Archive for Historia

“El mundo es poco”

La globalización empezó el día que un pequeño grupo de homo sapiens salió del África originaria para expandirse desde Oriente Medio al resto del planeta. Desde esa fecha (hace más de cien mil años, dicen los antropólogos e historiadores) hasta 1492, la especie humana pasó por una larga etapa de diferenciación cultural que llegó al extremo de que dos hombres pudieran encontrarse sin reconocerse apenas como miembros de la misma especie. Pensemos, por ejemplo, en el primer choque (¿hay una palabra más descriptiva para el caso?) de un conquistador español con un indígena del Amazonas.

Ese proceso de escisión encontró un brusco final en 1492, con el primer viaje de Colón a América. Por supuesto, antes de esa fecha habían existido numerosos intercambios articulados por lo general en torno al comercio y la guerra, pero es ahí cuando arranca de verdad el empequeñecimiento de la Tierra, y es ahí donde se inicia la convergencia en la que vivimos plenamente inmersos, de la que dan fe acontecimientos que van de los terremotos bursátiles que se contagian en minutos al Mundial de fútbol (Japón 1 - Camerún 0 en el momento de escribir estas líneas). Colón dejó escrito “el mundo es poco”, convencido de que el globo era menor de lo que se pensaba, y aunque erró sus calculos, no sospechaba hasta qué punto tenía razón.

1492. El nacimiento de la modernidad (Debate, 376 págs, 22,90 €) es el ensayo con el que Felipe Fernández-Armesto (Londres, 1950), historiador británico de origen español, intenta explicar los acontecimientos que dieron lugar a nuestro mundo y siguen conformándolo hoy. Para ello ha elegido una fecha monopolizada en la historia por la odisea de las tres carabelas castellanas, que “… ha vuelto invisibles para los lectores el mundo que lo rodeaba, el que hacía inteligibles las consecuencias de su viaje”, en sus propias palabras.

RELATO PANORÁMICO
El libro intenta contextualizar y dar sentido a la travesía colombina. Cuando los navegantes occidentales descubrieron las corrientes y vientos que hicieron posible la llegada a América y la posterior exploración del planeta comenzó el proceso que -con retrasos, dificultades y frustraciones- casi ha concluido: hoy, el mundo es uno. La pequeña y pobre Europa encontró la llave del camino para aumentar su poderío y eclipsar a asiáticos y musulmanes. Lo paradójico es que sin los inventos chinos (la decisiva pólvora, la brújula, el papel, la imprenta, el papel moneda…) no habría podido hacerlo, y hoy China ha despertado para reclamar su papel de superpotencia usando como palanca ideologías e invenciones occidentales. La historia se repite, quizá, pero tan disfrazada que resulta casi irreconocible.

Fernández-Armesto nos lleva a 1492 y nos conduce en un viaje por el tiempo y el espacio a la España de los Reyes Católicos, la Italia renacentista, el África subsahariana y el islam, Rusia y su expansión hacia el este, Japón, China y Corea, el océano Índico y las sociedades americanas… Civilizaciones que antes o después iban a cambiar radicalmente a causa del descubrimiento de América y que el historiador retrata con precisión, dando las claves y porqués de cómo iba a afectarlas el nuevo rumbo de las cosas.

Con un estilo conciso, ágil y ameno, el autor sintetiza toneladas de información en una panorámica general apasionante en la que no pasamos una página sin toparnos con una idea nueva, un acontecimiento desconocido o un dato sorprendente, como cuando leemos a Andrés de Bernáldez, sacerdote y cronista castellano, narrar la explulsión de los judíos de España y  echarles en cara “… la fetidez de su aliento y el hedor de sus casas y sinagogas, que atribuía al uso de aceite de oliva para cocinar”, pues los castellanos medievales evitaban el aceite de oliva y preferían la manteca.

