Archive for Novela
Los detectives salvajes
“He sido cordialmente invitado a formar parte del realismo visceral. Por supuesto, he aceptado. No hubo ceremonia de iniciación. Mejor así”.
Lacónica y sugerente arranca Los detectives salvajes (Anagrama), la novela que empezó a dar fama al chileno Roberto Bolaño (1953-2003), convertido en un autor de culto desde entonces y consagrado con 2666, la obra póstuma que le hace pensar a uno hasta donde habría llegado este escritor excepcional si la muerte no se lo hubiera llevado prematuramente.
Los detectives salvajes es la novela que devolverá al redil a los descreídos de la narrativa y fortalecerá la fe de los catecúmenos de la literatura. Se trata de una historia -siempre al filo de la pesadilla y la paranoia-, que nos lleva por México, Nicaragua, España, Francia, Israel, los EE.UU., Austria y África de la mano de dos personajes fantasmales que vertebran la compleja trama: Ulises Lima y Arturo Belano, embarcados durante dos décadas en la errante búsqueda de una escritora casi desconocida desaparecida en tiempos de la Revolución mexicana.
Por el camino nos topamos con un alud de sucesos -en las novelas de Bolaño no dejan de pasar cosas, en una especie de horror vacui argumental- y personajes, enhebrados en una narración distante y eléctrica, salpicada de un extraño sentido del humor, más cerca de la mueca que de la sonrisa. Leer a Bolaño es asumir el papel de ratón frente a un gato mucho más listo y poderoso que juega con uno como quiere. Hazlo, no te arrepentirás.
La vida entera en la feria
El iPad se lanza en España el mismo día que arranca en el Retiro la Feria del Libro de Madrid, depositaria de las esperanzas de los editores. Del 28 de mayo al 13 de junio, entre polen, estornudos, multitudes, globos de Bob Esponja, aguaceros repentinos y calores mesetarios, los vendedores de libros esperan levantar cabeza: la facturación del sector descendió un 20% en 2009, y en lo transcurrido de 2010 ha bajado un 10% respecto a esa cifra.
Esta edición tiene dos protagonistas, uno expreso y otro ausente pero presente. El evidente es la literatura nórdica, ya muy viva antes de Stieg Larsson, pero popularizada al rebufo del éxito masivo de Millennium y convertida en un balón de oxígeno para muchas editoriales, situación que aprovecha la Feria para dedicarle un espacio; y el tapado es el libro electrónico que, pese a suponer aún un raquítico 1′33% de la facturación del negocio en España, asoma en la forma de Libranda, la esperada plataforma de venta de libros -se pone en marcha este mes de junio- constituida por tres grandes grupos editoriales (Planeta, Santillana y Random House), a los que se sumarán otros sellos y muchos libreros.
Queda claro: el e-book no está -ni se le espera- en las casetas de El Retiro, pero andará en boca de libreros, editores y distribuidores, ya sea como amenaza u oportunidad.
UN LIBRO PARA SIEMPRE
En cualquier caso, los libros y lectores electrónicos no cambiarán la esencia de la literatura, que seguirá viva mientras se publiquen novelas como la impresionante La vida entera (Lumen, 816 págs., 22,90 €), del israelí David Grossman (Jerusalén, 1954).
Su protagonista, Ora, es una mujer que, recién separada y rondando los cincuenta, emprende un viaje a pie por el norte de Israel para conjurar el terror que le produce la posible muerte de Ofer, su hijo menor, enrolado en el ejército hebreo en una misión en el Líbano. Ora camina con Abram, uno de los hombres de su vida, que vuelve involuntariamente a ella para acompañarla en su huida del futuro y ayudarla a recordar sus días. Hablar de Ofer lo mantendrá a salvo, y por eso Ora se entrega, al ritmo de sus pasos, a un relato minucioso en el que cabe una vida entera.
Grossman mantiene a lo largo de 800 páginas una intensidad brutal, asombrosa, sin fisuras, y eso bastaría para considerarlo un maestro. Su escritura fluye rica y variada y va dejando cargas de profundidad que llegan muy adentro. La vida entera es un relato complejo, intimista y emocionante sobre la maternidad, con sus miedos y alegrías, además de una sabia descripción de las trampas y lazos invisibles que unen y separan a todas las familias, y Ora un personaje que pasará a la exclusiva lista de las mujeres inolvidables de la literatura.
