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Una mujer en Berlín

“Más vale un ruso en la barriga que un americano en la cabeza” fue una frase que circuló entre las mujeres berlinesas cuando el Ejército Rojo entró en la devastada capital del imperio que iba a durar mil años. Veían la posibilidad de quedarse embarazadas por las violaciones sistemáticas sufridas a manos de los ‘Ivanes’ (los soldados rusos) como un mal menor comparado al peligro pasado de morir sepultado en un bombardeo de la aviación aliada. Era una cínica manera de protegerse para sobrevivir en un mundo que se caía a pedazos.

Los cálculos históricos más fiables hablan de unos dos millones de mujeres alemanas violadas por las tropas rusas durante su avance hacia al oeste, y de unas cien mil sólo en Berlín, en los últimos días de la guerra. Este horror sobrevuela las 300 páginas de Una mujer en Berlín, el diario escrito por una mujer anónima alemana entre abril y junio de 1945, en tres cuadernos y hojas sueltas, a la luz de las velas en refugios antiaéreos o en los sótanos abarrotados donde la aterrorizada población civil aguardaba su destino.

Unos meses después de acabada la guerra, la autora, que nunca quiso revelar su identidad, mecanografió las impresiones garabateadas en aquellos días terribles, pulió sus recuerdos, dio forma al infierno que vivió y sus observaciones acabaron en manos del público de los EE.UU. en 1954, gracias a Kurt W. Marek, un periodista alemán al que confió sus vivencias y que pudo convencer a un editor norteamericano de la importancia de lo que tenía entre manos.

Una mujer en Berlín se tradujo pronto a varias lenguas (entre ellas el español), pero tardó cinco años en ver la luz en alemán en su país de origen, y a través de una pequeña editorial suiza, además. La acogida fue fría. Las heridas estaban frescas, nadie quería recordar y la autora se mostraba despiadada en sus observaciones, muy alejada del tentador consuelo de la autocompasión.

UN TESTIMONIO IMPLACABLE

Lo que vamos leyendo con creciente asombro y admiración es el diario de una mujer que escribe para no volverse loca ante la enormidad del desastre que la rodea, un caos en el que las violaciones continuas -que ella misma sufrió varias veces- son sólo un capítulo más del bíblico desplome y agonía de la ciudad que albergaba a los dirigentes del Tercer Reich.

Se muestra desapasionada, objetiva, con un fabuloso talento para describir personas, situaciones y sucesos, y dueña de un humor negrísimo. Da la impresión de no haber oído hablar jamás del sentimentalismo o los prejuicios. Tanto, que su frialdad acaba impresionando, por mucho que se intuya como una forma de matar los sentimientos para poder mantener la cordura y seguir llevando algo que merezca la pena llamar vida. Fue capaz de ver que el sufrimiento de su pueblo era en cierta forma el reverso del dolor que los suyos habían causado a otros, y eso hizo que su libro no cayera demasiado bien entre sus compatriotas.

Si lo lees, te costará olvidar Una mujer en Berlín. Una inteligencia insobornable y agudísima acecha en cada página y encontrarás un valor adicional que lo hace único y valioso: constituir el testimonio de una mujer que dio voz a otras miles de mujeres anónimas que padecieron una guerra concebida y librada por los hombres, los mismos que no dieron la talla entre las ruinas.

Bufé libre

En mi interior habita un paleto famélico con genes malditos por la herencia de hambres milenarias (demoledor comienzo, ¿eh?). Por eso, nada me recuerda más a la extrema felicidad de mis despertares infantiles en el día de Reyes (¡oh, paraíso perdido!) que el trayecto mañanero que me conduce al comedor de un hotel con un pantagruélico desayuno incluido. Ya lo decía George Bernard Shaw: “No hay amor más sincero que el amor a la comida”.

En esas situaciones enloquezco y compongo desayunos hipercalóricos, descompensados y mal concebidos que convencerían a Ferran Adriá de la justicia de su gafapastil cruzada de texturas y sabores. Pero no quiero hacer la competencia al blog gastronónomico de DT (degústalo aquí) y sí aprovechar que tengo hambre (SIEMPRE tengo hambre) para calmarla recomendando una de las pocas cosas que me quitan las ganas de comer: la literatura. Aquí va un jugoso y contundente menú literario que no se lo saltaría un adicto a la nouvelle cuisine de la raza calé.

ENTRANTE VEGETARIANO

Pocos escritores más finos que el italiano Italo Calvino (1923-1985). Y entre sus muchas obras, pocas tan deliciosas como El barón rampante, la historia de Cósimo Piovasco de Rondó, el vástago de 12 años de una familia de la nobleza italiana que un buen día decide subirse a los árboles y vivir en sus ramas y copas. Es una novela ambientada en la Italia de fines del XVIII y principios del XIX, una fábula sobre un individuo que emprende su propio camino contra imposiciones de todo tipo, pero sin desligarse nunca del mundo de abajo, con el que sigue comprometido.

Interpretaciones más o menos sociales y políticas aparte, la historia conmueve (el final de Cósimo no se olvida), y se puede volver a ella una y otra vez a refrescarse para luego repetir. Lástima no olvidarla para leerla siempre por primera vez. El barón rampante no se bajó jamás de los árboles, y el epitafio de su vacía tumba rezaba: “Cósimo Piovasco de Rondó - Vivió en los árboles - Amó siempre la tierra - Subió al cielo”.

PLATO DE CUCHARA

La primera aparición de Josep Pla (1897-1981) en esta vieja entrevista de los setenta lo muestra con el cigarrillo de tabaco de liar en los labios. ¡Hasta se lo enciende con la cerilla! ¡En antena! ¡Abominación, pervertidor de menores! ¿Y las uñas, habéis visto las uñas?

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Hoy lo lapidarían, de la misma forma que hoy nadie votaría a Churchill por viejo, feo, gordo, bebedor y, sobre todo, por decir eso que casi nunca queremos escuchar: verdades. Con ojillos achinados de sabio payés socarrón, Pla escucha los elogios ditirámbicos del entrevistador. Si ves el vídeo (y los enlaces que lo acompañan) comprobarás que dice cosas interesantísimas, pero sin darse aires y como si nada, de lo que se deduce que Pla no conocía el marketing.

Este catalán era un grafómano, pero entre las toneladas de letra impresa que produjo la más recordada es quizá El cuaderno gris, un diario que escribió con apenas veinte años y que vio la luz en catalán en 1966. Pla desgrana los días transcurridos entre Barcelona, Palafrugell y Llofriu; los suyos y los de amigos, familia y conocidos. