Archive for Ensayo

Libranda(nos) del mal

Como decíamos ayer, hice muy bien en llevarme a Vila-Matas para las vacaciones. Las reflexiones inteligentes, atinadas e irónicas de su Dietario voluble son perfectas para leerlas entre cerveza y cerveza -¿cómo es posible que haya gente y hasta civilizaciones enteras que vivan sin el alcohol que todo lo mejora y nos hace más felices?-, y además me llevé el gustazo libresco de encontrar en el momento preciso un pasaje que se correspondía con la tortura que vivía embutido en una aglomeración para el embarque en un vuelo low-cost. Állá va:

  • Cuando veo el barullo y todas esas brutales filas de gente esperando en los aeropuertos, inevitablemente pienso en Louis-Ferdinand Céline: “Oleadas incesantes de seres inútiles vienen desde el fondo de los tiempos a morir sin cesar ante nosotros y, sin embargo, seguimos ahí, esperando lo que sea… ”

Admitámoslo. El verano es la estación de los horrores, y basta el espectáculo -apropiado para un cuadro de El Bosco- que nos brindan los espantosos pies de nuestros congéneres, dignos de una leprosería medieval, para desear una súbita teletransportación a Laponia, donde me cuentan mis corresponsales que las chanclas tienen poco mercado. ¿Tendrá razón Vila-Matas cuando dice que “los embrutecidos aeropuertos de hoy sólo son un anuncio del pavoroso futuro que nos espera?” ¿Estamos ya en una culturilla de bajo coste, obsesionada con la seguridad y que se cree muy libre sólo porque puede comprar cosas, cuando su realidad profunda es que vive permanentemente acojonada por todo? Y encima, en bermudas.

Mi misantrópica melancolía de fin de vacaciones -suerte, compañeros, nos veremos en otra Omaha Beach- ha crecido al descubrir que cierra Méndez, una librería de toda la vida del barrio de mis padres, supongo que fagocitada por las grandes superficies y la lógica implacable del negocio. Cuando ya no quede ni una librería de barrio las ciudades serán definitivamente parques temáticos (las bonitas, al menos) y sus corredores calles entre un centro comercial y otro.

Con este panorama, meterme en plataformas on line a lo Libranda me apetece lo mismo que cenar con Maradona o vivir en un pasillo de Barajas. Próxima estación, Los detectives salvajes, de Roberto Bolaño. Habrá que defenderse leyendo. Y con alegría.

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Filosofía pop

Sócrates entendía la filosofía como una preparación para la muerte -ese acontecimiento que siempre le pasa a otros y que, junto a los impuestos, es lo único inevitable de la vida, como dijo Benjamin Franklin-, pero el griego sólo sabía que no sabía nada y, sobre todo, no había visto Perdidos.

Contra el mono de Lost, las consolaciones de la filosofía, pero en pildorillas regurgitadas y televisivas, no sea que nos pongamos malos. Al rebufo del tremendo éxito de los habitantes de la isla han proliferado cómics y libros como Perdidos. La Filosofía (160 págs., 13 €, Duomo Ediciones), en el que un tal Simone Regazzoni usa las idas y venidas de la trama de la serie para plantearse las grandes preguntas: ¿existe un mundo externo o es una mera ilusión? ¿qué es la verdad? ¿dónde estamos? ¿quiénes somos?

Regazzoni no tiene respuestas, claro, pero el amor a la sabiduría consiste en plantearse interrogantes, y un folletín es una excusa tan buena como cualquier otra para hacer filosofía y caja. Yo, que no he visto Perdidos, pensaba que todo era una pesadilla producto de una indigestión del gordo, pero no, resulta que tiene mensaje y claves ocultas, y que puedes seguir las peripecias y pensamientos de los personajes de la mano de Platón, Descartes, Locke, Rousseau, Kant, Heidegger y otros popes del conocimiento.

El autor lo llama ‘filosofía pop’; en sus propias palabras, una “forma de filosofía que piensa a través de objetos de la cultura pop”. Yo creo que lo suyo es una gilipollez ligera, digerible, entretenida y que sigue al pie de la letra una ley fundamental para triunfar hoy: que no cueste mucho esfuerzo. Eso sí que es pop.