Hay otro aspecto destacable de la novela: la presencia constante y sorda de ‘la situación’, como llama Ora a la guerra perpetua en la que vive Israel. Algo de eso sabe Grossman; perdió a su hijo Uri, muerto en combate el 2 de agosto de 2006 en el Líbano y, aun así, continúa apostando por la difícil y necesaria paz. En esta entrevista puedes conocer parte de su postura sobre el asunto, de primera mano y alejada de maniqueísmos.
Punkis islámicos y otros monstruos
Book tráiler: como un tráiler de cine, pero sobre un libro. Aquí tienes uno…
… que corresponde a Sentido y sensibilidad y monstruos marinos (Umbriel), la novela escrita por Ben H. Winters a partir del clásico de Jane Austen (1775-1817), deformado hasta convertirlo en una historia de horripilantes seres acuáticos, bestias y monstruos varios que se entrometen en la agridulce, introspectiva e irónica historia publicada por la escritora inglesa en 1811. ¿Has visto al pulpo casaca roja de la portada? Efectivamente, también han tirado del Davy Jones de Piratas del Caribe 2.
La ocurrencia no es nueva. Quizá recuerdes Orgullo y prejuicio y zombis (Seth Grahame-Smith), otra ¿divertida? profanación de Jane Austen también publicada por Umbriel o, ya en terreno patrio, La casa de Bernarda Alba zombi, probable lectura de cabecera de Baltasar Garzón, y Lazarillo Z, de los que ya hablamos aquí. Pues muy bien.
ALÁ, UN TÍO PUNKI
Leo en El País sobre un movimiento de bandas punk en los EE.UU. No tendría mayor misterio si no fuera porque los miembros de los grupos son musulmanes estadounidenses que reivindican que se puede ser musulmán y gay, seguir los preceptos islámicos y berrear sobre el escenario puesto hasta el culo de marihuana y (¡oh, Alá misericordioso!) borracho como una cuba cristiana. ¿Y qué hay del cochifrito?
La movidita punki surgió a partir de The Taqwacores, novela escrita por Michael Muhammad Knight (Nueva York, 1976), un chaval que emprendió a los 13 años el siguiente trayecto vital: Public Enemy - Malcolm X - conversión al Islam - estudios en madrasa paquistaní - hartura de rigideces coránicas - historia que revoluciona la forma de entender las enseñanzas del Profeta.
Cuenta Daniel Verdú en El País que el libro se convirtió en una especie de El guardián entre el centeno para muchos jóvenes y adolescentes islámicos de los EE.UU, pelín acojonados tras el 11-S, y que la historia trata de “un grupo de chavales musulmanes que viven a ritmo de punk en una casa en Buffalo (Nueva York). Skaters indonesios, musulmanes gays o alcohólicos, mujeres punks con burka o skinheads chiíes. Todos bajo el mismo techo de una casa en la que comparten sexo y una marca en la fachada que indica la orientación a La Meca”. Supongo que los editores iraníes estarán pujando a fondo por los derechos.
Del fenómeno literario surgió un conjunto de bandas -incluso una de lesbianas-, y un documental sobre la gira conjunta que emprendieron estos grupos por los EE.UU. y Pakistán, y en la última edición del gafapástico Festival de Sundance se estrenó la versión cinematográfica del libro.
¿Escribirá Alá recto con renglones torcidos?
Dublinesca
Samuel Riba es un prestigioso editor literario que se deshace de su editorial justo cuando su oficio cede al circo de novelas de templarios, esoterismos de rastrillo y otras baratijas que se venden junto a las cajas de las grandes superficies comerciales, como los chicles y las pilas. La galaxia Gutenberg va dejando paso a la avalancha digital y Riba, retirado, se siente ajeno al mundo. Vaga como alma en pena entre fantasmas del pasado, rutinarias visitas a sus ancianos padres, un matrimonio tranquilo y aburrido y la ominosa sensación de estar siendo olvidado lenta pero inexorablemente. Solo, ocioso y consolado por su adicción a Internet, necesita encontrar algo que dé sentido a su vida.
