Archive for Memorias

Kaputt

Curzio Malaparte (1898-1957), italiano hijo de madre lombarda y padre alemán, fue voluntario en la Primera Guerra Mundial, periodista y miembro del Partido Fascista italiano, en el que ingresó a principios de los años 20; fundó periódicos y revistas, publicó novelas y un ensayo de mucho éxito, Técnica del golpe de estado (1931), en el que criticaba directamente a Hitler y Mussolini. Expulsado del partido por sus crecientes discrepancias ideológicas (y, según Manu Leguineche, por escribir que Il Duce había matado a cinco gatitos con sus propias manos, además de afear la estética de sus corbatas), conoció la cárcel y el exilio interior. Más tarde fue militar y corresponsal de Il Corriere della Sera durante la Segunda Guerra Mundial, destino que le permitió conocer de primera mano el conflicto en distintos rincones de Europa.

Sus crónicas desde el frente molestaron tanto a nazis como a norteamericanos (muchas fueron censuradas) y sus experiencias dieron lugar a sus dos obras más conocidas: Kaputt (1944) y La piel (1949). Esta última fue incluida por la Iglesia en su índice de libros prohibidos. Acabada la guerra, Malaparte fue escorándose a la izquierda y acabó simpatizando con los maoístas y colaborando con el por entonces poderoso e influyente Partido Comunista italiano. Poco antes de morir abrazó el catolicismo -hasta entonces profesaba la fe luterana de su padre- y, de nuevo según Leguineche, ya en su agonía pidió la habitación 32 de la clínica Sanatrix de Roma por una razón práctica: “está más cerca del montacargas de los cadáveres”.

MALAPARTISMO
Lo que se deduce de esta sucinta relación de la vida de Kurt Erich Suckert -su nombre real- y de otros detalles de su existencia es que Malaparte era, antes que nada, malapartista, un provocador siempre gustoso de meter el dedo en la llaga, una mosca cojonera egocéntrica y exhibicionista. Y lo que se descubre con la lectura de Kaputt, ahora publicado por Galaxia Gutenberg en una nueva e íntegra traducción al español, es que era un escritor fabuloso, irónico y sensible, brillante y profundamente original que nos legó una obra maestra con esta visión de los horrores de la guerra.

Malaparte inició Kaputt -palabra alemana de origen hebreo que significa “roto”, entre otras cosas, y que se ajustaba a lo que veía allá donde iba- en Ucrania en el verano de 1941 y lo acabó en Capri, en septiembre de 1943. Podría definirse como una novela sobre la desolación y destrucción de una Europa que no volverá, pero sería limitar el campo de visión, porque uno de sus mayores atractivos radica en la originalidad de su forma, “una completa novedad que le pertenece sólo a él”, en palabras de Milan Kundera.

Los recuerdos del autor -el gueto de Varsovia, la lucha en Finlandia, bombardeos en Rumanía, el asedio de Leningrado, Belgrado, Nápoles…- van desgranándose en una sucesión de estampas, a veces alucinadas y melancólicas, otras descarnadas y crueles, y casi siempre cargadas de lirismo. El estilo de Malaparte sobresale en las descripciones, esa prueba de fuego: cualquiera puede opinar con más o menos gracia y acierto, pero pocos dominan el arte del adjetivo exacto y la economía expresiva para decir mucho y sugerir más con una voz propia e inconfundible. Basta leer unas pocas páginas para comprender que ahí se encuentra un escritor de raza.

De pequeño vi muchos libros de Malaparte por mi casa, en viejas ediciones amarillentas de Bruguera, pero no queda ni uno vivo. Me agrada confirmar el buen gusto literario de mi padre, me satisface haber descubierto esta joya y me estimula la perspectiva de emprender la búsqueda de La piel -no tengo noticia de ninguna edición reciente- por librerías y estantes.

Sólo para los (muy) fuertes

Preludio de la Navidad. Ni siquiera el más Mr. Scrooge (ahora profanado por el insufrible Jim Carrey) de los topos de estantería podría dejar de advertir dos signos inequívocos de la llegada de esta movida algo intimidante: la avalancha de libros de César Vidal (¿duerme este hombre? ¿come? ¿una tribu de oompa-loompas lo espabila cuando cae rendido sobre el ordenador?) y el desembarco masivo e irresistible de los ‘todo en uno’, esos tochos blindados en tapas duras que reúnen en un solo y gigantesco volumen obras varias de un mismo autor, relacionadas o no.