ADENDA
Como habrás notado si te fijas en las mesas y estantes de las librerías, Perdidos. La filosofía es sólo un eslabón más de la cadena de libros surgida del renacimiento de las series de televisión, que casi han sustituido al cine como producto de entretenimiento masivo y viven una época dorada, con producciones de altísima calidad. Ya hay volúmenes de psicología, sociología y hasta autoayuda basados en House, Los Simpson, The Wire o Los Soprano, y algunos hasta tienen pinta de ser interesantes e ir más allá de la paja mental. Por ejemplo, Los Soprano forever (168 págs., 17 €, Errata Naturae), que reúne textos de varios escritores sobre los mafiosos de Nueva Jersey.

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El valor de la lucidez

Manuel Chaves Nogales (1897-1944) fue un tipo singular. Periodista, se inició muy joven en la profesión en su Sevilla natal, y tras publicar sus reportajes en los principales periódicos de la época, acabó dirigiendo -aunque figuraba como subdirector- Ahora, el diario afín a Manuel Azaña, del que era declarado partidario.

Tan especial fue Chaves Nogales que hacía Nuevo Periodismo treinta años antes que Truman Capote y Tom Wolfe. Según la convención, ese género mezcla ficción y no ficción, elementos periodísticos y otros puramente narrativos, y justo eso practicó el escritor sevillano en dos brillantes libros donde encontramos reportaje y crónica, historia y testimonios, investigación y recreación de la realidad. Juan Belmonte, matador de toros, y El maestro Juan Martínez que estaba allí (ambos en Libros del Asteroide) figuran entre lo mejor del periodismo escrito en español en el siglo XX. Quienes los hemos leído sólo podemos envidiar a aquellos que aún no lo han hecho y tienen la oportunidad de darse el placer de conocerlos.

Y tan raro, tan ajeno a su tiempo, tan valiente fue Chaves que, en plena vorágine de los totalitarismos, cuando los demócratas verdaderos eran trece o catorce, cuando en España la honradez intelectual y la fidelidad a las ideas conducían directamente al paredón o la cárcel, tuvo el coraje de denunciar los peligros, el sectarismo y las salvajadas de los dos enemigos de la democracia liberal: el fascismo y el comunismo (no hay que perderse A sangre y fuego, su libro de relatos sobre la Guerra Civil española). Ahora nos parece fácil, pero entonces requería mucha lucidez y, sobre todo, mucho valor, porque te jugabas el pellejo. Así le fue: de derrota en derrota hasta el desastre final.

Al sublevarse Franco y parte del ejército, Chaves entró al servicio de la República, en la que creía firmemente. Cuando el Gobierno abandonó Madrid por la presión de las tropas franquistas, y asqueado por el rumbo que llevaba la contienda, emprendió con su familia el exilio a Francia (empezaba 1937), donde colaboró con la prensa francesa y latinoamericana. Fichado por la Gestapo, tuvo que volver a huir poco antes de la entrada de los alemanes en París, y tras pasar por Tours y Burdeos, embarcó rumbo a Inglaterra, donde continuó ejerciendo la profesión hasta su prematura muerte a causa de una enfermedad en 1944.

LA AGONÍA DE FRANCIA
En Francia asistió al derrumbe del país ante la embestida nazi, y no pudo contener al periodista que llevaba dentro. Estaba allí y tenía que contarlo. Fruto de su conocimiento de la situación y la política europea de la época (había viajado por todo el continente para escribir sus grandes reportajes) y de su contacto con franceses de todas las clases (comunistas y aristócratas, soldados y obreros, intelectuales y políticos), es La agonía de Francia (Libros del Asteroide, 208 págs, 14,95 €), un ensayo político y periodístico publicado en Uruguay en 1941 y felizmente recuperado ahora.

En este libro, Chaves señala a partir de lo que ve y escucha las claves de la rápida y fácil caída de la república francesa, para él una consecuencia del deterioro de los valores democráticos que Francia había contribuido a defender e impulsar en el mundo. El hundimiento de ese país era una tragedia para los demócratas, y por eso este breve volumen constituye sobre todo una defensa cerrada de una forma de gobierno que entonces parecía destinada a desaparecer.

