Archive for Novela

Kaputt

Curzio Malaparte (1898-1957), italiano hijo de madre lombarda y padre alemán, fue voluntario en la Primera Guerra Mundial, periodista y miembro del Partido Fascista italiano, en el que ingresó a principios de los años 20; fundó periódicos y revistas, publicó novelas y un ensayo de mucho éxito, Técnica del golpe de estado (1931), en el que criticaba directamente a Hitler y Mussolini. Expulsado del partido por sus crecientes discrepancias ideológicas (y, según Manu Leguineche, por escribir que Il Duce había matado a cinco gatitos con sus propias manos, además de afear la estética de sus corbatas), conoció la cárcel y el exilio interior. Más tarde fue militar y corresponsal de Il Corriere della Sera durante la Segunda Guerra Mundial, destino que le permitió conocer de primera mano el conflicto en distintos rincones de Europa.

Sus crónicas desde el frente molestaron tanto a nazis como a norteamericanos (muchas fueron censuradas) y sus experiencias dieron lugar a sus dos obras más conocidas: Kaputt (1944) y La piel (1949). Esta última fue incluida por la Iglesia en su índice de libros prohibidos. Acabada la guerra, Malaparte fue escorándose a la izquierda y acabó simpatizando con los maoístas y colaborando con el por entonces poderoso e influyente Partido Comunista italiano. Poco antes de morir abrazó el catolicismo -hasta entonces profesaba la fe luterana de su padre- y, de nuevo según Leguineche, ya en su agonía pidió la habitación 32 de la clínica Sanatrix de Roma por una razón práctica: “está más cerca del montacargas de los cadáveres”.

MALAPARTISMO
Lo que se deduce de esta sucinta relación de la vida de Kurt Erich Suckert -su nombre real- y de otros detalles de su existencia es que Malaparte era, antes que nada, malapartista, un provocador siempre gustoso de meter el dedo en la llaga, una mosca cojonera egocéntrica y exhibicionista. Y lo que se descubre con la lectura de Kaputt, ahora publicado por Galaxia Gutenberg en una nueva e íntegra traducción al español, es que era un escritor fabuloso, irónico y sensible, brillante y profundamente original que nos legó una obra maestra con esta visión de los horrores de la guerra.

Malaparte inició Kaputt -palabra alemana de origen hebreo que significa “roto”, entre otras cosas, y que se ajustaba a lo que veía allá donde iba- en Ucrania en el verano de 1941 y lo acabó en Capri, en septiembre de 1943. Podría definirse como una novela sobre la desolación y destrucción de una Europa que no volverá, pero sería limitar el campo de visión, porque uno de sus mayores atractivos radica en la originalidad de su forma, “una completa novedad que le pertenece sólo a él”, en palabras de Milan Kundera.

Los recuerdos del autor -el gueto de Varsovia, la lucha en Finlandia, bombardeos en Rumanía, el asedio de Leningrado, Belgrado, Nápoles…- van desgranándose en una sucesión de estampas, a veces alucinadas y melancólicas, otras descarnadas y crueles, y casi siempre cargadas de lirismo. El estilo de Malaparte sobresale en las descripciones, esa prueba de fuego: cualquiera puede opinar con más o menos gracia y acierto, pero pocos dominan el arte del adjetivo exacto y la economía expresiva para decir mucho y sugerir más con una voz propia e inconfundible. Basta leer unas pocas páginas para comprender que ahí se encuentra un escritor de raza.

De pequeño vi muchos libros de Malaparte por mi casa, en viejas ediciones amarillentas de Bruguera, pero no queda ni uno vivo. Me agrada confirmar el buen gusto literario de mi padre, me satisface haber descubierto esta joya y me estimula la perspectiva de emprender la búsqueda de La piel -no tengo noticia de ninguna edición reciente- por librerías y estantes.

La carretera

No recuerdo la última vez que pasé miedo leyendo y no suelo conmoverme con las novelas que caen en mis manos, pero La carretera (Cormac McCarthy, DeBolsillo, 7,95 €) ha conseguido ambas cosas. Me siento bueno, y la intervención de Zapatero en el Desayuno Nacional de Oración ha sido la gota que ha colmado el vaso de mi beatitud. Gracias, Barack. Gracias, José Luis.