Por ejemplo, Todo Marlowe, publicado por RBA (tapas blandas, valga la excepción), que agrupa en un libro de 1.392 páginas los cuatro primeros casos de Philip Marlowe, el cínico, desencantado, sarcástico y duro detective creado por Raymond Chandler e inspirador de decenas de películas de la serie negra, como
El sueño eterno,
repletas de diálogos magistrales de este estilo:

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HAY QUE ECHARLE VALOR
Haz la prueba y coge uno de estos volúmenes. ¿Dónde leerlos? En el transporte público te provocarán problemas logísticos y de convivencia, y quizá una hernia. En la cama te aplastarán. Y en el baño… Sin embargo, ahí están, y tienen su público, aunque en mi caso he de decir que cada vez que he caído en la tentación de hacerme con uno de ellos ha pasado mucho más tiempo en la estantería que en mis esmirriados brazos. ¿Apología del libro electrónico? No, pero el que no se asuste ante 1.000 páginas embutidas en medio kilo de papel que levante la mano. Y además, no tolero bien el dolor.

“Desvarío laborioso y empobrecedor el de componer vastos libros”, decía el maestro Borges. No estoy de acuerdo, pero es una frase tan buena y, sobre todo, tan aplicable a muchas de las novedades que atestan las mesas y estantes de las librerías… En cualquier caso, manejables o no, uno se puede topar con verdaderas joyas que despertarían el ansia del lector más inapetente.

Como la maravillosa Trilogía de Deptford de Robertson Davies (Libros del Asteroide, 1.224 páginas), uno de esos descubrimientos que avivan el placer de leer y del que ya he hablado por aquí; los Cuentos Completos de Robert Louis Stevenson, 960 páginas editadas por Mondadori (no admito bromas con Stevenson, si no te gusta es que NO TE GUSTA LEER); o, para corazones fuertes, la Trilogía de Auschwitz, de Primo Levi (El Aleph, 656 páginas), donde el autor italiano narra con sobriedad el horror de los campos de exterminio nazis, a los que acabó sobreviviendo para suicidarse en 1987, aunque aún existen dudas sobre la causa real de su muerte.

Por supuesto, hay cabida para libros más alegres que el de Levi. Así, La historia de mi vida (dos volúmenes, 3.648 páginas, Atalanta) de Giacomo Casanova, más que un personaje real, una leyenda; historias detectivescas victorianas como las de Sherlock Homes anotado (912 páginas, Akal), que contiene los cuatros relatos largos publicados entre 1887 y 1915 por Arthur Conan Doyle e incluye más de mil notas y un buen puñado de textos críticos y explicativos de Leslie S. Klinger, una autoridad sherlockiana mundial (qué puñeteramente británico es esto); y, para terminar este repaso mastodóntico, se puede probar con el arte y la fantasía representados por los Cuentos de imaginación y misterio (440 páginas, éste no da miedo), de Edgard Allan Poe, en versión de Julio Cortázar, con hermosas ilustraciones de Harry Clarke y muy bien editados por Libros del Zorro Rojo, un nombre joven a seguir.

Me asalta una duda: ¿se atreverá Destino a publicar la Trilogía Millennium de Stieg Larsson en un solo volumen? Me salen unas 2.300 páginas… ¿Quizá con un atril motorizado de regalo?

Drogaína

Mis experiencias con las sustancias estimulantes, deprimentes, narcóticas o alucinógenas se reducen al alcohol, y eso me convierte en un tío sanísimo, cuando no en un bicho raro y aburrido, al menos en ciertos ambientes. Una de las pocas cosas que tengo claras en esta vida es que no pienso meterme mierda de procedencia desconocida en un asqueroso váter de bar. Si algún día pruebo las drogas será en un chateau de la campiña francesa, vestido con un batín de seda (llevaré calzoncillos, calma) y rodeado de expertos conocedores en la materia que me guíen en el viaje.

Dicho esto, he de agradecer a El Ángel Exterminador que me haya prestado Miedo y asco en Las Vegas, el libro más conocido de Hunter S. Thompson (1937 - 2005), el reportero americano al que se atribuye la invención del Periodismo Gonzo, una especie de subgénero del Nuevo Periodismo de los Wolfe, Capote, Mailer y compañía. ¿Que de qué va eso del periodismo gonzo? Me da que ni el propio Thompson lo sabía, pero en la Wikipedia (ese “error en equipo”, según Andrés Neumann) se lee esto.

