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La vida de los piratas
El afectado, caribeño y divertido capitán Sparrow y la triste caspaza del Alakrana han devuelto actualidad en los últimos tiempos a unos personajes tan fascinantes como -desmintiendo el tópico- poco románticos: los piratas. Muchos libros se han escrito sobre la materia, por ejemplo la Historia general de los robos y asesinatos de los más famosos piratas (Valdemar, 752 págs., 25 euros), publicada en dos volúmenes (1724 y 1728) y bajo seudónimo por Daniel Defoe (1660-1731).
El autor de Robinson Crusoe sitúa el inicio de su relato en una fecha significativa: 1717, año en el que Jorge I de Inglaterra proclama su Edicto para la supresión de los piratas, y presenta las biografías de diecisiete notables piratas ingleses de la época (entre ellos Barbanegra, cuya bandera puedes ver más abajo), además de reflexionar sobre las causas y consecuencias de la piratería, y cómo acabar con ella. Eso, en el primer libro, dedicado al gremio occidental del oficio. En el segundo, Defoe se ocupa de sus colegas que medraban por el océano Índico, Madagascar y las costas africanas. Resultado: una obra fundamental como fuente de información de la época dorada de estos delincuentes marinos.
QUE HABLEN LOS ACUSADOS
Pero Defoe no se contaba entre sus criminales filas, y siempre resulta recomendable acudir a las fuentes primarias. De eso se encarga La vida de los piratas - Contada por ellos mismos, por sus víctimas y por sus perseguidores (Crítica, 216 págs., 21 euros), donde Stuart Robertson recopila extractos de cartas, biografías y procesos judiciales, crónicas, noticias y recuerdos de primera mano para recorrer todas las facetas de las vidas de estos temibles fuera de la ley.
En sus cuidadas páginas, con numerosas ilustraciones y que apetece leer a primera vista, hay sitio para el atrezo pirático que todos conocemos: el ron, las negras banderas con tibias y calaveras y los barcos; sus estrictos y minuciosos códigos de comportamiento; los puertos donde se refugiaban (ah, la mítica Isla Tortuga); la existencia a bordo, con atención a lo más cotidiano, como la comida o los cuidados de la salud y, por supuesto, los loros, populares entre filibusteros y bucaneros por vistosos, limpios, parlanchines y rentables (en Londres pagaban fortunas por ellos).
¿De qué peripecia sacaría el suyo el viejo Long John Silver? No recuerdo que Stevenson lo contara en La isla del tesoro. Buena excusa para releerlo y volver a ser un niño.
Kaputt
Curzio Malaparte (1898-1957), italiano hijo de madre lombarda y padre alemán, fue voluntario en la Primera Guerra Mundial, periodista y miembro del Partido Fascista italiano, en el que ingresó a principios de los años 20; fundó periódicos y revistas, publicó novelas y un ensayo de mucho éxito, Técnica del golpe de estado (1931), en el que criticaba directamente a Hitler y Mussolini. Expulsado del partido por sus crecientes discrepancias ideológicas (y, según Manu Leguineche, por escribir que Il Duce había matado a cinco gatitos con sus propias manos, además de afear la estética de sus corbatas), conoció la cárcel y el exilio interior. Más tarde fue militar y corresponsal de Il Corriere della Sera durante la Segunda Guerra Mundial, destino que le permitió conocer de primera mano el conflicto en distintos rincones de Europa.
Sus crónicas desde el frente molestaron tanto a nazis como a norteamericanos (muchas fueron censuradas) y sus experiencias dieron lugar a sus dos obras más conocidas: Kaputt (1944) y La piel (1949). Esta última fue incluida por la Iglesia en su índice de libros prohibidos. Acabada la guerra, Malaparte fue escorándose a la izquierda y acabó simpatizando con los maoístas y colaborando con el por entonces poderoso e influyente Partido Comunista italiano. Poco antes de morir abrazó el catolicismo -hasta entonces profesaba la fe luterana de su padre- y, de nuevo según Leguineche, ya en su agonía pidió la habitación 32 de la clínica Sanatrix de Roma por una razón práctica: “está más cerca del montacargas de los cadáveres”.
MALAPARTISMO
Lo que se deduce de esta sucinta relación de la vida de Kurt Erich Suckert -su nombre real- y de otros detalles de su existencia es que Malaparte era, antes que nada, malapartista, un provocador siempre gustoso de meter el dedo en la llaga, una mosca cojonera egocéntrica y exhibicionista. Y lo que se descubre con la lectura de Kaputt, ahora publicado por Galaxia Gutenberg en una nueva e íntegra traducción al español, es que era un escritor fabuloso, irónico y sensible, brillante y profundamente original que nos legó una obra maestra con esta visión de los horrores de la guerra.
Malaparte inició Kaputt -palabra alemana de origen hebreo que significa “roto”, entre otras cosas, y que se ajustaba a lo que veía allá donde iba- en Ucrania en el verano de 1941 y lo acabó en Capri, en septiembre de 1943. Podría definirse como una novela sobre la desolación y destrucción de una Europa que no volverá, pero sería limitar el campo de visión, porque uno de sus mayores atractivos radica en la originalidad de su forma, “una completa novedad que le pertenece sólo a él”, en palabras de Milan Kundera.
Los recuerdos del autor -el gueto de Varsovia, la lucha en Finlandia, bombardeos en Rumanía, el asedio de Leningrado, Belgrado, Nápoles…- van desgranándose en una sucesión de estampas, a veces alucinadas y melancólicas, otras descarnadas y crueles, y casi siempre cargadas de lirismo. El estilo de Malaparte sobresale en las descripciones, esa prueba de fuego: cualquiera puede opinar con más o menos gracia y acierto, pero pocos dominan el arte del adjetivo exacto y la economía expresiva para decir mucho y sugerir más con una voz propia e inconfundible. Basta leer unas pocas páginas para comprender que ahí se encuentra un escritor de raza.
De pequeño vi muchos libros de Malaparte por mi casa, en viejas ediciones amarillentas de Bruguera, pero no queda ni uno vivo. Me agrada confirmar el buen gusto literario de mi padre, me satisface haber descubierto esta joya y me estimula la perspectiva de emprender la búsqueda de La piel -no tengo noticia de ninguna edición reciente- por librerías y estantes.
Bajo la Ley de Godwin
Que dice así: “A medida que una discusión en línea se alarga, la probabilidad de que aparezca una comparación en la que se mencione a Hitler o a los nazis tiende a uno”. En algunos casos, a infinito, como en el de los cineastas oportunistas (¡sí, Roberto Benigni, qué bochorno me hiciste pasar viendo La vida es bella!), que tienen el morro de meter a un niño en un campo de concentración nazi, a ver si pica el anzuelo el blandengue y llorón tío Oscar. Y pica.
Deben de ser muchas las veces que he cumplido involuntariamente con el enunciado godwiniano (wikipea para saber más), pero es que la historia se las trae y fascina. Un oscuro cabo alemán que terminó herido y medio ciego la Primera Guerra Mundial fantasea en la cama del hospital pomerano de Pasewalk donde se recupera, y sus delirios desembocan veinte años después en una catástrofe que causó más de 80 millones de muertos y cambió la historia para siempre.
Si existió la Segunda Guerra Mundial fue porque un buen día el papá de Hitler le entró a la mamá de Hitler, y porque éste fue un resentido acomplejado, superado por los acontecimientos y humillado por la dura paz impuesta en Versalles. Acojonante. Y mucho más sugestivo que el materialismo histórico.
EL AÑO QUE VIVIERON PELIGROSAMENTE
El periodista y escritor David Solar nos cuenta en 1939. La venganza de Hitler (La Esfera de los Libros) la trayectoria que siguió el tirano nazi desde que tomó el poder en 1933 hasta el armagedón alemán de 1945. Solar, un divulgador histórico reconocido y de éxito, estructura el libro en cuatro partes.
En la primera, que culmina con la anexión de Austria y los Sudetes en 1938, asistimos al desarrollo del entramado del régimen totalitario hitleriano. La segunda aborda la implicación nazi en la Guerra Civil española. La tercera describe minuciosamente la desmembración de lo que quedaba de Checoslovaquia, los antecedentes y consecuencias del pacto germano-soviético de no agresión de agosto del 39 y los pasos hacia una guerra que parecía inevitable y que Hitler deseaba.
La cuarta cierra el círculo afrontando los acontecimientos del conflicto bélico desde su estallido el 1 de septiembre, el día que la Wehrmacht invadió Polonia, hasta acabar ese año en el que sí que vivieron peligrosamente y que Solar tiene el mérito de reconstruir en una crónica trepidante, instructiva y que contribuirá a la vigencia de la puñetera Ley de Godwin.
Jugando con el enemigo
John Carlin (Londres, 1956) es un periodista crecido en el Reino Unido y Argentina que pasó seis años en Sudáfrica -de 1989 a 1995- como corresponsal de The Independent. Hasta ahora lo conocía por sus artículos en El País, donde da prueba de parecido talento al que Nick Hornby exhibe en Fiebre en las gradas -libro entrañable para los que vemos el fútbol como parte importante de nuestra educación sentimental- para escribir de este deporte sin caer en el tópico ni incurrir en la habitual prosa cochambrosa de la prensa deportiva. Carlin desde una perspectiva periodística y Hornby con una personalísima visión de cronista de la cultura pop.
Ambos escritores saben extraer conclusiones sociales y personales del fenómeno del deporte, la casi religión de masas que -nos guste o no- tiene la capacidad de movilizar a países enteros como ninguna otra fuerza hoy. ¿Hace falta recordar los Juegos de Barcelona o la pasada Eurocopa de fútbol? ¿Se te ocurre algo que pueda unirnos más, aunque sea por un rato, que ganar el Mundial de Sudáfrica el próximo verano?
EL FACTOR HUMANO
Ya tenía mi respeto, pero Carlin acaba de ganarse mi admiración por su forma de narrar la siguiente historia: un hombre que pasa 27 años en prisión por intentar que en su país se juzgue a las personas por su carácter y acciones y no por el color de la piel acaba ganándose a sus carceleros y liderando un milagro: el final pacífico de un régimen racista y cruel que parecía encaminado a un remate sangriento.
El hombre es Nelson Mandela, el país Sudáfrica, el régimen el apartheid y el libro que relata los acontecimientos El Factor humano (Playing the enemy en el original, ¿por qué ese cambio?), la relación del endiablado proceso de seducción que llevó a Mandela a culminar su conquista de los corazones blancos de Sudáfrica en la final de la Copa del Mundo de Rugby de 1995, que enfrentó a la selección de su país (catorce blancos y un negro) al temible equipo neozelandés, los legendarios All Blacks.
El 24 de junio de ese año, en el Ellis Park de Johannesburgo, el poder simbólico del deporte comenzó a unir a dos pueblos, opresor y oprimido, enfrentados desde hacía siglos, y Mandela fue el chamán que llevó la ceremonia a buen puerto… ayudado por su equipo, que ganó el partido.
El factor humano es una lección de historia política moderna, un relato apasionante y magníficamente narrado y construido, y un inteligente retrato de la compleja personalidad de una de las figuras políticas más admirables de la historia reciente. Carlin se vale de los testimonios en primera persona de las personas que vivieron de cerca todo el proceso y pasa con soltura del terreno de juego a las calles de Ciudad del Cabo, de la celda de Mandela a su despacho de presidente, siempre con una escritura apasionada y contagiosa de gran reportero. Un libro magnífico, que ahora ha llevado al cine Clint Eastwood (Invictus se estrena el próximo 29 de enero).
Empatía
Husmeaba hace unos días por la Casa del Libro cuando me llevé una sorpresa al toparme con una nueva edición de Las Cruzadas vistas por los árabes (Alianza Editorial), de Amin Maalouf, el escritor y periodista libanés, bastante conocido en España por el éxito de sus novelas históricas (León el Africano, Samarcanda, Los Jardines de Luz…), también publicadas por Alianza y muy recomendables.
Es un libro que leí en los viejos tiempos de la Facultad, cuando no darle un palo al agua me dejaba horas y horas para desasnarme. Tengo un buen recuerdo de este relato que cuenta la historia de las Cruzadas a partir -casi exclusivamente- de los testimonios de cronistas árabes de aquella época entre 1099 -fecha de la caída de Jerusalén en manos cristianas- a 1291, cuando el sultán Jalil tomó Acre y puso fin a dos siglos de presencia de los francos (o frany) en Oriente Próximo.
LAS ENEMISTADES PELIGROSAS
La victoria musulmana fue un espejismo. El mundo había girado y su centro se había desplazado ya hacia occidente, un proceso que ha continuado durante siglos, y que sólo ahora parece empezar a revertirse con el surgimiento de nuevas potencias (China, la India…), aunque sus fórmulas para el éxito no dejan de ser una adaptación más o menos peculiar de las recetas económicas, ideológicas y políticas occidentales.
La obra de Maalouf tiene -al margen de sus virtudes narrativas y la mucha información y datos sorprendentes y curiosos que contiene- el mérito de abrirnos los ojos al semidesconocido mundo de los árabes medievales y su visión de los invasores cristianos. Las cosas eran muy distintas entonces, como prueban estas palabras de Saladino (1138-1193), el kurdo que fue sultán de Egipto y Siria, líder musulmán y reconquistador de Jerusalén: “¡Mirad a los frany! Ved con qué encarnizamiento se baten por su religión, mientras que nosotros, los musulmanes, no mostramos ningún ardor por hacer la guerra santa”.
Las Cruzadas, llamadas guerras o invasiones francas en el campo musulmán, fueron un complejo y agitado proceso de dos siglos con avances y repliegues, años para la guerra y años para la paz, y dieron forma a una rivalidad secular que pervive y condiciona aún las relaciones entre el derrotado (dejémonos de corrección política) mundo musulmán y el occidente (abro comillas) cristiano (cierro comillas).
Esa dicotomía no puede llevar a nada bueno, y por eso me parece aconsejable leer la crónica de Maalouf e interpretarla como una iniciación a la empatía, esa rara, humilde y poco practicada virtud que todos necesitaremos a espuertas en el futuro.
El Día D
El deslenguado y temperamental general Patton dijo -cito de memoria- en vísperas del desembarco de Normandía (6 de junio de 1944) que “ningún cabrón ha ganado la guerra muriendo por su país, sino haciendo que otros putos cabrones mueran por el suyo”. Sabía de lo que hablaba, porque él ocupaba un puesto de honor en el inacabable y siempre renovado escalafón de los cabrones, y sabía otra cosa más: cómo ganar guerras. ¿Le habrían gustado las impresionantes pero edulcoradas e idealizadoras visiones de Steven Spielberg en Salvar al soldado Ryan? No tenía pinta de haberse tragado los lugares comunes y políticamente correctos de Hollywood…
Quizá la descarnada frase de Patton ayude a alcanzar una perspectiva apropiada para sumergirse (literalmente, son 704 páginas) en El Día D. La batalla de Normandía (Crítica), de Antony Beevor (el historiador británico autor de los memorables Stalingrado y Berlín. La caída: 1945, entre otros). Beevor ha manejado material inédito: cartas, documentos, diarios y cientos de entrevistas realizadas a soldados estadounidenses tras los combates, y de esa labor paciente han surgido las sorpresas que siempre depara la historia y la visión alejada del dogmatismo de buenos y malos sin aristas que caracteriza los trabajos de este ex militar bien conocido por los aficionados al pasado.