Sí, Riba se va por el desagüe, hasta que un sueño premonitorio le dice que la salvación pasa por Dublín, ciudad en la que no ha puesto el pie y que por misteriosas razones supone para él una especie de antesala de Nueva York, su paraíso en la Tierra, el auténtico centro del mundo. Espoleado por el presagio, convence a tres amigos escritores para viajar a la capital irlandesa a participar en el Bloomsday, que cada 16 de junio conmemora el Ulises de James Joyce, cuya acción transcurre precisamente ese día de 1904. Pero tiene algo más que hacer allí: celebrar el funeral de la brillante era Gutenberg que muere y saber si existe el deseado escritor verdaderamente genial cuyo descubrimiento habría supuesto la culminación de su labor editora.
HUMOR Y DESCONCIERTO
Es la trama de Dublinesca, la novela con la que Enrique Vila-Matas (Barcelona, 1948) ha dado el salto de Anagrama a Seix-Barral. Podría haberse quedado en una historia libresca (cultureta, dirían algunos, empleando el despectivo término que convierte en sospechoso a cualquiera que haya leído más de seis libros), y de hecho rebosa de alusiones a escritores (Joyce y Beckett, que sobrevuelan constantemente sus páginas, o autores vivos como Paul Auster, convertido incluso en un personaje del libro, de breve aparición), películas, poemas, canciones…
Podría, sí, pero a Vila-Matas le sobra el talento narrativo para evitarlo y escribe armado hasta los dientes con un humor sutil, amargo, desconcertante a veces e inteligente siempre, que lo salva de convertirse en un escritor frío, cerebral y lejano. Su finísimo sentido del humor consigue que el lector se identifique con las desventuras y desvelos de Riba, un personaje patético y conmovedor que va descubriendo que envejecer no tiene ninguna gracia y que la vida no tiene hilo ni argumento salvo cuando se narra.
El autor ha declarado que en Dublinesca hay, al margen de las peripecias de los personajes, “un tono melancólico, uniforme y otoñal”, y es cierto, pero también encontramos sátira, apariciones, extraños sucesos y coincidencias, chispazos reflexivos, ideas y teorías literarias y -una de las claves- la irónica parodia de los apocalipsis que nos cercan (¿qué época no ha tenido la sensación de estar viviendo el final de una era?), cuya pregonada abundancia sólo puede abordarse ya desde una distanciada perspectiva humorística.
Vila-Matas -márcalo de cerca- demuestra aquí que ambición y seriedad no están reñidas con la diversión y nos ofrece una novela compleja, sugerente, abierta a muchas lecturas y que premia al lector que hace el esfuerzo de adentrarse en sus páginas.
El asedio
Corre la opinión -quizá nacida en alguna reluciente factoría del márketing- de que en El asedio (Alfaguara, 736 págs., 22,5 €) está todo Pérez-Reverte, de la misma manera que en Guerra y Paz está todo Tolstói. Incluso se atreven -y esto sí desprende un inconfundible olor a azufre mercadotécnico- a calificar la nueva novela del creador del capitán Alatriste como su Guerra y paz particular. Exageren o no, hay mucho de bueno en esta historia ambientada en el asedio francés al Cádiz de 1811 y 1812, en plena Guerra de la Independencia, ésa que nos sirvió para caer en la dependencia suma del “vivan las caenas” y dio paso a más de un siglo de discordias y guerras civiles rematadas con los 40 años de monarca absoluto de Franco, al que mataron los rojos de muerte natural, como decía Umbral.
Reverte ha cubierto ya una sólida y larga carrera narrativa -iniciada en 1986 con El húsar- y la adictiva lectura de El asedio deja en uno la sensación de haberse enfrentado en ella a la exhibición del catálogo de virtudes y características que han ido definiendo su literatura. Este relato denso, bien trabado y poderoso tiene aire de fin de etapa y logro máximo, como si fuera inevitable que el Reverte que lo siga debiera ser otro, para librarse del riesgo de caer en la rutina y la autocomplacencia.
