación, fustigador de lo políticamente correcto y más deslenguado que nunca gracias a uno de los pocos efectos de la vejez que me gustaría llegar a experimentar: la desinhibición.

LOS CAMPEONES DEL PUEBLO

Elegidos para la gloria es la crónica de los primeros años de la carrera espacial norteamericana, de los pioneros que la protagonizaron, inmersos en una batalla más grande que ellos mismos y en la que sólo tenían dos armas: su coraje y pericia. Es la mezcla de reportaje y ficción (sí, el famoso ‘nuevo periodismo’ de los Capote, Mailer, Thompson y el propio Wolfe) sobre la fiebre del espacio, ring estelar de la Guerra Fría, y sobre las ambiciones, miserias y miedos de los pilotos-astronautas; y es también la descarnada visión del matrimonio bastardo de medios y políticos, y del hambre insaciable del público que pide sin cesar más carne para la picadora, héroes que se la jueguen por ellos a la hora del telediario, paladines de la tribu.

Castañuelas y revolución

Mal negocio el de decir la verdad. O el de decirla en el momento equivocado. Ésa es la única explicación que se me ocurre al hecho de que apenas se conozca a Manuel Chaves Nogales (1897 - 1944), el brillantísimo periodista sevillano que se opuso por igual a fascistas y comunistas cuando había que hacerlo, en los años 30 y 40 del siglo pasado, décadas de plomo para quien pretendiera mantenerse libre. Silenciado por unos y otros totalitarios aficionados a la carne picada, sólo ahora levanta cabeza su figura, en gran parte por la labor de recuperación emprendida por Libros del Asteroide.

Chaves Nogales sabía (lo probó en sus carnes) que fascistas y comunistas eran entonces los mismos perros con distintos collares -a pesar del prestigio intelectual que ocultó bajo toneladas de tierra y mentiras los crímenes soviéticos- y tenía el valor casi suicida de decirlo cuando unos y otros parecían cerca de repartirse el mundo y la democracia lucía la salud de Fidel Castro. Por eso quedó sepultado por nuestra guerra civil y el exilio, por eso “perdió la guerra y la literatura, a diferencia de la mayoría de sus colegas, que o bien ganaron la guerra o bien ganaron los manuales de literatura”.

Son palabras de Andrés Trapiello en su excelente prólogo a El maestro Juan Martínez que estaba allí, la novela o crónica o reportaje (no es fácil precisarlo, porque de todo tiene) que Chaves Nogales publicó en 1934 y que ha acrecentado mi admiración por el sevillano, nacida de la lectura de su deliciosa biografía de Juan Belmonte, de la que ya escribí aquí.

ROJOS, BLANCOS Y UN FLAMENCO
¿Te imaginas la revolución soviética contada por un flamenco? “A mí la toma del poder por los bolcheviques, los famosos 10 días que conmovieron al mundo, me cogieron en Moscú vestido de corto, bailando en el tablado de un cabaret y bebiendo champaña a todo pasto”. El que habla es Juan Martínez, el bailaor que se gana la vida junto a Sole, su compañera, por los cabarets de toda Europa y que se ve atrapado por los acontecimientos revolucionarios de 1917.

Sin poder salir de Rusia, pasará seis infernales años con su pareja en San Petersburgo, Moscú y, sobre todo, Kiev, donde sufrirá la guerra civil entre bolcheviques y zaristas, la salvaje y sistemática represión de unos y otros, el hambre aplastante, los fríos lunares, miserias y tristezas sin fin… Cuenta con sencillez las cosas más tremendas, y el periodista lo refleja con un español depurado, preciso, sin afectación, contemporáneo tras tres cuartos de siglo: fabuloso.

Martínez es un pícaro que casi siempre se equivoca y escoge el camino erróneo, un experto en pequeños engaños, un superviviente puro sin ideología y un extraño en Rusia, lo que le aporta una visión más libre, desapasionada y por tanto exacta de los terribles acontecimientos (¿has pensado alguna vez en la desgracia que era nacer en ese país hace cien años?). Baila con Sole en cabarets, recorre pueblos paupérrimos entreteniendo a los campesinos, ¡sirve como guardia rojo!, trabaja de croupier, revende joyas… Sobrevive, y ya se verá mañana.

Chaves Nogales lo conoció en París y tras escuchar sus peripecias las plasmó en esta joya. ¿Hasta qué punto es fiel a la realidad, sin embargo? ¿No habrá también entreverados muchos recuerdos del propio periodista, que viajó por la neonata U.R.S.S, muchas impresiones nostálgicas de los rusos exiliados que conoció en la capital francesa? Poco importa al lector, irremisiblemente enganchado a unas páginas soberbias.