El valor de la lucidez

Manuel Chaves Nogales (1897-1944) fue un tipo singular. Periodista, se inició muy joven en la profesión en su Sevilla natal, y tras publicar sus reportajes en los principales periódicos de la época, acabó dirigiendo -aunque figuraba como subdirector- Ahora, el diario afín a Manuel Azaña, del que era declarado partidario.

Tan especial fue Chaves Nogales que hacía Nuevo Periodismo treinta años antes que Truman Capote y Tom Wolfe. Según la convención, ese género mezcla ficción y no ficción, elementos periodísticos y otros puramente narrativos, y justo eso practicó el escritor sevillano en dos brillantes libros donde encontramos reportaje y crónica, historia y testimonios, investigación y recreación de la realidad. Juan Belmonte, matador de toros, y El maestro Juan Martínez que estaba allí (ambos en Libros del Asteroide) figuran entre lo mejor del periodismo escrito en español en el siglo XX. Quienes los hemos leído sólo podemos envidiar a aquellos que aún no lo han hecho y tienen la oportunidad de darse el placer de conocerlos.

Y tan raro, tan ajeno a su tiempo, tan valiente fue Chaves que, en plena vorágine de los totalitarismos, cuando los demócratas verdaderos eran trece o catorce, cuando en España la honradez intelectual y la fidelidad a las ideas conducían directamente al paredón o la cárcel, tuvo el coraje de denunciar los peligros, el sectarismo y las salvajadas de los dos enemigos de la democracia liberal: el fascismo y el comunismo (no hay que perderse A sangre y fuego, su libro de relatos sobre la Guerra Civil española). Ahora nos parece fácil, pero entonces requería mucha lucidez y, sobre todo, mucho valor, porque te jugabas el pellejo. Así le fue: de derrota en derrota hasta el desastre final.

Al sublevarse Franco y parte del ejército, Chaves entró al servicio de la República, en la que creía firmemente. Cuando el Gobierno abandonó Madrid por la presión de las tropas franquistas, y asqueado por el rumbo que llevaba la contienda, emprendió con su familia el exilio a Francia (empezaba 1937), donde colaboró con la prensa francesa y latinoamericana. Fichado por la Gestapo, tuvo que volver a huir poco antes de la entrada de los alemanes en París, y tras pasar por Tours y Burdeos, embarcó rumbo a Inglaterra, donde continuó ejerciendo la profesión hasta su prematura muerte a causa de una enfermedad en 1944.

LA AGONÍA DE FRANCIA
En Francia asistió al derrumbe del país ante la embestida nazi, y no pudo contener al periodista que llevaba dentro. Estaba allí y tenía que contarlo. Fruto de su conocimiento de la situación y la política europea de la época (había viajado por todo el continente para escribir sus grandes reportajes) y de su contacto con franceses de todas las clases (comunistas y aristócratas, soldados y obreros, intelectuales y políticos), es La agonía de Francia (Libros del Asteroide, 208 págs, 14,95 €), un ensayo político y periodístico publicado en Uruguay en 1941 y felizmente recuperado ahora.

En este libro, Chaves señala a partir de lo que ve y escucha las claves de la rápida y fácil caída de la república francesa, para él una consecuencia del deterioro de los valores democráticos que Francia había contribuido a defender e impulsar en el mundo. El hundimiento de ese país era una tragedia para los demócratas, y por eso este breve volumen constituye sobre todo una defensa cerrada de una forma de gobierno que entonces parecía destinada a desaparecer.

En la lectura se percibe que escribía con los sucesos de España en mente, pero las terribles experiencias vividas aquí no hicieron sino reforzarle en sus convicciones. Impresiona que, en plena expansión de las dictaduras de uno y otro signo y maltratado por las circunstancias, este hombre tuviera la clarividencia de ponerse del lado correcto cuando era lo más arriesgado y difícil. Chaves Nogales, además de un excelente y eficaz escritor, fue íntegro y valiente, y su recuperación para las letras españolas supone una gran noticia.