ASESINATOS Y BOMBAS
La heredera de una casa comercial gaditana, un capitán corsario sin nada que perder, un taxidermista espía, un guerrillero del pueblo llano, un artillero francés obsesionado con trayectorias balísticas y proyectiles y un policía despiadado y corrupto son los personajes principales de una intriga con una premisa misteriosa: jóvenes muchachas, apenas adolescentes, aparecen asesinadas -desolladas a latigazos- en los mismos lugares donde caen las bombas francesas de la copla (con las bombas que tiran / los fanfarrones / se hacen las gaditanas / tirabuzones). Cái es lo que tiene.
Esa aparentemente inextricable relación entre los crímenes y los bombardeos va trazando un mapa siniestro sobre Cádiz -la ciudad es otro de los personajes principales, no un mero escenario-, mostrada como un lugar inquietante y lleno de secretos, en contraste con la imagen de calles luminosas y abiertas al mar que suele sugerir. Sin duda, uno de los mayores y originales aciertos del libro.
VIDAS CRUZADAS
A partir de ahí, Pérez-Reverte teje las existencias de unos antihérores que le sirven para ofrecer una visión descarnada del ser humano, y lo hace con paciencia y a veces hasta morosidad -la prosa está muy cuidada en cada página-, para acelerar en las escenas de acción, concisas, certeras y contundentes como puñetazos -las borda-, y bajar el nivel sólo en la historia de amor, muy contenida y decimonónica, a lo Jane Austen, donde se encuentran los únicos desmayos en el ritmo de una trama policíaca sostenida con pulso y vigor de artesano hasta la última de sus más de setecientas páginas.
El asedio es también una novela sobre la España que pudo ser y no fue -es decir, una reflexión histórica-, el retrato minucioso de la vida cotidiana de una ciudad única y peculiar en un momento decisivo de su evolución -Reverte debe de haberse dejado las pestañas documentándose, y se nota en todo momento-, y un ejercicio de estilo, con un castellano rico y un vocabulario preciso y extenso -hay mucha jerga marina, que Reverte domina como buen aficionado práctico-, que se lee con placer y requiere a veces el uso de un diccionario, como en tantas obras de Delibes, condenadas a la arqueología léxica en unos años, si no ya.
Si crees que la literatura de calidad es cosa de cuatro almas sensibles y no puede habitar en las páginas de un best-seller (la primera edición cuenta con 300.000 ejemplares y el libro ha entrado directo a los primeros puestos de los más vendidos), quizá esta apasionante y espléndida novela te convenza de lo contrario.
Kaputt
Curzio Malaparte (1898-1957), italiano hijo de madre lombarda y padre alemán, fue voluntario en la Primera Guerra Mundial, periodista y miembro del Partido Fascista italiano, en el que ingresó a principios de los años 20; fundó periódicos y revistas, publicó novelas y un ensayo de mucho éxito, Técnica del golpe de estado (1931), en el que criticaba directamente a Hitler y Mussolini. Expulsado del partido por sus crecientes discrepancias ideológicas (y, según Manu Leguineche, por escribir que Il Duce había matado a cinco gatitos con sus propias manos, además de afear la estética de sus corbatas), conoció la cárcel y el exilio interior. Más tarde fue militar y corresponsal de Il Corriere della Sera durante la Segunda Guerra Mundial, destino que le permitió conocer de primera mano el conflicto en distintos rincones de Europa.
Sus crónicas desde el frente molestaron tanto a nazis como a norteamericanos (muchas fueron censuradas) y sus experiencias dieron lugar a sus dos obras más conocidas: Kaputt (1944) y La piel (1949). Esta última fue incluida por la Iglesia en su índice de libros prohibidos. Acabada la guerra, Malaparte fue escorándose a la izquierda y acabó simpatizando con los maoístas y colaborando con el por entonces poderoso e influyente Partido Comunista italiano. Poco antes de morir abrazó el catolicismo -hasta entonces profesaba la fe luterana de su padre- y, de nuevo según Leguineche, ya en su agonía pidió la habitación 32 de la clínica Sanatrix de Roma por una razón práctica: “está más cerca del montacargas de los cadáveres”.
MALAPARTISMO
Lo que se deduce de esta sucinta relación de la vida de Kurt Erich Suckert -su nombre real- y de otros detalles de su existencia es que Malaparte era, antes que nada, malapartista, un provocador siempre gustoso de meter el dedo en la llaga, una mosca cojonera egocéntrica y exhibicionista. Y lo que se descubre con la lectura de Kaputt, ahora publicado por Galaxia Gutenberg en una nueva e íntegra traducción al español, es que era un escritor fabuloso, irónico y sensible, brillante y profundamente original que nos legó una obra maestra con esta visión de los horrores de la guerra.