Estas poco más de 200 páginas le valieron el Pulitzer a su autor en 2007 y han vuelto a la actualidad por el estreno de la película protagonizada por Viggo Mortensen. La historia que cuenta es sencilla, tanto como la prosa desnuda y casi esquemática que la narra: un padre y su hijo recorren unos Estados Unidos post-apocalípticos (nunca se explicita la causa: ¿guerra nuclear? ¿catástrofe ambiental? ¿un asteroide?), caminando siempre hacia el Sur y la costa teóricamente salvadora, huyendo del frío y esquivando bandas de caníbales y desesperados solitarios y harapientos que merodean en busca de comida y refugio en un mundo vacío, desolado, gris, donde llueve ceniza y la civilización constituye un recuerdo ilusorio.

La fuerza del texto radica en su eficaz apelación a emociones y necesidades simples y profundas, instintivas, que nos fascinan porque no las solemos conocer: el miedo constante a morir, el hambre terrible, la búsqueda de cobijo en un entorno hostil, la exigencia de mantener la esperanza y la mera supervivencia. En La carretera hay espacio para el terror, el suspense y hasta la truculencia pero, por encima de todo, es una historia de amor, del único incondicional que existe, el de padres e hijos, ejemplarmente retratado en los lacónicos diálogos paterno-filiales que contribuyen a desarrollar la trama.

Poco se sabe de Cormac McCarthy, nacido en Rhode Island en 1933. No concede entrevistas ni se deja ver, en un caso parecido al del recientemente fallecido Salinger, aunque no tan extremo. No conozco otros libros suyos, pero en éste muestra un estilo seco, austero y sobrio, quizá premeditadamente monónoto en ocasiones, como si quisiera acomodarlo al paisaje yermo por el que se mueven los personajes.

La escritura de McCarthy alcanza su mejor versión en los momentos de acción y cuando trata la relación entre los dos protagonistas -sobre todo por su habilidad para decir mucho con pocas palabras-, y flojea algo cuando se pone lírica, con algunas imágenes no muy afortunadas, aunque tengo la impresión de que la traducción no ayuda. A mi juicio, defecto menor en un libro poderoso, que me ha traído a la mente La peste escarlata, el relato futurista de Jack London, rescatado por Navona.

Me ha dejado con ganas de profundizar en el trabajo del escritor, y de ver la película, que cuenta con un dato a su favor: la elección de Viggo Mortensen como protagonista. Cualquiera que haya leído el libro sabe que es un gran acierto.

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Nos vamos por el desagüe

A veces no está uno para nada. Me encontraba yo el otro día sentado en una de las salas del Museo Thyssen, fané y descangayado en medio de una exposición llamada Lágrimas de Eros en la que me había aburrido soberanamente (por suerte y por motivos que no vienen al caso, no había pagado entrada, así que no contribuí a financiar los pleitos de la baronesa y su hijo el seudoculturista), cuando un lúgubre pensamiento acudió a mi mente de sopetón: “Nos vamos por el desagüe”.

Ni siquiera una pieza de videoarte en la que un chino (¿o japonés?) mostraba un micropene que me reconciliaba con el mío levantó (ja, je, ji, jo, ju) mi moral. “Nos vamos por el desagüe”. Indefectiblemente. Inexorablemente. Irremediablemente. Impepinablemente. Somos los ríos que van a dar a la mar y todo eso.

EL DESIERTO DE LOS TÁRTAROS

Creo que mi pesada digestión tenía algo que ver, pero prefiero atribuir mi sombría melancolía a la lectura de El desierto de los tártaros, publicada en 1940 por Dino Buzzati (1906 - 1972), una breve novela sobre un militar destinado a una fortaleza fronteriza, monótona, polvorienta y absurda como una tarde de domingo, donde consume su vida en la espera de que lo saque del marasmo la invasión de los imaginarios tártaros del norte y la consiguiente guerra. En vano.

En la narración no pasa nada, y Buzzati se las arregla para crear un ambiente opresivo, angustioso y con un elemento dominante: el tiempo que se escurre entre los dedos, enterrando esperanzas y deseos y convirtiendo los días en los peldaños idénticos de una escalera de que no lleva a ninguna parte. Huele a Kafka, aunque es uno de esos libros que actúan como un reactivo y te incitan a aprovechar más la vida, a diferencia de los del autor de El Proceso, que te aplastan, sin más.

El final reserva a Giovanni Drogo -que así se llama el protagonista- una última y amarga vuelta de tuerca que lo deja a uno para el arrastre, sensación acentuada estos días por las manadas humanas que abarrotan las calles yendo a no sé dónde para comprar no sé qué. Será que no saben que se van por el desagüe. O quizá sea que lo saben demasiado bien.