En la lectura se percibe que escribía con los sucesos de España en mente, pero las terribles experiencias vividas aquí no hicieron sino reforzarle en sus convicciones. Impresiona que, en plena expansión de las dictaduras de uno y otro signo y maltratado por las circunstancias, este hombre tuviera la clarividencia de ponerse del lado correcto cuando era lo más arriesgado y difícil. Chaves Nogales, además de un excelente y eficaz escritor, fue íntegro y valiente, y su recuperación para las letras españolas supone una gran noticia.

¡Es la economía, estúpido!

“Una materia triste, árida y, de hecho, bastante vil y penosa, a la que podríamos llamar, a título honorífico, la ciencia lúgubre.” Así describió la economía Thomas Carlyle, en el lejano 1849. Inspirado, quizá, pero erróneo. En la ciencia económica hay muchos números e intimidantes gráficas que soportan el tinglado y le aportan su rigor, sí, pero constituye sobre todo un estudio -complejo y cambiante- sobre los seres humanos, por qué se comportan como lo hacen y qué guía sus elecciones, y también es historia, psicología y política aplicadas a la vida cotidiana de las personas.

Podríamos añadir que se trata de una disciplina cultivada por futurólogos que sólo aciertan a toro pasado, y que comparte una característica con la salud: únicamente nos acordamos de ella cuando las cosas van mal. Consciente de estos pesados lastres, el periodista Edmund Conway, editor de economía del Daily Telegraph, ha escrito 50 cosas que hay que saber sobre economía (Ariel, 216 págs., 19,50 €), un libro divulgativo con el objetivo de demostrar que la economía no es tan complicada como parece, y que muchos de sus aparentemente esotéricos comportamientos responden a conceptos y procesos accesibles para casi todo el mundo.

Sus 50 capítulos pueden leerse de manera independiente y desordenada, y su estructura y presentación, cargadas de sumarios, apoyos y cuadros explicativos, ayudan a entender un poco más “la ciencia lúgubre”, tantas veces divertida, sorprendente y relacionada con el puro sentido común.

Por cierto, si quieres saber el porqué del título del post, pincha aquí.


El rival de Prometeo

Si no eres un estilita en el desierto o un amish (en ese caso, ¿qué haces leyendo esto?) recordarás a J. F. Sebastian, el genial ingeniero genético -solitario y atormentado por la enfermedad- que trabajaba para Tyrell Corporation, la entidad creadora de replicantes. Sebastian vivía rodeado de los autómatas e inquietantes juguetes que él mismo fabricaba. ¿Que dónde estamos? Blade Runner, por supuesto.

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El interés de la humanidad por los seres artificiales no nace con la ciencia ficción moderna. Viene de muy lejos. El hombre interroga a Dios y no obtiene respuesta; se pregunta a sí mismo y sólo encuentra confusión. Resulta comprensible que busque en los androides -su creación y su reflejo, además de perturbadoras presencias- la metáfora viviente que le proporcione alguna explicación a su presencia en este mundo.

Pero basta de filosofía adolescente. El rival de Prometeo (Vidas de autómatas ilustres) es un volumen excelentemente editado por Impedimenta (sólo hojear sus páginas e ilustraciones es ya un placer) que reúne dieciséis textos de diferentes épocas y pelaje sobre autómatas, androides, robots, máquinas pensantes…

Con edición de Sonia Bueno y Marta Peirano, el libro responde a un plan bien trazado. Se divide en cuatro partes (Las máquinas filosóficas, El turco, Las máquinas fatales y A mí me hizo J. F. Sebastian) que ilustran la evolución en el tiempo de ‘los rivales de Prometeo’.

Hay cabida para todo. Desde extractos del Tratado del Hombre de Descartes a la Relación sobre el mecanismo de un autómata, de Jacques de Vaucanson, inventor del Pato con Aparato Digestivo, un artefacto de cobre que hacía sus ‘necesidades’ en una palangana de plata; de un breve texto de la Tesis sobre la filosofía de la historia de Walter Benjamin a un pequeño ensayo de Sigmund Freud o fragmentos de la Metrópolis de Thea von Harbou, versión novelada del guión de la película, que escribió junto a Fritz Lang, su marido y director del clásico de la distopía.