La vida de los piratas

El afectado, caribeño y divertido capitán Sparrow y la triste caspaza del Alakrana han devuelto actualidad en los últimos tiempos a unos personajes tan fascinantes como -desmintiendo el tópico- poco románticos: los piratas. Muchos libros se han escrito sobre la materia, por ejemplo la Historia general de los robos y asesinatos de los más famosos piratas (Valdemar, 752 págs., 25 euros), publicada en dos volúmenes (1724 y 1728) y bajo seudónimo por Daniel Defoe (1660-1731).

El autor de Robinson Crusoe sitúa el inicio de su relato en una fecha significativa: 1717, año en el que Jorge I de Inglaterra proclama su Edicto para la supresión de los piratas, y presenta las biografías de diecisiete notables piratas ingleses de la época (entre ellos Barbanegra, cuya bandera puedes ver más abajo), además de reflexionar sobre las causas y consecuencias de la piratería, y cómo acabar con ella. Eso, en el primer libro, dedicado al gremio occidental del oficio. En el segundo, Defoe se ocupa de sus colegas que medraban por el océano Índico, Madagascar y las costas africanas. Resultado: una obra fundamental como fuente de información de la época dorada de estos delincuentes marinos.

QUE HABLEN LOS ACUSADOS
Pero Defoe no se contaba entre sus criminales filas, y siempre resulta recomendable acudir a las fuentes primarias. De eso se encarga La vida de los piratas - Contada por ellos mismos, por sus víctimas y por sus perseguidores (Crítica, 216 págs., 21 euros), donde Stuart Robertson recopila extractos de cartas, biografías y procesos judiciales, crónicas, noticias y recuerdos de primera mano para recorrer todas las facetas de las vidas de estos temibles fuera de la ley.

En sus cuidadas páginas, con numerosas ilustraciones y que apetece leer a primera vista, hay sitio para el atrezo pirático que todos conocemos: el ron, las negras banderas con tibias y calaveras y los barcos; sus estrictos y minuciosos códigos de comportamiento; los puertos donde se refugiaban (ah, la mítica Isla Tortuga); la existencia a bordo, con atención a lo más cotidiano, como la comida o los cuidados de la salud y, por supuesto, los loros, populares entre filibusteros y bucaneros por vistosos, limpios, parlanchines y rentables (en Londres pagaban fortunas por ellos).

¿De qué peripecia sacaría el suyo el viejo Long John Silver? No recuerdo que Stevenson lo contara en La isla del tesoro. Buena excusa para releerlo y volver a ser un niño.

Kaputt

Curzio Malaparte (1898-1957), italiano hijo de madre lombarda y padre alemán, fue voluntario en la Primera Guerra Mundial, periodista y miembro del Partido Fascista italiano, en el que ingresó a principios de los años 20; fundó periódicos y revistas, publicó novelas y un ensayo de mucho éxito, Técnica del golpe de estado (1931), en el que criticaba directamente a Hitler y Mussolini. Expulsado del partido por sus crecientes discrepancias ideológicas (y, según Manu Leguineche, por escribir que Il Duce había matado a cinco gatitos con sus propias manos, además de afear la estética de sus corbatas), conoció la cárcel y el exilio interior. Más tarde fue militar y corresponsal de Il Corriere della Sera durante la Segunda Guerra Mundial, destino que le permitió conocer de primera mano el conflicto en distintos rincones de Europa.

Sus crónicas desde el frente molestaron tanto a nazis como a norteamericanos (muchas fueron censuradas) y sus experiencias dieron lugar a sus dos obras más conocidas: Kaputt (1944) y La piel (1949). Esta última fue incluida por la Iglesia en su índice de libros prohibidos. Acabada la guerra, Malaparte fue escorándose a la izquierda y acabó simpatizando con los maoístas y colaborando con el por entonces poderoso e influyente Partido Comunista italiano. Poco antes de morir abrazó el catolicismo -hasta entonces profesaba la fe luterana de su padre- y, de nuevo según Leguineche, ya en su agonía pidió la habitación 32 de la clínica Sanatrix de Roma por una razón práctica: “está más cerca del montacargas de los cadáveres”.