¿Significa eso una postura equidistante entre los nazis y los aliados? Nada más lejos de la realidad, pero no conviene olvidar que los paracaidistas americanos recibieron órdenes de no hacer prisioneros, que antes de la invasión murieron más de 15.000 civiles franceses en los bombardeos preparatorios y que en el Día D también cayeron muchos más civiles franceses que soldados británicos y estadounidenses, por no hablar del raid aéreo sobre Caen, absurdo e innecesario y para muchos al borde del crimen de guerra.
Había que derrotar a los nazis, por supuesto, pero quizá apreciemos más lo que tenemos si no olvidamos que nuestro mundo, nuestra libertad y nuestro bienestar descansan sobre una enorme pila de cadáveres y sacrificios personales. En una reciente entrevista en El País, Beevor hablaba de una terrible paradoja: una democracia puede llegar a matar a muchos civiles por la presión del Parlamento y la Prensa, que desean aumentar la potencia de los bombardeos para evitar bajas propias. Fue el caso de la Inglaterra de Churchill, quien intentó que las muertes de ciudadanos franceses fueran las menos posibles. En este contexto, la pregunta surge sola: ¿podía ganarse esa contienda justa e inevitable sin cometer algunos crímenes de guerra? Un dilema moral demasiado incómodo para la gala de los Oscar.
EL ARTE DE NARRAR EL PASADO
Si muchos historiadores anglosajones disfrutan de un don para manejar montañas de datos e información y transformarlos en un relato no ya legible sino apasionante y ágil, Antony Beevor lo posee en grado extremo. Los malabarismos del general Eisenhower para mantener el orden y la unión de un equipo de altos mandos incompatibles entre sí; los preparativos de la invasión y la angustia sobre el clima en el día decisivo; las dudas alemanas (¿dónde sería el desembarco, en el Paso de Calais o en Normandía? ¿era mejor lanzar las divisiones acorazadas hacia las playas o esperar tierra adentro?); las decisiones en los centros de poder que afectaban a millones de personas; los errores de Hitler… En manos de Beevor, todo acaba encajando como en uno de esos puzles endiablados que parecen tan ineluctables una vez terminados.
DESDE LA CABEZA DE PLAYA
Pero lo que conmueve e impresiona en todas las obras de este autor es su cercanía a la gente corriente, su decisión de contar la historia desde abajo, donde muere la carne de cañón. Valientes y cobardes (aunque, ¿quién se atreve a llamar cobarde a un hombre aplastado en mitad del fuego?), escenas de terrible crueldad, momentos para la compasión y el coraje… Muchos pasajes alcanzan tal intensidad en la narración de peripecias vitales extremas que hay que dejar el grueso volumen a un lado y respirar, y uno no puede evitar preguntarse lo que habría hecho enfrentado a situaciones semejantes.
Surgirán nuevos datos y documentos inéditos que aportarán luz a los terribles acontecimientos que dieron origen a un orden internacional hoy agonizante, pero será difícil que leamos una narración de la batalla de Normandía superior a la de Antony Beevor.
Debate manga
Leo en El Mundo que la editorial japonesa East Press ha publicado -supera los 50.000 ejemplares vendidos desde noviembre- una versión manga de Mi lucha, el famoso libro escrito por Adolf Hitler en el que el tirano nazi mezclaba autobiografía y enloquecidas ideas que acabarían llevando a un desastre apocalíptico. Lógicamente, la polémica está servida.
En Alemania la obra fue prohibida desde el día en que cayó el régimen fascista. No es de extrañar. En mi caso, tengo sensaciones encontradas. Por un lado, no me hace gracia que se difundan esas ideas criminales, y menos en un formato como el cómic, que con todas sus virtudes corre el peligro de aportar cierto brillo estético a los delirios hitlerianos, al menos en la cabeza de los más simples.