Malaparte inició Kaputt -palabra alemana de origen hebreo que significa “roto”, entre otras cosas, y que se ajustaba a lo que veía allá donde iba- en Ucrania en el verano de 1941 y lo acabó en Capri, en septiembre de 1943. Podría definirse como una novela sobre la desolación y destrucción de una Europa que no volverá, pero sería limitar el campo de visión, porque uno de sus mayores atractivos radica en la originalidad de su forma, “una completa novedad que le pertenece sólo a él”, en palabras de Milan Kundera.
Los recuerdos del autor -el gueto de Varsovia, la lucha en Finlandia, bombardeos en Rumanía, el asedio de Leningrado, Belgrado, Nápoles…- van desgranándose en una sucesión de estampas, a veces alucinadas y melancólicas, otras descarnadas y crueles, y casi siempre cargadas de lirismo. El estilo de Malaparte sobresale en las descripciones, esa prueba de fuego: cualquiera puede opinar con más o menos gracia y acierto, pero pocos dominan el arte del adjetivo exacto y la economía expresiva para decir mucho y sugerir más con una voz propia e inconfundible. Basta leer unas pocas páginas para comprender que ahí se encuentra un escritor de raza.
De pequeño vi muchos libros de Malaparte por mi casa, en viejas ediciones amarillentas de Bruguera, pero no queda ni uno vivo. Me agrada confirmar el buen gusto literario de mi padre, me satisface haber descubierto esta joya y me estimula la perspectiva de emprender la búsqueda de La piel -no tengo noticia de ninguna edición reciente- por librerías y estantes.
La carretera
No recuerdo la última vez que pasé miedo leyendo y no suelo conmoverme con las novelas que caen en mis manos, pero La carretera (Cormac McCarthy, DeBolsillo, 7,95 €) ha conseguido ambas cosas. Me siento bueno, y la intervención de Zapatero en el Desayuno Nacional de Oración ha sido la gota que ha colmado el vaso de mi beatitud. Gracias, Barack. Gracias, José Luis.
Estas poco más de 200 páginas le valieron el Pulitzer a su autor en 2007 y han vuelto a la actualidad por el estreno de la película protagonizada por Viggo Mortensen. La historia que cuenta es sencilla, tanto como la prosa desnuda y casi esquemática que la narra: un padre y su hijo recorren unos Estados Unidos post-apocalípticos (nunca se explicita la causa: ¿guerra nuclear? ¿catástrofe ambiental? ¿un asteroide?), caminando siempre hacia el Sur y la costa teóricamente salvadora, huyendo del frío y esquivando bandas de caníbales y desesperados solitarios y harapientos que merodean en busca de comida y refugio en un mundo vacío, desolado, gris, donde llueve ceniza y la civilización constituye un recuerdo ilusorio.
La fuerza del texto radica en su eficaz apelación a emociones y necesidades simples y profundas, instintivas, que nos fascinan porque no las solemos conocer: el miedo constante a morir, el hambre terrible, la búsqueda de cobijo en un entorno hostil, la exigencia de mantener la esperanza y la mera supervivencia. En La carretera hay espacio para el terror, el suspense y hasta la truculencia pero, por encima de todo, es una historia de amor, del único incondicional que existe, el de padres e hijos, ejemplarmente retratado en los lacónicos diálogos paterno-filiales que contribuyen a desarrollar la trama.
Poco se sabe de Cormac McCarthy, nacido en Rhode Island en 1933. No concede entrevistas ni se deja ver, en un caso parecido al del recientemente fallecido Salinger, aunque no tan extremo. No conozco otros libros suyos, pero en éste muestra un estilo seco, austero y sobrio, quizá premeditadamente monónoto en ocasiones, como si quisiera acomodarlo al paisaje yermo por el que se mueven los personajes.