Sólo para los (muy) fuertes

Preludio de la Navidad. Ni siquiera el más Mr. Scrooge (ahora profanado por el insufrible Jim Carrey) de los topos de estantería podría dejar de advertir dos signos inequívocos de la llegada de esta movida algo intimidante: la avalancha de libros de César Vidal (¿duerme este hombre? ¿come? ¿una tribu de oompa-loompas lo espabila cuando cae rendido sobre el ordenador?) y el desembarco masivo e irresistible de los ‘todo en uno’, esos tochos blindados en tapas duras que reúnen en un solo y gigantesco volumen obras varias de un mismo autor, relacionadas o no.

Por ejemplo, Todo Marlowe, publicado por RBA (tapas blandas, valga la excepción), que agrupa en un libro de 1.392 páginas los cuatro primeros casos de Philip Marlowe, el cínico, desencantado, sarcástico y duro detective creado por Raymond Chandler e inspirador de decenas de películas de la serie negra, como
El sueño eterno,
repletas de diálogos magistrales de este estilo:

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HAY QUE ECHARLE VALOR
Haz la prueba y coge uno de estos volúmenes. ¿Dónde leerlos? En el transporte público te provocarán problemas logísticos y de convivencia, y quizá una hernia. En la cama te aplastarán. Y en el baño… Sin embargo, ahí están, y tienen su público, aunque en mi caso he de decir que cada vez que he caído en la tentación de hacerme con uno de ellos ha pasado mucho más tiempo en la estantería que en mis esmirriados brazos. ¿Apología del libro electrónico? No, pero el que no se asuste ante 1.000 páginas embutidas en medio kilo de papel que levante la mano. Y además, no tolero bien el dolor.

“Desvarío laborioso y empobrecedor el de componer vastos libros”, decía el maestro Borges. No estoy de acuerdo, pero es una frase tan buena y, sobre todo, tan aplicable a muchas de las novedades que atestan las mesas y estantes de las librerías… En cualquier caso, manejables o no, uno se puede topar con verdaderas joyas que despertarían el ansia del lector más inapetente.

Como la maravillosa Trilogía de Deptford de Robertson Davies (Libros del Asteroide, 1.224 páginas), uno de esos descubrimientos que avivan el placer de leer y del que ya he hablado por aquí; los Cuentos Completos de Robert Louis Stevenson, 960 páginas editadas por Mondadori (no admito bromas con Stevenson, si no te gusta es que NO TE GUSTA LEER); o, para corazones fuertes, la Trilogía de Auschwitz, de Primo Levi (El Aleph, 656 páginas), donde el autor italiano narra con sobriedad el horror de los campos de exterminio nazis, a los que acabó sobreviviendo para suicidarse en 1987, aunque aún existen dudas sobre la causa real de su muerte.

Por supuesto, hay cabida para libros más alegres que el de Levi. Así, La historia de mi vida (dos volúmenes, 3.648 páginas, Atalanta) de Giacomo Casanova, más que un personaje real, una leyenda; historias detectivescas victorianas como las de Sherlock Homes anotado (912 páginas, Akal), que contiene los cuatros relatos largos publicados entre 1887 y 1915 por Arthur Conan Doyle e incluye más de mil notas y un buen puñado de textos críticos y explicativos de Leslie S. Klinger, una autoridad sherlockiana mundial (qué puñeteramente británico es esto); y, para terminar este repaso mastodóntico, se puede probar con el arte y la fantasía representados por los Cuentos de imaginación y misterio (440 páginas, éste no da miedo), de Edgard Allan Poe, en versión de Julio Cortázar, con hermosas ilustraciones de Harry Clarke y muy bien editados por Libros del Zorro Rojo, un nombre joven a seguir.

Me asalta una duda: ¿se atreverá Destino a publicar la Trilogía Millennium de Stieg Larsson en un solo volumen? Me salen unas 2.300 páginas… ¿Quizá con un atril motorizado de regalo?

La nueva de Auster

Hay escritores, músicos y cineastas que alcanzan ese estatus -basado en criterios comerciales, estéticos o en ambos- que permite referirse a cualquiera de sus útimas creaciones como “la nueva de…”, sin más explicaciones. Ahí vive desde hace años Paul Auster, un novelista que me enganchó hace tiempo y que últimamente me ha defraudado. ¿Habrá bajado de nivel, se repite, he cambiado o soy un esnob que repudia automáticamente lo que alcanza el éxito masivo?