MALAPARTISMO
Lo que se deduce de esta sucinta relación de la vida de Kurt Erich Suckert -su nombre real- y de otros detalles de su existencia es que Malaparte era, antes que nada, malapartista, un provocador siempre gustoso de meter el dedo en la llaga, una mosca cojonera egocéntrica y exhibicionista. Y lo que se descubre con la lectura de Kaputt, ahora publicado por Galaxia Gutenberg en una nueva e íntegra traducción al español, es que era un escritor fabuloso, irónico y sensible, brillante y profundamente original que nos legó una obra maestra con esta visión de los horrores de la guerra.

Malaparte inició Kaputt -palabra alemana de origen hebreo que significa “roto”, entre otras cosas, y que se ajustaba a lo que veía allá donde iba- en Ucrania en el verano de 1941 y lo acabó en Capri, en septiembre de 1943. Podría definirse como una novela sobre la desolación y destrucción de una Europa que no volverá, pero sería limitar el campo de visión, porque uno de sus mayores atractivos radica en la originalidad de su forma, “una completa novedad que le pertenece sólo a él”, en palabras de Milan Kundera.

Los recuerdos del autor -el gueto de Varsovia, la lucha en Finlandia, bombardeos en Rumanía, el asedio de Leningrado, Belgrado, Nápoles…- van desgranándose en una sucesión de estampas, a veces alucinadas y melancólicas, otras descarnadas y crueles, y casi siempre cargadas de lirismo. El estilo de Malaparte sobresale en las descripciones, esa prueba de fuego: cualquiera puede opinar con más o menos gracia y acierto, pero pocos dominan el arte del adjetivo exacto y la economía expresiva para decir mucho y sugerir más con una voz propia e inconfundible. Basta leer unas pocas páginas para comprender que ahí se encuentra un escritor de raza.

De pequeño vi muchos libros de Malaparte por mi casa, en viejas ediciones amarillentas de Bruguera, pero no queda ni uno vivo. Me agrada confirmar el buen gusto literario de mi padre, me satisface haber descubierto esta joya y me estimula la perspectiva de emprender la búsqueda de La piel -no tengo noticia de ninguna edición reciente- por librerías y estantes.

Bajo la Ley de Godwin

Que dice así: “A medida que una discusión en línea se alarga, la probabilidad de que aparezca una comparación en la que se mencione a Hitler o a los nazis tiende a uno”. En algunos casos, a infinito, como en el de los cineastas oportunistas (¡sí, Roberto Benigni, qué bochorno me hiciste pasar viendo La vida es bella!), que tienen el morro de meter a un niño en un campo de concentración nazi, a ver si pica el anzuelo el blandengue y llorón tío Oscar. Y pica.

Deben de ser muchas las veces que he cumplido involuntariamente con el enunciado godwiniano (wikipea para saber más), pero es que la historia se las trae y fascina. Un oscuro cabo alemán que terminó herido y medio ciego la Primera Guerra Mundial fantasea en la cama del hospital pomerano de Pasewalk donde se recupera, y sus delirios desembocan veinte años después en una catástrofe que causó más de 80 millones de muertos y cambió la historia para siempre.

Si existió la Segunda Guerra Mundial fue porque un buen día el papá de Hitler le entró a la mamá de Hitler, y porque éste fue un resentido acomplejado, superado por los acontecimientos y humillado por la dura paz impuesta en Versalles. Acojonante. Y mucho más sugestivo que el materialismo histórico.

EL AÑO QUE VIVIERON PELIGROSAMENTE
El periodista y escritor David Solar nos cuenta en 1939. La venganza de Hitler (La Esfera de los Libros) la trayectoria que siguió el tirano nazi desde que tomó el poder en 1933 hasta el armagedón alemán de 1945. Solar, un divulgador histórico reconocido y de éxito, estructura el libro en cuatro partes.