Chaves Nogales es uno de los míos, y no puedo esperar a leer A sangre y fuego. Héroes, bestias y mártires de España, su libro sobre nuestra guerra (in)civil.

Par de ases

Juan Belmonte (1892-1962) era sólo un novillero que empezaba a destacar cuando Valle-Inclán le dijo: “¡Juanito, no te falta más que morir en la plaza!”. El torero respondió: “Se hará lo que se pueda, don Ramón”. Lo cuenta Manuel Chaves Nogales (1897-1944) en Juan Belmonte, matador de toros (Libros del Asteroide), una biografía novelada, o novela biográfica; un anticipo del Nuevo Periodismo (esa mezcla de periodismo y literatura que practicaron Tom Wolfe, Norman Mailer, Hunter S. Thompson, Truman Capote…). Un libro apasionante y extraordinario que también encontrarás en Alianza Editorial.

¿Que quién era Belmonte? El Pasmo de Triana, quizá el torero más importante de la historia, el que cambió el viejo toreo (o te quitas tú o te quita el toro) y sentó las bases del nuevo (no te quitas ni te quita el toro… si sabes torear). El hombre que con Joselito El Gallo dividió España en ‘gallistas’ y ‘belmontistas’, cuando una figura del toreo era un semidiós en un país áspero y pobre que entraba dando tumbos en el siglo XX. El triunfador que empezó como un pillo de Triana que junto a otros chavales desesperados toreaba furtivamente de noche en cercados y dehesas, desnudo y asistido sólo por la luz de la Luna y una chaqueta a modo de engaño, el anciano que acabó volándose la tapa de los sesos en su finca andaluza tras pasar la tarde solo, cabalgando y apartando reses, cerrando con un acto íntimo y para siempre inexplicable una vida fascinante.

¿Y Chaves Nogales? Un periodista de talento, un reporter que viajó incansable por Europa -llegó a entrevistar a Joseph Goebbels, ministro de Propaganda de Hitler, que le pareció “grotesco e impresentable”-, un periodista de raza (”andar y contar es mi oficio”), un republicano azañista odiado por fascistas y comunistas, y que en su libro A sangre y fuego. Héroes, bestias y mártires de España (publicado en Chile en 1937) abominó de la crueldad y la estupidez que se enseñoreaban entonces de toda España, salvajismo del que culpaba a partes iguales “a la peste del comunismo y del fascismo” y al “miedo de los sectarios al hombre libre e independiente”.

Un tipo sin miedo a pensar por su cuenta, y que dejó escrito: “Yo he querido permitirme el lujo de no tener ninguna solidaridad con los asesinos: para un español quizá sea eso un lujo excesivo”. A alguien así sólo le quedaba abandonar la España sectaria que hoy vemos pacífica y democráticamente reproducida en las tertulias y la política. Así lo hizo en noviembre del 36. Exiliado en París, la Gestapo lo tenía ‘fichado’ y cuando los nazis se acercaban a París huyó a Inglaterra, después de haber mandado de vuelta a su familia a España. Murió en Londres -donde ya se abría paso como periodista- en 1944, a los 46 años.

JUAN BELMONTE, MATADOR DE TOROS

El libro fue publicado como tal a finales de 1935, apenas unos días después de que viera la luz la última de las entregas que lo componían y que, a la manera de reportaje-folletín, fueron saliendo en la revista Estampa. Triunfó de inmediato y fue rápidamente traducido al inglés, lo que luego allanaría el camino de Chaves Nogales en tierras británicas.

Biógrafo y biografiado se conocieron y conectaron, aunque Belmonte no era un tipo fácil y al autor no le gustaban los toros. A partir de sus largas conversaciones, Chaves reconstruyó la vida del torero, dándole voz a éste de modo que el relato parece salir de boca del propio matador en una suerte de autobiografía, aunque siempre se percibe la mano del periodista, que consigue un español rico, preciso, austero, alejado de la soporífera retórica y la cursilería casticista que suele plagar los textos de los taurinos.

El libro, delicioso, se “lee como una novela”, en palabras de Javier Marías, y una característica especial aumenta su mérito y lo distingue: las decenas de anécdotas y vivencias que contiene no lo lastran. Es decir, no se queda en un muestrario de historias y situaciones más o menos pintorescas, trágicas o cómicas, lo que quizá lo haría tedioso y lo asemejaría a tantos otros, sino que las trasciende para dar cuenta de una forma vivir (”se torea como se es”, decía Belmonte) y de cómo era España hace un siglo.