Pero también pienso que dar a conocer ese material sólo puede contribuir a su escarnio, porque ninguna persona con una constitución mental medianamente sana puede dar el menor crédito a las chorradas del fracasado pintor metido a político, y sí asombrarse de la influencia que alcanzaron.
¿Y tú qué dices?
De torres y aviones
El 11-S va inevitablemente unido en nuestras mentes a fechas como el 23-F o el 11-M en la nómina del “dónde-estabas-tú-aquel-día-y-a-aquella-hora”. En mi caso, en la clase de inglés que a la hora de comer recibíamos los empleados de Wanadoo (ahora Orange), la empresa donde trabajaba. Recuerdo a la compañera que entró en el aula y nos dijo que una avioneta se acababa de estrellar contra las Torres Gemelas…
Es evidente que aquel día empezaron a cambiar -por lo general para mal- muchas cosas en la política internacional. Como dijo el novelista británico Martin Amis, “la reacción de los EE.UU. se produjo en estado de shock, como aquellas personas que deambulan errantes por ahí después de un accidente”, y en esas seguimos, ocho años después. La todopoderosa nación, golpeada en casa por primera vez. No era Pearl Harbour, una base militar a miles de kilómetros de sus costas continentales, sino Nueva York, el símbolo del país al que dicen que se parece poco.
EL SEGUNDO AVIÓN
El novelista británico Martin Amis ha publicado desde aquel día numerosos artículos, ensayos e incluso relatos sobre aquellos acontecimientos, sus antecedentes y consecuencias, y Anagrama los reúne ahora (la pela es la pela y las efemérides hay que explotarlas) en El Segundo Avión.
Amis no suele andarse por las ramas y sus opiniones -harto discutibles y a veces exageradas- caen como bombas entre los bien pensantes. Posee tres virtudes: escribe fabulosamente, es divertido y alborota el gallinero. Si no lo conocías, puede ser una buena oportunidad para hacerlo, aunque tampoco deberías perderte Koba el Temible, donde es la tolerancia de los intelectuales occidentales ante los crímenes de Stalin la que pasa por el temible filo de su pluma, y quizá seguir luego con sus novelas o Experiencia, un libro de memorias muy particular. Por cierto, El País te da la oportunidad de bajarte uno de los relatos de este nuevo libro, para que vayas abriendo boca.
LA TORRE ELEVADA
Dicen que algunos avisaron de la inminencia de un ataque terrorista a gran escala de Al Qaeda en territorio estadounidense. El periodista y escritor Lawrence Wright no llega tan lejos, pero no se corta a la hora de afirmar que anticipó las consecuencias del 11-S cuando escribió el guión de la película Estado de Sitio (1998), que trataba de la reacción del país ante ataques terroristas de fundamentalistas islámicos en… NY. Él sabrá. Lo cierto es que después de aquel día de septiembre hemos asistido a la paranoia y el miedo, y a una guerra y torturas completamente alejadas del espíritu de los padres fundadores de los EE.UU. La reacción de un tigre enfurecido con la avispa que le pica con inusitada violencia y a la que ni siquiera ve.
Wright vivió dos años en El Cairo, conoce los países musulmanes y también traza la génesis del grupo de Bin Laden y el fundamentalismo islámico, pero su acercamiento al tema no tiene nada que ver con el de Amis. La Torre Elevada (Debate) es una crónica minuciosa de los acontecimientos, la historia de cómo un pequeño grupo de fanáticos desalmados planeaba una masacre y de cómo otro reducido grupo de hombres y mujeres trató de impedirlo, con atención especial para John O’Neill, un especialista en terrorismo islámico que tras abandonar el FBI trabajaba como jefe de seguridad del World Trade Center, donde murió aquella mañana. Ganador del Pulitzer y el Pen en la categoría de ‘No ficción’, La Torre Elevada podría ser el contrapunto perfecto a El Segundo Avión.