La escritura de McCarthy alcanza su mejor versión en los momentos de acción y cuando trata la relación entre los dos protagonistas -sobre todo por su habilidad para decir mucho con pocas palabras-, y flojea algo cuando se pone lírica, con algunas imágenes no muy afortunadas, aunque tengo la impresión de que la traducción no ayuda. A mi juicio, defecto menor en un libro poderoso, que me ha traído a la mente La peste escarlata, el relato futurista de Jack London, rescatado por Navona.
Me ha dejado con ganas de profundizar en el trabajo del escritor, y de ver la película, que cuenta con un dato a su favor: la elección de Viggo Mortensen como protagonista. Cualquiera que haya leído el libro sabe que es un gran acierto.
Nos vamos por el desagüe
A veces no está uno para nada. Me encontraba yo el otro día sentado en una de las salas del Museo Thyssen, fané y descangayado en medio de una exposición llamada Lágrimas de Eros en la que me había aburrido soberanamente (por suerte y por motivos que no vienen al caso, no había pagado entrada, así que no contribuí a financiar los pleitos de la baronesa y su hijo el seudoculturista), cuando un lúgubre pensamiento acudió a mi mente de sopetón: “Nos vamos por el desagüe”.
Ni siquiera una pieza de videoarte en la que un chino (¿o japonés?) mostraba un micropene que me reconciliaba con el mío levantó (ja, je, ji, jo, ju) mi moral. “Nos vamos por el desagüe”. Indefectiblemente. Inexorablemente. Irremediablemente. Impepinablemente. Somos los ríos que van a dar a la mar y todo eso.
EL DESIERTO DE LOS TÁRTAROS
Creo que mi pesada digestión tenía algo que ver, pero prefiero atribuir mi sombría melancolía a la lectura de El desierto de los tártaros, publicada en 1940 por Dino Buzzati (1906 - 1972), una breve novela sobre un militar destinado a una fortaleza fronteriza, monótona, polvorienta y absurda como una tarde de domingo, donde consume su vida en la espera de que lo saque del marasmo la invasión de los imaginarios tártaros del norte y la consiguiente guerra. En vano.
En la narración no pasa nada, y Buzzati se las arregla para crear un ambiente opresivo, angustioso y con un elemento dominante: el tiempo que se escurre entre los dedos, enterrando esperanzas y deseos y convirtiendo los días en los peldaños idénticos de una escalera de que no lleva a ninguna parte. Huele a Kafka, aunque es uno de esos libros que actúan como un reactivo y te incitan a aprovechar más la vida, a diferencia de los del autor de El Proceso, que te aplastan, sin más.
El final reserva a Giovanni Drogo -que así se llama el protagonista- una última y amarga vuelta de tuerca que lo deja a uno para el arrastre, sensación acentuada estos días por las manadas humanas que abarrotan las calles yendo a no sé dónde para comprar no sé qué. Será que no saben que se van por el desagüe. O quizá sea que lo saben demasiado bien.
Sólo para los (muy) fuertes
Preludio de la Navidad. Ni siquiera el más Mr. Scrooge (ahora profanado por el insufrible Jim Carrey) de los topos de estantería podría dejar de advertir dos signos inequívocos de la llegada de esta movida algo intimidante: la avalancha de libros de César Vidal (¿duerme este hombre? ¿come? ¿una tribu de oompa-loompas lo espabila cuando cae rendido sobre el ordenador?) y el desembarco masivo e irresistible de los ‘todo en uno’, esos tochos blindados en tapas duras que reúnen en un solo y gigantesco volumen obras varias de un mismo autor, relacionadas o no.
Por ejemplo, Todo Marlowe, publicado por RBA (tapas blandas, valga la excepción), que agrupa en un libro de 1.392 páginas los cuatro primeros casos de Philip Marlowe, el cínico, desencantado, sarcástico y duro detective creado por Raymond Chandler e inspirador de decenas de películas de la serie negra, como
El sueño eterno, repletas de diálogos magistrales de este estilo:
HAY QUE ECHARLE VALOR
Haz la prueba y coge uno de estos volúmenes. ¿Dónde leerlos? En el transporte público te provocarán problemas logísticos y de convivencia, y quizá una hernia. En la cama te aplastarán. Y en el baño… Sin embargo, ahí están, y tienen su público, aunque en mi caso he de decir que cada vez que he caído en la tentación de hacerme con uno de ellos ha pasado mucho más tiempo en la estantería que en mis esmirriados brazos. ¿Apología del libro electrónico? No, pero el que no se asuste ante 1.000 páginas embutidas en medio kilo de papel que levante la mano. Y además, no tolero bien el dolor.