Habría que agradecer a Libros del Asteroide la recuperación de la obra de Chaves Nogales, dispersa y perdida a menudo por su propia naturaleza periodística. Estoy deseando leer otro de sus libros: El maestro Juan Martínez que estaba allí, la historia real de un bailarín de flamenco y su compañera, a los que sorprendió en Rusia la revolución soviética y la posterior guerra civil. Me huelo que será fascinante.

Kapuscinski o vivir para contarlo

Estos días es Irán. Otros, Corea del Norte. O Pakistán. O Nigeria. O incluso esos Estados Unidos de los que creemos saberlo todo, y que vistos en la lejanía y la epilepsia fragmentaria de los medios pueden llegar a parecernos tan inextricables y exóticos como las intrigas políticas bolivianas o las interminables guerras civiles de tantos países africanos.

Los acontecimientos parecen brotar como setas en el bosque para desaparecer de repente de Internet, las televisiones y los periódicos, casi como por arte de magia. Entre medias, uno asiste más o menos despistado a la evolución de la actualidad y termina con cara de portero goleado, cuando no indiferente. Ha visto, oído y leído mucho, pero no ha entendido casi nada.

ESTAR, VER, OÍR, COMPARTIR, PENSAR

Afortunadamente, existe gente capaz de aportar algo de luz al caos. Como el reportero y escritor polaco Ryszard Kapuscinsnki (1932 -2007), maestro de periodistas y testigo directo de doce guerras y veintisiete revoluciones, que sostenía que las cinco acciones que encabezan este párrafo constituían los mandamientos del genuino reportero. Amén.

Kapuscinski, al que puedes ver aquí sobre una montura poco gallarda en uno de sus múltiples viajes, será recordado por unas cuantas frases que definen su modo de entender y ejercer el periodismo: “Para escribir una página se han de haber leído cien”, aconsejaba. O: “No se puede escribir de alguien con quien no has compartido como mínimo algún momento de su vida”. O ésta otra, quizá la más citada: “Se puede ser escéptico, pero no cínico: el cinismo te aleja de la gente; los cínicos no sirven para este oficio”.

Pero, por encima de todo, lo recordaremos por los 19 libros que escribió, entre los que se cuentan títulos imprescindibles como Ébano, un estremecedor recorrido por África; El Emperador, una fascinante crónica sobre Haile Selassie de Etiopía; El Imperio, obra maestra que narra en forma de reportaje las vicisitudes de la Unión Soviética y sus gentes; o El Sha, que me ha dado pie para este post y del que que te hablo aprovechando que algo se mueve en Irán.

PISANDO EL TERRENO

Kapuscinski viajaba de verdad, a la manera de su admirado Heródoto, el historiador griego del siglo V a. C. cuya lectura le acompañó desde sus inicios y que inspiró una de sus últimas obras, Viajes con Heródoto. No se limitaba a estudiadas y dosificadas incursiones desde esas islas con aire acondicionado que son los hoteles del Tercer Mundo copiados de Occidente, sino que se internaba por su cuenta y riesgo donde no hay nadie para contarlo y, simplemente, aguzaba el oído y miraba atentamente, siempre tras un trabajo exhaustivo de documentación y estudio para que ningún lector pudiera sacarle los colores después.

El Sha o la desmesura del poder arranca en 1980, con el autor solo en la habitación de un hotel de Teherán, ordenando y dando forma a las notas, fotos y testimonios sonoros que ha ido acumulando en su larga estancia en Irán con la intención de entender la caída del Sha Mohamed Reza Pahlevi, señor absoluto de las vidas de los iraníes, títere de los EE.UU en el contexto de la Guerra Fría y la necesidad de petróleo, y barrido por la Revolución Islámica encabezada por el ayatolá Jomeini, ésa que ha dado lugar a la totalitaria teocracia que vemos hoy dividida en facciones que pugnan por hacerse con el poder con resultado incierto.