Castañuelas y revolución
Mal negocio el de decir la verdad. O el de decirla en el momento equivocado. Ésa es la única explicación que se me ocurre al hecho de que apenas se conozca a Manuel Chaves Nogales (1897 - 1944), el brillantísimo periodista sevillano que se opuso por igual a fascistas y comunistas cuando había que hacerlo, en los años 30 y 40 del siglo pasado, décadas de plomo para quien pretendiera mantenerse libre. Silenciado por unos y otros totalitarios aficionados a la carne picada, sólo ahora levanta cabeza su figura, en gran parte por la labor de recuperación emprendida por Libros del Asteroide.
Chaves Nogales sabía (lo probó en sus carnes) que fascistas y comunistas eran entonces los mismos perros con distintos collares -a pesar del prestigio intelectual que ocultó bajo toneladas de tierra y mentiras los crímenes soviéticos- y tenía el valor casi suicida de decirlo cuando unos y otros parecían cerca de repartirse el mundo y la democracia lucía la salud de Fidel Castro. Por eso quedó sepultado por nuestra guerra civil y el exilio, por eso “perdió la guerra y la literatura, a diferencia de la mayoría de sus colegas, que o bien ganaron la guerra o bien ganaron los manuales de literatura”.
Son palabras de Andrés Trapiello en su excelente prólogo a El maestro Juan Martínez que estaba allí, la novela o crónica o reportaje (no es fácil precisarlo, porque de todo tiene) que Chaves Nogales publicó en 1934 y que ha acrecentado mi admiración por el sevillano, nacida de la lectura de su deliciosa biografía de Juan Belmonte, de la que ya escribí aquí.
ROJOS, BLANCOS Y UN FLAMENCO
¿Te imaginas la revolución soviética contada por un flamenco? “A mí la toma del poder por los bolcheviques, los famosos 10 días que conmovieron al mundo, me cogieron en Moscú vestido de corto, bailando en el tablado de un cabaret y bebiendo champaña a todo pasto”. El que habla es Juan Martínez, el bailaor que se gana la vida junto a Sole, su compañera, por los cabarets de toda Europa y que se ve atrapado por los acontecimientos revolucionarios de 1917.
Sin poder salir de Rusia, pasará seis infernales años con su pareja en San Petersburgo, Moscú y, sobre todo, Kiev, donde sufrirá la guerra civil entre bolcheviques y zaristas, la salvaje y sistemática represión de unos y otros, el hambre aplastante, los fríos lunares, miserias y tristezas sin fin… Cuenta con sencillez las cosas más tremendas, y el periodista lo refleja con un español depurado, preciso, sin afectación, contemporáneo tras tres cuartos de siglo: fabuloso.
Martínez es un pícaro que casi siempre se equivoca y escoge el camino erróneo, un experto en pequeños engaños, un superviviente puro sin ideología y un extraño en Rusia, lo que le aporta una visión más libre, desapasionada y por tanto exacta de los terribles acontecimientos (¿has pensado alguna vez en la desgracia que era nacer en ese país hace cien años?). Baila con Sole en cabarets, recorre pueblos paupérrimos entreteniendo a los campesinos, ¡sirve como guardia rojo!, trabaja de croupier, revende joyas… Sobrevive, y ya se verá mañana.
Chaves Nogales lo conoció en París y tras escuchar sus peripecias las plasmó en esta joya. ¿Hasta qué punto es fiel a la realidad, sin embargo? ¿No habrá también entreverados muchos recuerdos del propio periodista, que viajó por la neonata U.R.S.S, muchas impresiones nostálgicas de los rusos exiliados que conoció en la capital francesa? Poco importa al lector, irremisiblemente enganchado a unas páginas soberbias.
Chaves Nogales es uno de los míos, y no puedo esperar a leer A sangre y fuego. Héroes, bestias y mártires de España, su libro sobre nuestra guerra (in)civil.