Y cómo no, ocupa su espacio ‘el Turco’ de Von Kempelen, el famosísimo autómata jugador de ajedrez que se atrevió a derrotar a brillantes hombres como Benjamin Franklin o Napoleón sobre el tablero (el libro reproduce la partida contra el corso, jugada en un castillo austriaco en 1809), y que inspiró los relatos de Edgar Allan Poe y Ambrose Bierce incluidos en la obra. Había truco, claro…

Iniciado como fui en la ciencia ficción por Isaac Asimov, es en la cuarta parte de El Rival de Prometeo donde de verdad me siento en territorio conocido, sobre todo al llegar a Las Tres Leyes de la Robótica, enunciadas por primera vez por el autor de Fundación en Círculo vicioso, un relato publicado en 1942 en la revista Astounding Science Fiction, y que formaría parte después del célebre Yo, robot (1950).

¿Las recuerdas?

1. Un robot no debe dañar a un ser humano o, por su inacción, dejar que un ser humano sufra daño.
2. Un robot debe obedecer las leyes que le son dadas por un ser humano, excepto si estas órdenes entran en conflicto con la Primera Ley.
3. Un robot debe proteger su propia existencia, hasta donde esta protección no entre en conflicto con la Primera o la Segunda Ley.

Esta lectura deliciosa, variada y estimulante se cierra con La singularidad, un estudio presentado por el científico y escritor Vernon Vinge en un congreso organizado por la NASA en 1993. Para Vinge, una Singularidad es “… el punto en el que nuestros viejos modelos quedan descartados y comienza a regir una nueva realidad.” Según él, “en los próximos treinta años conseguiremos los medios tecnológicos para crear una inteligencia sobrehumana. Poco después, la era humana habrá concluido.”

¿Treinta años? Esto fue escrito hace dieciséis. ¿Echas la cuenta?

Pasar las de Caín

No ando sobrado de rollo bíblico: apenas recuerdo la catequesis previa a la primera comunión, ni tampoco las lecturas infantiles de libros con mucha viñeta, aunque sí una historia gore: la de unos niños (siete hermanos, creo) que alguien echaba a una caldera para asarlos por vaya usted a saber qué y se salvaban por una de esas movidas que montaba el crudelísimo Yavé con ángeles trompeteros, querubines, serafines, potencias celestiales y la madre que los parió. O yo qué sé. Y por supuesto, no me olvido de Los Diez Mandamientos, puro cartón piedra en tecnicolor con Cecil B. DeMille al mando.

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Pero sí conozco lo suficiente de la Biblia para leer la última novela de José Saramago sin tener la sensación de sumergirme en una historia de ciencia ficción interplanetaria. Caín es una fábula de lectura fácil para los estándares de Saramago -que ya tocó las Escrituras en la impresionante El Evangelio según Jesucristo- pero de estilo inconfundible para quien conozca las maneras del escritor portugués, con esas vueltas y revueltas que conducen la historia y la ironía como andamio de todo el tinglado.

Quizá sea una obra menor en la producción de Saramago, pero se lee con agrado, no le faltan páginas brillantes y parte de una premisa original: emprender un heterodoxo recorrido por conocidos pasajes bíblicos -la expulsión del Jardín del Edén, el diluvio universal, Sodoma y Gomorra…- de la mano de Caín, el primer gran perdedor de la historia. Además, con esas tapas amarillas conseguirás lo increíble: que te miren las chicas en el metro.