Sea como fuere, Auster no ha perdido el don de la narración, y yo no he perdido las ganas de leer sus historias, con la esperanza de recuperar viejos placeres. La nueva de Auster se llama Invisible, la publica (como siempre) Anagrama el próximo 1 de diciembre, y El País nos brinda la posibilidad de leer su primer capítulo.

Yo ya me lo he bajado y pienso devorarlo.

ACTUALIZACIÓN: Como decía un tipo que conocí y se parecía preocupantemente al protagonista de Alta fidelidad: “Lo tiene”. Sí, después de leer este primer capítulo hay que admitir que Auster “lo tiene”. No sé cómo será el resto del relato, pero estas primeras páginas poseen el inconfundible sabor austeriano y me recuerdan a El Palacio de la Luna, uno de mis libros favoritos del escritor de Newark (Nueva Jersey). Hace poco un lector de paladar muy fino me dijo que Auster era una “hamburguesa literaria”. Me encantan las hamburguesas, y cuando vuelva a Nueva York (escenario predilecto de las ficciones del amigo Paul) me apretaré una descomunal y mesopotámica en el maravilloso Katz’s Deli, el local con el mejor reclamo del mundo: “Send a salami to your boy in the army!”

Pasar las de Caín

No ando sobrado de rollo bíblico: apenas recuerdo la catequesis previa a la primera comunión, ni tampoco las lecturas infantiles de libros con mucha viñeta, aunque sí una historia gore: la de unos niños (siete hermanos, creo) que alguien echaba a una caldera para asarlos por vaya usted a saber qué y se salvaban por una de esas movidas que montaba el crudelísimo Yavé con ángeles trompeteros, querubines, serafines, potencias celestiales y la madre que los parió. O yo qué sé. Y por supuesto, no me olvido de Los Diez Mandamientos, puro cartón piedra en tecnicolor con Cecil B. DeMille al mando.

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Pero sí conozco lo suficiente de la Biblia para leer la última novela de José Saramago sin tener la sensación de sumergirme en una historia de ciencia ficción interplanetaria. Caín es una fábula de lectura fácil para los estándares de Saramago -que ya tocó las Escrituras en la impresionante El Evangelio según Jesucristo- pero de estilo inconfundible para quien conozca las maneras del escritor portugués, con esas vueltas y revueltas que conducen la historia y la ironía como andamio de todo el tinglado.

Quizá sea una obra menor en la producción de Saramago, pero se lee con agrado, no le faltan páginas brillantes y parte de una premisa original: emprender un heterodoxo recorrido por conocidos pasajes bíblicos -la expulsión del Jardín del Edén, el diluvio universal, Sodoma y Gomorra…- de la mano de Caín, el primer gran perdedor de la historia. Además, con esas tapas amarillas conseguirás lo increíble: que te miren las chicas en el metro.

No soy creyente, y veo las historias del Antiguo Testamento, escritas hace miles de años en desiertos y pedregales, como respuestas a los miedos de un pueblo que necesitaba un Dios justiciero, implacable, incomprensible y criminal que justificara su lucha sin cuartel por la supervivencia. Pero no ignoro la belleza y sabiduría que también hay en la Biblia, y sé que nuestra civilización y nuestra cultura resultan incomprensibles sin ella, para bien y para mal. ¿Cuánta gente menor de cierta edad ve un cuadro de tema bíblico en el Prado y puede saber de qué va sin leer el cartelito informativo? Ah, qué gran viejo gruñón seré…

Como no estamos en los EE.UU, donde hay una Holy Bible en muchas habitaciones de moteles y hoteles (da un poco de miedo…), algunos podrían leer Caín casi a modo de iniciación, y quizá Los mitos hebreos (Alianza Editorial), donde Robert Graves y Raphael Patai investigan los elementos mitológicos presentes en el Génesis y los relacionan con los de otras tradiciones, aportando claridad al embrollo.

Aunque ya puestos, mejor ir directamente a la Biblia y echarle un vistazo de vez en cuando. Encontrarás sexo, violencia, amor y relatos fantásticos, y quizá hasta la misma Salvación que libró a George Bush el Pequeño de las garras del alcohol y la farlopa. Alabado sea el Señor.

Triple placer

Hay algo mejor que descubrir una gran novela de un gran escritor: descubrir que es la primera de una trilogía. Cuando te enteras de que hay una segunda trilogía del mismo tipo, la cosa ya se pone orgásmica, salivas como un famélico chucho de perrera y te frotas las manos. Como dijo no sé quién, una de las mejores cosas del sexo -a veces- es la anticipación cuando subes acompañado la escalera hacia casa.