Rubicón
Durante una temporada estuve tentado de hacer Filología Clásica. Me encantaba el griego y lo estudié dos años: Tercero de BUP y COU, y con muy buenas notas. La cultura grecolatina me atraía aún más que la lengua, pero gracias a los dioses, el latín no era lo mío, como repetidos suspensos fueron confirmando. Tampoco contribuyó a la causa que me iniciara en el “rosa, rosae” un profesor al que vi (literalmente) rascarse los huevos en clase con el pico de su mesa. Así que acabé en Periodismo, en la Complutense. Gran elección: no le pegaba un palo al agua y tenía todo el tiempo del mundo para leer, entre otros, libros ‘de romanos’. Y tebeos, como los geniales de Asterix, que, por cierto, tienen edición en latín.
Mantengo esa inclinación y no hay año en que no caiga algún título de historia o ensayo sobre la época o no me acerque a los clásicos, entre los que me inclino por los griegos, con Homero, el padre de tantas cosas, en cabeza. ¿Aburrido? A los criados a los pechos de Tarantino les diría que nunca me he topado con más sesos desparramados que en La Ilíada; o que Ulises, rico en ardides y amante esposo, se pasó por la piedra a todo bicho viviente en su Odisea de vuelta a Ítaca, incluida la temible hechicera Circe, un pibón que había convertido en cerdos a los compañeros del héroe, pero que le abría su lecho. ¿Penélope? En casa tejiendo y con la túnica quebrada. Ya se ve, sexo y violencia, el mundo no ha cambiado tanto como parece.
“LA SUERTE ESTÁ ECHADA”
Se dice que es la frase que pronunció Cayo Julio César cuando sus legionarios de la Decimotercera cruzaron el Rubicón, el pequeño río que hacía las veces de frontera legal entre la Galia e Italia, la humilde corriente que abría el paso a la península Itálica y, con ella, a Roma. Corría el 10 de enero del año 705 desde la fundación de Roma, el 49 a. C. Ese día empezó la Guerra Civil que marcó el principio del fin de la vieja República, y es el ocaso de ésta lo que narra Tom Holland en Rubicón: auge y caída de la República romana.
Holland es un historiador británico que ha triunfado como novelista y como divulgador en la BBC, y se entiende. La historia, muy compleja y documentada (tanto como pueda serlo un periodo del que conservamos tan pocos testimonios, aunque muy rico en ellos comparado con el resto de la Antigüedad), se lee como una novela, y salta ágilmente de las intrigas políticas de más alto nivel a la vida y personalidad de los grandes hombres (Cicerón, César, Pompeyo, Marco Antonio…), sin olvidar la mentalidad del romano de la época y la vida cotidiana de la ciudad, aunque lo que sabemos de esos años es sobre todo lo que conocemos de la élite oligárquica gobernante.
Es mérito de Holland sintetizar tanta información y condensarla en un relato divertido, inteligente y con espacio para interpretaciones e hipótesis discutibles, pero siempre estimulantes. Y mayor mérito todavía es encontrar el término medio entre los sesudos libros de historia plagados de notas, que, reconozcámoslo, pocos leen, y los de divulgación que se pasan de rosca y caen en la simpleza. Una capacidad para el equilibrio en la narración del pasado muy anglosajona, todo hay que decirlo.
Rubicón es apasionante, y si te interesa la historia de Roma (es la nuestra) harías bien en leerlo.
NOTA AUDIOVISUAL
¿Has visto Roma? Es una serie televisiva de dos temporadas que no pudo continuar por lo caro de su producción. Todo en ella es bueno: los guiones, los personajes (los protagonistas, Tito Pullo y Lucio Voreno, son un dúo con una relación amor-odio al estilo R2-D2 y C3-PO), la ambientación, las interpretaciones… La trama se desarrolla justo en los años finales de la República. Y hay escenas de cama y matanzas, que nadie se ponga nervioso. Recomendable verla en versión original, pese al acertado doblaje.