No soy creyente, y veo las historias del Antiguo Testamento, escritas hace miles de años en desiertos y pedregales, como respuestas a los miedos de un pueblo que necesitaba un Dios justiciero, implacable, incomprensible y criminal que justificara su lucha sin cuartel por la supervivencia. Pero no ignoro la belleza y sabiduría que también hay en la Biblia, y sé que nuestra civilización y nuestra cultura resultan incomprensibles sin ella, para bien y para mal. ¿Cuánta gente menor de cierta edad ve un cuadro de tema bíblico en el Prado y puede saber de qué va sin leer el cartelito informativo? Ah, qué gran viejo gruñón seré…

Como no estamos en los EE.UU, donde hay una Holy Bible en muchas habitaciones de moteles y hoteles (da un poco de miedo…), algunos podrían leer Caín casi a modo de iniciación, y quizá Los mitos hebreos (Alianza Editorial), donde Robert Graves y Raphael Patai investigan los elementos mitológicos presentes en el Génesis y los relacionan con los de otras tradiciones, aportando claridad al embrollo.

Aunque ya puestos, mejor ir directamente a la Biblia y echarle un vistazo de vez en cuando. Encontrarás sexo, violencia, amor y relatos fantásticos, y quizá hasta la misma Salvación que libró a George Bush el Pequeño de las garras del alcohol y la farlopa. Alabado sea el Señor.

De torres y aviones

El 11-S va inevitablemente unido en nuestras mentes a fechas como el 23-F o el 11-M en la nómina del “dónde-estabas-tú-aquel-día-y-a-aquella-hora”. En mi caso, en la clase de inglés que a la hora de comer recibíamos los empleados de Wanadoo (ahora Orange), la empresa donde trabajaba. Recuerdo a la compañera que entró en el aula y nos dijo que una avioneta se acababa de estrellar contra las Torres Gemelas…

Es evidente que aquel día empezaron a cambiar -por lo general para mal- muchas cosas en la política internacional. Como dijo el novelista británico Martin Amis, “la reacción de los EE.UU. se produjo en estado de shock, como aquellas personas que deambulan errantes por ahí después de un accidente”, y en esas seguimos, ocho años después. La todopoderosa nación, golpeada en casa por primera vez. No era Pearl Harbour, una base militar a miles de kilómetros de sus costas continentales, sino Nueva York, el símbolo del país al que dicen que se parece poco.

EL SEGUNDO AVIÓN

El novelista británico Martin Amis ha publicado desde aquel día numerosos artículos, ensayos e incluso relatos sobre aquellos acontecimientos, sus antecedentes y consecuencias, y Anagrama los reúne ahora (la pela es la pela y las efemérides hay que explotarlas) en El Segundo Avión.

Amis no suele andarse por las ramas y sus opiniones -harto discutibles y a veces exageradas- caen como bombas entre los bien pensantes. Posee tres virtudes: escribe fabulosamente, es divertido y alborota el gallinero. Si no lo conocías, puede ser una buena oportunidad para hacerlo, aunque tampoco deberías perderte Koba el Temible, donde es la tolerancia de los intelectuales occidentales ante los crímenes de Stalin la que pasa por el temible filo de su pluma, y quizá seguir luego con sus novelas o Experiencia, un libro de memorias muy particular. Por cierto, El País te da la oportunidad de bajarte uno de los relatos de este nuevo libro, para que vayas abriendo boca.

LA TORRE ELEVADA

Dicen que algunos avisaron de la inminencia de un ataque terrorista a gran escala de Al Qaeda en territorio estadounidense. El periodista y escritor Lawrence Wright no llega tan lejos, pero no se corta a la hora de afirmar que anticipó las consecuencias del 11-S cuando escribió el guión de la película Estado de Sitio (1998), que trataba de la reacción del país ante ataques terroristas de fundamentalistas islámicos en… NY. Él sabrá. Lo cierto es que después de aquel día de septiembre hemos asistido a la paranoia y el miedo, y a una guerra y torturas completamente alejadas del espíritu de los padres fundadores de los EE.UU. La reacción de un tigre enfurecido con la avispa que le pica con inusitada violencia y a la que ni siquiera ve.

Wright vivió dos años en El Cairo, conoce los países musulmanes y también traza la génesis del grupo de Bin Laden y el fundamentalismo islámico, pero su acercamiento al tema no tiene nada que ver con el de Amis. La Torre Elevada (Debate) es una crónica minuciosa de los acontecimientos, la historia de cómo un pequeño grupo de fanáticos desalmados planeaba una masacre y de cómo otro reducido grupo de hombres y mujeres trató de impedirlo, con atención especial para John O’Neill, un especialista en terrorismo islámico que tras abandonar el FBI trabajaba como jefe de seguridad del World Trade Center, donde murió aquella mañana. Ganador del Pulitzer y el Pen en la categoría de ‘No ficción’, La Torre Elevada podría ser el contrapunto perfecto a El Segundo Avión.