No es que Robertson Davies (1913-1995) me excite -aunque si llego a viejo me gustaría lucir una pinta parecida a la que ves abajo-, pero sus novelas me ponen bastante (aquí debería añadir “literariamente”. Bueno, pues ya está añadido). La pista de Davies, canadiense, me la levantó un amigo a través de la conocida como Trilogía de Deptford (Libros del Asteroide), tres obras prodigiosas con un aire familiar pero muy distinto al del libro que acabo de tener el placer de leer: Ángeles rebeldes, al que siguen Lo que arraiga en el hueso y La lira de Orfeo, que aún huele a tinta fresca y remata la Trilogía de Cornish.

Ángeles rebeldes abre el fuego del trío de historias unidas por la figura de un mismo personaje, Francis Cornish, aunque concebidas para leerse por separado si se desea. La acción arranca con el regreso de un excéntrico y malicioso personaje -el profesor Parlabane- a una venerable universidad canadiense que acaba de recibir el legado de Cornish, mecenas millonario y gran coleccionista de arte que nombra en su testamento a tres albaceas profesores de esa universidad.

Así dicho no parece muy atractivo, pero Davies se las apaña para crear una entretenidísima novela de intriga con la que -entre otras muchas cosas- da un repaso al mundo académico (fue profesor y lo conoció bien), el coleccionismo de arte, las viejas tradiciones de los gitanos centroeuropeos, los lutieres o antiguas sabidurías olvidadas como la alquimia. Y todo con sabiduría y madurez para rastrear en el fondo del alma de los personajes, más vivos que esa gente tan rara con la que te cruzas en el Metro.

CLÁSICO MODERNO

Todo suena muy intelectual, pero no hay que ponerse nervioso, porque una de las claves del talento de este escritor canadiense es su capacidad para divertir. Sus libros, maravillosamente entretenidos e inteligentes, exhiben una erudición apabullante que consigue el milagro de no caer en la pedantería.

Ironía, distanciamiento sin frialdad, delicioso sentido del humor, estilo ágil y conciso, comedia, tragedia, sarcasmo, personajes maravillosos, comprensión de lo humano y un difícil maridaje entre la narración vieja -a la manera en la que Dickens pueda ser viejo- y lo moderno distinguen a un clásico capaz de decir las cosas más importantes con aparente levedad y recuperar el placer de leer por leer y saber por saber.

Quedaos con este nombre: Robertson Davies. Un soplo de aire fresco para respirar entre tanta mierda.

Los vampiros existen

O al menos uno, y con nombre y apellido. Se llama Dacre Stoker y es sobrino-bisnieto de Bram Stoker (1847-1912), célebre por haber publicado en 1897 Drácula, una fascinante novela epistolar de terror que fijó en el imaginario popular muchas de las características dispersas del vampiro, un ser milenario que ya en el siglo XX encontró en el cine el mejor aliado para mantenerse inmortal.

El chupasangres Dacre ha escrito en colaboración con Ian Holt (ya se sabe que Drácula contaba con sirvientes) la continuación de la novela de su antepasado. Con una acción que arranca veinticinco años después de la ‘muerte’ del conde devoto de las transfusiones poco ortodoxas, Drácula. El No-Muerto (Roca Editorial) se publica en octubre. ¿Alguien tiene ajos?

Que se mueran los feos

Hay escritores más interesantes por su existencia que por su obra. Quizá Boris Vian (1920-1959) sea uno de ellos. Con más vidas en sus cortos días que el pirata cojo con pata de palo de la canción de Sabina -Vian fue autor de novelas, cuentos y poemas, dramaturgo, periodista, traductor, ingeniero, músico y locutor…-, frecuentó los ambientes bohemios del París de la posguerra, y le dio tiempo para dejarse caer por los cenáculos donde Jean Paul Sartre bendecía urbi et orbi como Papa del existencialismo y Albert Camus (grande entre los grandes) daba lecciones de integridad sin pretenderlo. Mola.

Nacido en una familia francesa acomodada y venida a menos tras el crack del 29 -¡uh, la bicha!- es muy conocido por obras como Escupiré sobre vuestra tumba, La espuma de los días o Que se mueran los feos (1947), la parodia de novela negra que me lo ha descubierto, una obrita ligera, corta, divertida y sorprendentemente moderna. Un delirio poblado por vigoréxicos vírgenes que pretenden mantener la castidad, locos experimentos genéticos de un obseso de la belleza, bandas rivales que se tirotean en Los Ángeles, mujeres tremendas y fáciles, una isla misteriosa y, finalmente, sexo, mucho sexo.