En la primera, que culmina con la anexión de Austria y los Sudetes en 1938, asistimos al desarrollo del entramado del régimen totalitario hitleriano. La segunda aborda la implicación nazi en la Guerra Civil española. La tercera describe minuciosamente la desmembración de lo que quedaba de Checoslovaquia, los antecedentes y consecuencias del pacto germano-soviético de no agresión de agosto del 39 y los pasos hacia una guerra que parecía inevitable y que Hitler deseaba.

La cuarta cierra el círculo afrontando los acontecimientos del conflicto bélico desde su estallido el 1 de septiembre, el día que la Wehrmacht invadió Polonia, hasta acabar ese año en el que sí que vivieron peligrosamente y que Solar tiene el mérito de reconstruir en una crónica trepidante, instructiva y que contribuirá a la vigencia de la puñetera Ley de Godwin.

Jugando con el enemigo

John Carlin (Londres, 1956) es un periodista crecido en el Reino Unido y Argentina que pasó seis años en Sudáfrica -de 1989 a 1995- como corresponsal de The Independent. Hasta ahora lo conocía por sus artículos en El País, donde da prueba de parecido talento al que Nick Hornby exhibe en Fiebre en las gradas -libro entrañable para los que vemos el fútbol como parte importante de nuestra educación sentimental- para escribir de este deporte sin caer en el tópico ni incurrir en la habitual prosa cochambrosa de la prensa deportiva. Carlin desde una perspectiva periodística y Hornby con una personalísima visión de cronista de la cultura pop.

Ambos escritores saben extraer conclusiones sociales y personales del fenómeno del deporte, la casi religión de masas que -nos guste o no- tiene la capacidad de movilizar a países enteros como ninguna otra fuerza hoy. ¿Hace falta recordar los Juegos de Barcelona o la pasada Eurocopa de fútbol? ¿Se te ocurre algo que pueda unirnos más, aunque sea por un rato, que ganar el Mundial de Sudáfrica el próximo verano?

EL FACTOR HUMANO

Ya tenía mi respeto, pero Carlin acaba de ganarse mi admiración por su forma de narrar la siguiente historia: un hombre que pasa 27 años en prisión por intentar que en su país se juzgue a las personas por su carácter y acciones y no por el color de la piel acaba ganándose a sus carceleros y liderando un milagro: el final pacífico de un régimen racista y cruel que parecía encaminado a un remate sangriento.

El hombre es Nelson Mandela, el país Sudáfrica, el régimen el apartheid y el libro que relata los acontecimientos El Factor humano (Playing the enemy en el original, ¿por qué ese cambio?), la relación del endiablado proceso de seducción que llevó a Mandela a culminar su conquista de los corazones blancos de Sudáfrica en la final de la Copa del Mundo de Rugby de 1995, que enfrentó a la selección de su país (catorce blancos y un negro) al temible equipo neozelandés, los legendarios All Blacks.

El 24 de junio de ese año, en el Ellis Park de Johannesburgo, el poder simbólico del deporte comenzó a unir a dos pueblos, opresor y oprimido, enfrentados desde hacía siglos, y Mandela fue el chamán que llevó la ceremonia a buen puerto… ayudado por su equipo, que ganó el partido.

El factor humano es una lección de historia política moderna, un relato apasionante y magníficamente narrado y construido, y un inteligente retrato de la compleja personalidad de una de las figuras políticas más admirables de la historia reciente. Carlin se vale de los testimonios en primera persona de las personas que vivieron de cerca todo el proceso y pasa con soltura del terreno de juego a las calles de Ciudad del Cabo, de la celda de Mandela a su despacho de presidente, siempre con una escritura apasionada y contagiosa de gran reportero. Un libro magnífico, que ahora ha llevado al cine Clint Eastwood (Invictus se estrena el próximo 29 de enero).