VIAJE ALUCINANTE AL SUEÑO AMERICANO

Lo he pasado muy bien con este delirante descenso a los infiernos de dos tíos puestos de todo tipo de drogas (mescalina, LSD, ácido, cocaína, éter, pirulas varias…) en un lugar que presumo tan alucinado como una psicosis anfetamínica: Las Vegas, ese gigantesco y absurdo casino en mitad del desierto.

Thompson entró en la capital del juego con un arsenal de sustancias prohibidas y se paseó por allí sin otro irónico objetivo que alcanzar lo que él llamaba el Sueño Americano. No halló ni rastro de él, claro, pero por el camino nos dejó una descripción hilarante -y muy brillante en ocasiones- de los diversos estados mentales (paranoias, alucinaciones, crisis nerviosas) y situaciones absurdas provocados por lo que él y su compañero se iban metiendo, y también una visión (el libro fue publicado en 1971) de lo que fueron los sesenta en los EE.UU., cuando empezaron a pegar las drogas.

Poco periodismo veo en Miedo y asco en Las Vegas, y sí literatura rabiosamente subjetiva y muy recomendable. Por cierto, me alegro de haberlo leído ya mayorcito. Me ha permitido distanciarme y disfrutarlo con la ironía que quizá no posea un adolescente, propenso a quedarse fascinado con este tour de force drogota, del que hay versión cinematográfica (con Terry Gilliam dirigiendo a Johnny Depp y Benicio Del Toro) y que me ha recordado otra obra relacionada con las drogas y sus efectos, que leí hace años y de la que hablaré después de este vídeo cortesía de YouTube.

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LA FASCINACIÓN DEL OPIO

Si no hay enfermedades sino enfermos, quizá no haya drogas sino drogadictos. Las Confesiones de un inglés comedor de opio (¡titulazo!) constituyen una aproximación al mundo de la intoxicación y las adicciones completamente diferente a la de Hunter S. Thompson. Es obra de Thomas de Quincey (1785 - 1859), un diminuto, cortés y bohemio erudito británico que cayó en las garras del opio para remediar sus dolores físicos y espirituales.

Estas confesiones, “la crónica de un periodo extraordinario de mi vida”, en palabras del autor, son una suerte de autobiografía en la que ocupa un lugar importante el opio, que De Quincey comenzó a tomar en 1804 por las razones antes citadas, y del que ya nunca podría librarse. En el texto (publicado originalmente en 1821 en la revista London Magazine), esta sustancia aparece como una odiosa maldición, pero también como un medio para provocar fascinantes y tortuosas fantasías oníricas -casi siempre repletas de imaginería oriental, a menudo china, porque el opio se asociaba en occidente con esa parte del mundo-, descritas con una prosa muy elaborada y rica, repleta de divagaciones deliciosas.

De Quincey era un idealista, un visionario y -como todo buen romántico- un reaccionario espiritual en una época que se adentraba despiadamente en la era de la industrialización. Es muy interesante conocer su experiencia con la droga, que supo aprovechar artísticamente y que, siendo tan ‘moderna’ y casi fundacional de una tradición literaria, poco tiene que ver con la de Hunter S. Thompson. El escritor inglés usó el opio como un vehículo para llegar a algo gracias a su sensibilidad intelectual, y Thompson se queda en un aturdimiento estéril, superficial y muy brillante que me recuerda a Tarantino.

Habla, memoria

Si algún día sucediera lo más que improbable (que yo quisiera y supiera escribir mis memorias, que mi vida justificara el que lo hiciera y que a alguien pudieran interesarle), querría que fueran como Habla, memoria, la divertidísima, brillante y demoledoramente inteligente autobiografía de Vladimir Nabokov, que arranca con un párrafo fabuloso, anuncio de las maravillas que lo siguen.

“Nuestra cuna está situada al borde de un abismo, y el sentido común nos dice que nuestra existencia no es más que un débil estallido de luz entre dos eternidades de total oscuridad. Aunque estas dos últimas son idénticas, el hombre, normalmente, contempla el insondable abismo prenatal con mucha más calma que aquél, tan insondable como el primero, hacia el que se encamina (aproximadamente a unas cuatro mil quinientas pulsaciones por hora)”.