Una lectura muy apropiada para las tontas y todavía (joder, qué cruz) calurosas tardes de septiembre. Te la acabarás de un tirón, y probablemente te pase como a mí y te quedes con ganas de leer más cosas de este tipo que puedes ver cantando ahí abajo.

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Castañuelas y revolución

Mal negocio el de decir la verdad. O el de decirla en el momento equivocado. Ésa es la única explicación que se me ocurre al hecho de que apenas se conozca a Manuel Chaves Nogales (1897 - 1944), el brillantísimo periodista sevillano que se opuso por igual a fascistas y comunistas cuando había que hacerlo, en los años 30 y 40 del siglo pasado, décadas de plomo para quien pretendiera mantenerse libre. Silenciado por unos y otros totalitarios aficionados a la carne picada, sólo ahora levanta cabeza su figura, en gran parte por la labor de recuperación emprendida por Libros del Asteroide.

Chaves Nogales sabía (lo probó en sus carnes) que fascistas y comunistas eran entonces los mismos perros con distintos collares -a pesar del prestigio intelectual que ocultó bajo toneladas de tierra y mentiras los crímenes soviéticos- y tenía el valor casi suicida de decirlo cuando unos y otros parecían cerca de repartirse el mundo y la democracia lucía la salud de Fidel Castro. Por eso quedó sepultado por nuestra guerra civil y el exilio, por eso “perdió la guerra y la literatura, a diferencia de la mayoría de sus colegas, que o bien ganaron la guerra o bien ganaron los manuales de literatura”.

Son palabras de Andrés Trapiello en su excelente prólogo a El maestro Juan Martínez que estaba allí, la novela o crónica o reportaje (no es fácil precisarlo, porque de todo tiene) que Chaves Nogales publicó en 1934 y que ha acrecentado mi admiración por el sevillano, nacida de la lectura de su deliciosa biografía de Juan Belmonte, de la que ya escribí aquí.

ROJOS, BLANCOS Y UN FLAMENCO
¿Te imaginas la revolución soviética contada por un flamenco? “A mí la toma del poder por los bolcheviques, los famosos 10 días que conmovieron al mundo, me cogieron en Moscú vestido de corto, bailando en el tablado de un cabaret y bebiendo champaña a todo pasto”. El que habla es Juan Martínez, el bailaor que se gana la vida junto a Sole, su compañera, por los cabarets de toda Europa y que se ve atrapado por los acontecimientos revolucionarios de 1917.

Sin poder salir de Rusia, pasará seis infernales años con su pareja en San Petersburgo, Moscú y, sobre todo, Kiev, donde sufrirá la guerra civil entre bolcheviques y zaristas, la salvaje y sistemática represión de unos y otros, el hambre aplastante, los fríos lunares, miserias y tristezas sin fin… Cuenta con sencillez las cosas más tremendas, y el periodista lo refleja con un español depurado, preciso, sin afectación, contemporáneo tras tres cuartos de siglo: fabuloso.

Martínez es un pícaro que casi siempre se equivoca y escoge el camino erróneo, un experto en pequeños engaños, un superviviente puro sin ideología y un extraño en Rusia, lo que le aporta una visión más libre, desapasionada y por tanto exacta de los terribles acontecimientos (¿has pensado alguna vez en la desgracia que era nacer en ese país hace cien años?). Baila con Sole en cabarets, recorre pueblos paupérrimos entreteniendo a los campesinos, ¡sirve como guardia rojo!, trabaja de croupier, revende joyas… Sobrevive, y ya se verá mañana.

Chaves Nogales lo conoció en París y tras escuchar sus peripecias las plasmó en esta joya. ¿Hasta qué punto es fiel a la realidad, sin embargo? ¿No habrá también entreverados muchos recuerdos del propio periodista, que viajó por la neonata U.R.S.S, muchas impresiones nostálgicas de los rusos exiliados que conoció en la capital francesa? Poco importa al lector, irremisiblemente enganchado a unas páginas soberbias.

Chaves Nogales es uno de los míos, y no puedo esperar a leer A sangre y fuego. Héroes, bestias y mártires de España, su libro sobre nuestra guerra (in)civil.