YouTube Preview Image

Empatía

Husmeaba hace unos días por la Casa del Libro cuando me llevé una sorpresa al toparme con una nueva edición de Las Cruzadas vistas por los árabes (Alianza Editorial), de Amin Maalouf, el escritor y periodista libanés, bastante conocido en España por el éxito de sus novelas históricas (León el Africano, Samarcanda, Los Jardines de Luz…), también publicadas por Alianza y muy recomendables.

Es un libro que leí en los viejos tiempos de la Facultad, cuando no darle un palo al agua me dejaba horas y horas para desasnarme. Tengo un buen recuerdo de este relato que cuenta la historia de las Cruzadas a partir -casi exclusivamente- de los testimonios de cronistas árabes de aquella época entre 1099 -fecha de la caída de Jerusalén en manos cristianas- a 1291, cuando el sultán Jalil tomó Acre y puso fin a dos siglos de presencia de los francos (o frany) en Oriente Próximo.

LAS ENEMISTADES PELIGROSAS

La victoria musulmana fue un espejismo. El mundo había girado y su centro se había desplazado ya hacia occidente, un proceso que ha continuado durante siglos, y que sólo ahora parece empezar a revertirse con el surgimiento de nuevas potencias (China, la India…), aunque sus fórmulas para el éxito no dejan de ser una adaptación más o menos peculiar de las recetas económicas, ideológicas y políticas occidentales.

La obra de Maalouf tiene -al margen de sus virtudes narrativas y la mucha información y datos sorprendentes y curiosos que contiene- el mérito de abrirnos los ojos al semidesconocido mundo de los árabes medievales y su visión de los invasores cristianos. Las cosas eran muy distintas entonces, como prueban estas palabras de Saladino (1138-1193), el kurdo que fue sultán de Egipto y Siria, líder musulmán y reconquistador de Jerusalén: “¡Mirad a los frany! Ved con qué encarnizamiento se baten por su religión, mientras que nosotros, los musulmanes, no mostramos ningún ardor por hacer la guerra santa”.

Las Cruzadas, llamadas guerras o invasiones francas en el campo musulmán, fueron un complejo y agitado proceso de dos siglos con avances y repliegues, años para la guerra y años para la paz, y dieron forma a una rivalidad secular que pervive y condiciona aún las relaciones entre el derrotado (dejémonos de corrección política) mundo musulmán y el occidente (abro comillas) cristiano (cierro comillas).

Esa dicotomía no puede llevar a nada bueno, y por eso me parece aconsejable leer la crónica de Maalouf e interpretarla como una iniciación a la empatía, esa rara, humilde y poco practicada virtud que todos necesitaremos a espuertas en el futuro.

El día más largo

El deslenguado y temperamental general Patton dijo -cito de memoria- en vísperas del desembarco de Normandía (6 de junio de 1944) que “ningún cabrón ha ganado la guerra muriendo por su país, sino haciendo que otros putos cabrones mueran por el suyo”. Sabía de lo que hablaba, porque él ocupaba un puesto de honor en el inacabable y siempre renovado escalafón de los cabrones, y sabía otra cosa más: cómo ganar guerras. ¿Le habrían gustado las impresionantes pero edulcoradas e idealizadoras visiones de Steven Spielberg en Salvar al soldado Ryan? No tenía pinta de haberse tragado los lugares comunes y políticamente correctos de Hollywood…

Quizá la descarnada frase de Patton ayude a alcanzar una perspectiva apropiada para sumergirse (literalmente, son 704 páginas) en El Día D. La batalla de Normandía (Crítica), de Antony Beevor (el historiador británico autor de los memorables Stalingrado y Berlín. La caída: 1945, entre otros). Beevor ha manejado material inédito: cartas, documentos, diarios y cientos de entrevistas realizadas a soldados estadounidenses tras los combates, y de esa labor paciente han surgido las sorpresas que siempre depara la historia y la visión alejada del dogmatismo de buenos y malos sin aristas que caracteriza los trabajos de este ex militar bien conocido por los aficionados al pasado.