¿Dónde estabas tú el 23-F?

Quizá no eras ni un proyecto, pero yo tenía siete años y la tarde de ese lunes de 1981 jugaba al fútbol (no recuerdo si ese día me tocaba ser Stielike o Juanito) en un parque junto a la casa de mis padres, en Madrid. Empezaba a anochecer cuando mi primo Domingo, de Jaén, que hacía la mili aquí y estaba de baja (se había cortado llevando botellines de Mahou a los cabos y sargentos chusqueros), vino a recogerme. Evidentemente, algo raro pasaba. Lo había mandado a por mí mi madre, alarmada después de escuchar en la radio (en puro directo) la entrada de Tejero en el Congreso de los Diputados y la balasera posterior.

Me quedan otras dos imágenes muy nítidas de aquella ocasión. En la primera me recuerdo divertido e intrigado por la novedad, asombrado de que a la una de la mañana nuestro vecino Nicolás estuviera en casa, viendo la tele con mis padres y dando cuenta de una botella de whisky que me gusta imaginar que apuró hasta que el Rey soltó su famoso y breve discurso en pantalla. Y la segunda es ya del día siguiente, en el colegio (sí, fui, quizá porque tenía el privilegio de que se encontrara justo enfrente de mi casa), cuando entró la profesora a eso de mediodía y dijo con un tono de alivio que no se me olvidará: “Gracias a Dios, se ha acabado”.

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Todos hemos visto las imágenes de aquello, pero si quieres un repaso audiovisual completo harías bien en pasarte por la página de RTVE con vídeos de aquel día.

ANATOMÍA DE UN INSTANTE

Es el título del libro que Javier Cercas ha publicado en Mondadori, una acertadísima mezcla de ensayo y crónica que se lee como una novela apasionante con rasgos del mejor periodismo (si Cercas fuera de Nueva York y no de un pueblo de Cáceres esta obra sería un must, como dicen los cursis más relamidos) y que parte de un instante: aquel en el que Adolfo Suárez, el general Gutiérrez Mellado y Santiago Carrillo permanecieron sentados en sus escaños (o de pie y zarandeado, en el caso del militar) mientras las balas zumbaban y el resto de diputados se agachaba en una tan poco honrosa como comprensible actuación.

Esa imagen, “hipnótica y radiante, real e irreal al mismo tiempo, minuciosamente cebada de sentido”, da pie a Cercas para un ejercicio literario con el que demuestra que mirar con atención -algo tan fácil y tan difícil- es la única clave para descubrir los sentidos que la mostrenca realidad oculta. Su lectura -a veces densa y exigente- se hace compulsiva, y el lector se ve arrastrado a un complejo puzle en el que Cercas encaja las piezas con precisión de cirujano.

En su crónica-ensayo no todo cuadra y sigue habiendo suposiciones y conjeturas (quién estuvo realmente tras el golpe, la actuación de muchos de los implicados y de personajes relevantes de la época…) sin resolver, pero lo que encaja lo hace con la máxima brillantez y cobra un sentido enorme, y a Cercas todavía le queda fuelle para reflexionar sobre las posibilidades de la narrativa para explicar el mundo. Qué tío.

Anatomía de un instante es un libro necesario, brillante, fabulosamente escrito y con una virtud principal: recupera hechos recientes (aunque parezca que ha pasado un millón de años) que muchos han olvidado o querido olvidar, y que otros tantos no conocen. Ahora que la penosa campaña para las elecciones europeas nos ha recordado qué clase política padecemos (probablemente la que nos merecemos), viene muy bien que nos recuerden que no hemos inventado la pólvora y que no somos mejores que quienes -con sus virtudes y defectos- mandaron aquí hace treinta años y, mal que bien, se las arreglaron para que pasáramos de una dictadura a una democracia sin matarnos. Que en España, no es poco.