A partir de ahí, asistimos a una verdadera lección de historia inseparable del relato de los acontecimientos menudos de la calle. De la mano de Kapuscinski vamos conociendo tanto la evolución del país desde finales del siglo XIX como la peculiar idiosincrasia de los chiítas, forjada a lo largo de siglos de luchas y persecuciones; descubrimos las claves del irresistible acceso al poder de Jomeini y los intereses de las grandes potencias en la zona; asistimos a la evolución de las tortuosas relaciones entre iraníes y estadounidenses…

Y, sobre todo, leemos cómo vive los acontecimientos la gente común, cómo la afectan y qué es de sus ilusiones y sus días. Humilde, sencillo, lleno de curiosidad y ganas de conocer al otro y sus razones, Kapuscinski escribe con un estilo ameno, fluido, salpicado de humor, agudo y repleto de imágenes poderosas. Es periodismo de primera, o quizá, como muchos piensan, se trata de un género nuevo a caballo entre la crónica, el reportaje, el libro de viajes, el ensayo, la historia…

Sólo han pasado dos años y medio desde su muerte, pero me atrevo a decir que Kapuscinski va a ser un clásico, si no lo es ya. Sumérgete en las páginas de El Sha y verás como lo que pasa en Irán ya no te suena tanto a persa…

¿Dónde estabas tú el 23-F?

Quizá no eras ni un proyecto, pero yo tenía siete años y la tarde de ese lunes de 1981 jugaba al fútbol (no recuerdo si ese día me tocaba ser Stielike o Juanito) en un parque junto a la casa de mis padres, en Madrid. Empezaba a anochecer cuando mi primo Domingo, de Jaén, que hacía la mili aquí y estaba de baja (se había cortado llevando botellines de Mahou a los cabos y sargentos chusqueros), vino a recogerme. Evidentemente, algo raro pasaba. Lo había mandado a por mí mi madre, alarmada después de escuchar en la radio (en puro directo) la entrada de Tejero en el Congreso de los Diputados y la balasera posterior.

Me quedan otras dos imágenes muy nítidas de aquella ocasión. En la primera me recuerdo divertido e intrigado por la novedad, asombrado de que a la una de la mañana nuestro vecino Nicolás estuviera en casa, viendo la tele con mis padres y dando cuenta de una botella de whisky que me gusta imaginar que apuró hasta que el Rey soltó su famoso y breve discurso en pantalla. Y la segunda es ya del día siguiente, en el colegio (sí, fui, quizá porque tenía el privilegio de que se encontrara justo enfrente de mi casa), cuando entró la profesora a eso de mediodía y dijo con un tono de alivio que no se me olvidará: “Gracias a Dios, se ha acabado”.

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Todos hemos visto las imágenes de aquello, pero si quieres un repaso audiovisual completo harías bien en pasarte por la página de RTVE con vídeos de aquel día.

ANATOMÍA DE UN INSTANTE

Es el título del libro que Javier Cercas ha publicado en Mondadori, una acertadísima mezcla de ensayo y crónica que se lee como una novela apasionante con rasgos del mejor periodismo (si Cercas fuera de Nueva York y no de un pueblo de Cáceres esta obra sería un must, como dicen los cursis más relamidos) y que parte de un instante: aquel en el que Adolfo Suárez, el general Gutiérrez Mellado y Santiago Carrillo permanecieron sentados en sus escaños (o de pie y zarandeado, en el caso del militar) mientras las balas zumbaban y el resto de diputados se agachaba en una tan poco honrosa como comprensible actuación.

Esa imagen, “hipnótica y radiante, real e irreal al mismo tiempo, minuciosamente cebada de sentido”, da pie a Cercas para un ejercicio literario con el que demuestra que mirar con atención -algo tan fácil y tan difícil- es la única clave para descubrir los sentidos que la mostrenca realidad oculta. Su lectura -a veces densa y exigente- se hace compulsiva, y el lector se ve arrastrado a un complejo puzle en el que Cercas encaja las piezas con precisión de cirujano.

En su crónica-ensayo no todo cuadra y sigue habiendo suposiciones y conjeturas (quién estuvo realmente tras el golpe, la actuación de muchos de los implicados y de personajes relevantes de la época…) sin resolver, pero lo que encaja lo hace con la máxima brillantez y cobra un sentido enorme, y a Cercas todavía le queda fuelle para reflexionar sobre las posibilidades de la narrativa para explicar el mundo. Qué tío.

Anatomía de un instante es un libro necesario, brillante, fabulosamente escrito y con una virtud principal: recupera hechos recientes (aunque parezca que ha pasado un millón de años) que muchos han olvidado o querido olvidar, y que otros tantos no conocen. Ahora que la penosa campaña para las elecciones europeas nos ha recordado qué clase política padecemos (probablemente la que nos merecemos), viene muy bien que nos recuerden que no hemos inventado la pólvora y que no somos mejores que quienes -con sus virtudes y defectos- mandaron aquí hace treinta años y, mal que bien, se las arreglaron para que pasáramos de una dictadura a una democracia sin matarnos. Que en España, no es poco.