¿Significa eso una postura equidistante entre los nazis y los aliados? Nada más lejos de la realidad, pero no conviene olvidar que los paracaidistas americanos recibieron órdenes de no hacer prisioneros, que antes de la invasión murieron más de 15.000 civiles franceses en los bombardeos preparatorios y que en el Día D también cayeron muchos más civiles franceses que soldados británicos y estadounidenses, por no hablar del raid aéreo sobre Caen, absurdo e innecesario y para muchos al borde del crimen de guerra.

Había que derrotar a los nazis, por supuesto, pero quizá apreciemos más lo que tenemos si no olvidamos que nuestro mundo, nuestra libertad y nuestro bienestar descansan sobre una enorme pila de cadáveres y sacrificios personales. En una reciente entrevista en El País, Beevor hablaba de una terrible paradoja: una democracia puede llegar a matar a muchos civiles por la presión del Parlamento y la Prensa, que desean aumentar la potencia de los bombardeos para evitar bajas propias. Fue el caso de la Inglaterra de Churchill, quien intentó que las muertes de ciudadanos franceses fueran las menos posibles. En este contexto, la pregunta surge sola: ¿podía ganarse esa contienda justa e inevitable sin cometer algunos crímenes de guerra? Un dilema moral demasiado incómodo para la gala de los Oscar.

EL ARTE DE NARRAR EL PASADO

Si muchos historiadores anglosajones disfrutan de un don para manejar montañas de datos e información y transformarlos en un relato no ya legible sino apasionante y ágil, Antony Beevor lo posee en grado extremo. Los malabarismos del general Eisenhower para mantener el orden y la unión de un equipo de altos mandos incompatibles entre sí; los preparativos de la invasión y la angustia sobre el clima en el día decisivo; las dudas alemanas (¿dónde sería el desembarco, en el Paso de Calais o en Normandía? ¿era mejor lanzar las divisiones acorazadas hacia las playas o esperar tierra adentro?); las decisiones en los centros de poder que afectaban a millones de personas; los errores de Hitler… En manos de Beevor, todo acaba encajando como en uno de esos puzles endiablados que parecen tan ineluctables una vez terminados.

DESDE LA CABEZA DE PLAYA

Pero lo que conmueve e impresiona en todas las obras de este autor es su cercanía a la gente corriente, su decisión de contar la historia desde abajo, donde muere la carne de cañón. Valientes y cobardes (aunque, ¿quién se atreve a llamar cobarde a un hombre aplastado en mitad del fuego?), escenas de terrible crueldad, momentos para la compasión y el coraje… Muchos pasajes alcanzan tal intensidad en la narración de peripecias vitales extremas que hay que dejar el grueso volumen a un lado y respirar, y uno no puede evitar preguntarse lo que habría hecho enfrentado a situaciones semejantes.

Surgirán nuevos datos y documentos inéditos que aportarán luz a los terribles acontecimientos que dieron origen a un orden internacional hoy agonizante, pero será difícil que leamos una narración de la batalla de Normandía superior a la de Antony Beevor.

Debate manga

Leo en El Mundo que la editorial japonesa East Press ha publicado -supera los 50.000 ejemplares vendidos desde noviembre- una versión manga de Mi lucha, el famoso libro escrito por Adolf Hitler en el que el tirano nazi mezclaba autobiografía y enloquecidas ideas que acabarían llevando a un desastre apocalíptico. Lógicamente, la polémica está servida.

En Alemania la obra fue prohibida desde el día en que cayó el régimen fascista. No es de extrañar. En mi caso, tengo sensaciones encontradas. Por un lado, no me hace gracia que se difundan esas ideas criminales, y menos en un formato como el cómic, que con todas sus virtudes corre el peligro de aportar cierto brillo estético a los delirios hitlerianos, al menos en la cabeza de los más simples.