“Desvarío laborioso y empobrecedor el de componer vastos libros”, decía el maestro Borges. No estoy de acuerdo, pero es una frase tan buena y, sobre todo, tan aplicable a muchas de las novedades que atestan las mesas y estantes de las librerías… En cualquier caso, manejables o no, uno se puede topar con verdaderas joyas que despertarían el ansia del lector más inapetente.
Como la maravillosa Trilogía de Deptford de Robertson Davies (Libros del Asteroide, 1.224 páginas), uno de esos descubrimientos que avivan el placer de leer y del que ya he hablado por aquí; los Cuentos Completos de Robert Louis Stevenson, 960 páginas editadas por Mondadori (no admito bromas con Stevenson, si no te gusta es que NO TE GUSTA LEER); o, para corazones fuertes, la Trilogía de Auschwitz, de Primo Levi (El Aleph, 656 páginas), donde el autor italiano narra con sobriedad el horror de los campos de exterminio nazis, a los que acabó sobreviviendo para suicidarse en 1987, aunque aún existen dudas sobre la causa real de su muerte.
Por supuesto, hay cabida para libros más alegres que el de Levi. Así, La historia de mi vida (dos volúmenes, 3.648 páginas, Atalanta) de Giacomo Casanova, más que un personaje real, una leyenda; historias detectivescas victorianas como las de Sherlock Homes anotado (912 páginas, Akal), que contiene los cuatros relatos largos publicados entre 1887 y 1915 por Arthur Conan Doyle e incluye más de mil notas y un buen puñado de textos críticos y explicativos de Leslie S. Klinger, una autoridad sherlockiana mundial (qué puñeteramente británico es esto); y, para terminar este repaso mastodóntico, se puede probar con el arte y la fantasía representados por los Cuentos de imaginación y misterio (440 páginas, éste no da miedo), de Edgard Allan Poe, en versión de Julio Cortázar, con hermosas ilustraciones de Harry Clarke y muy bien editados por Libros del Zorro Rojo, un nombre joven a seguir.
Me asalta una duda: ¿se atreverá Destino a publicar la Trilogía Millennium de Stieg Larsson en un solo volumen? Me salen unas 2.300 páginas… ¿Quizá con un atril motorizado de regalo?
La nueva de Auster
Hay escritores, músicos y cineastas que alcanzan ese estatus -basado en criterios comerciales, estéticos o en ambos- que permite referirse a cualquiera de sus útimas creaciones como “la nueva de…”, sin más explicaciones. Ahí vive desde hace años Paul Auster, un novelista que me enganchó hace tiempo y que últimamente me ha defraudado. ¿Habrá bajado de nivel, se repite, he cambiado o soy un esnob que repudia automáticamente lo que alcanza el éxito masivo?
Sea como fuere, Auster no ha perdido el don de la narración, y yo no he perdido las ganas de leer sus historias, con la esperanza de recuperar viejos placeres. La nueva de Auster se llama Invisible, la publica (como siempre) Anagrama el próximo 1 de diciembre, y El País nos brinda la posibilidad de leer su primer capítulo.
Yo ya me lo he bajado y pienso devorarlo.
ACTUALIZACIÓN: Como decía un tipo que conocí y se parecía preocupantemente al protagonista de Alta fidelidad: “Lo tiene”. Sí, después de leer este primer capítulo hay que admitir que Auster “lo tiene”. No sé cómo será el resto del relato, pero estas primeras páginas poseen el inconfundible sabor austeriano y me recuerdan a El Palacio de la Luna, uno de mis libros favoritos del escritor de Newark (Nueva Jersey). Hace poco un lector de paladar muy fino me dijo que Auster era una “hamburguesa literaria”. Me encantan las hamburguesas, y cuando vuelva a Nueva York (escenario predilecto de las ficciones del amigo Paul) me apretaré una descomunal y mesopotámica en el maravilloso Katz’s Deli, el local con el mejor reclamo del mundo: “Send a salami to your boy in the army!”
