Pero también pienso que dar a conocer ese material sólo puede contribuir a su escarnio, porque ninguna persona con una constitución mental medianamente sana puede dar el menor crédito a las chorradas del fracasado pintor metido a político, y sí asombrarse de la influencia que alcanzaron.

¿Y tú qué dices?

De torres y aviones

El 11-S va inevitablemente unido en nuestras mentes a fechas como el 23-F o el 11-M en la nómina del “dónde-estabas-tú-aquel-día-y-a-aquella-hora”. En mi caso, en la clase de inglés que a la hora de comer recibíamos los empleados de Wanadoo (ahora Orange), la empresa donde trabajaba. Recuerdo a la compañera que entró en el aula y nos dijo que una avioneta se acababa de estrellar contra las Torres Gemelas…

Es evidente que aquel día empezaron a cambiar -por lo general para mal- muchas cosas en la política internacional. Como dijo el novelista británico Martin Amis, “la reacción de los EE.UU. se produjo en estado de shock, como aquellas personas que deambulan errantes por ahí después de un accidente”, y en esas seguimos, ocho años después. La todopoderosa nación, golpeada en casa por primera vez. No era Pearl Harbour, una base militar a miles de kilómetros de sus costas continentales, sino Nueva York, el símbolo del país al que dicen que se parece poco.

EL SEGUNDO AVIÓN

El novelista británico Martin Amis ha publicado desde aquel día numerosos artículos, ensayos e incluso relatos sobre aquellos acontecimientos, sus antecedentes y consecuencias, y Anagrama los reúne ahora (la pela es la pela y las efemérides hay que explotarlas) en El Segundo Avión.

Amis no suele andarse por las ramas y sus opiniones -harto discutibles y a veces exageradas- caen como bombas entre los bien pensantes. Posee tres virtudes: escribe fabulosamente, es divertido y alborota el gallinero. Si no lo conocías, puede ser una buena oportunidad para hacerlo, aunque tampoco deberías perderte Koba el Temible, donde es la tolerancia de los intelectuales occidentales ante los crímenes de Stalin la que pasa por el temible filo de su pluma, y quizá seguir luego con sus novelas o Experiencia, un libro de memorias muy particular. Por cierto, El País te da la oportunidad de bajarte uno de los relatos de este nuevo libro, para que vayas abriendo boca.

LA TORRE ELEVADA

Dicen que algunos avisaron de la inminencia de un ataque terrorista a gran escala de Al Qaeda en territorio estadounidense. El periodista y escritor Lawrence Wright no llega tan lejos, pero no se corta a la hora de afirmar que anticipó las consecuencias del 11-S cuando escribió el guión de la película Estado de Sitio (1998), que trataba de la reacción del país ante ataques terroristas de fundamentalistas islámicos en… NY. Él sabrá. Lo cierto es que después de aquel día de septiembre hemos asistido a la paranoia y el miedo, y a una guerra y torturas completamente alejadas del espíritu de los padres fundadores de los EE.UU. La reacción de un tigre enfurecido con la avispa que le pica con inusitada violencia y a la que ni siquiera ve.

Wright vivió dos años en El Cairo, conoce los países musulmanes y también traza la génesis del grupo de Bin Laden y el fundamentalismo islámico, pero su acercamiento al tema no tiene nada que ver con el de Amis. La Torre Elevada (Debate) es una crónica minuciosa de los acontecimientos, la historia de cómo un pequeño grupo de fanáticos desalmados planeaba una masacre y de cómo otro reducido grupo de hombres y mujeres trató de impedirlo, con atención especial para John O’Neill, un especialista en terrorismo islámico que tras abandonar el FBI trabajaba como jefe de seguridad del World Trade Center, donde murió aquella mañana. Ganador del Pulitzer y el Pen en la categoría de ‘No ficción’, La Torre Elevada podría ser el contrapunto perfecto a El Segundo Avión.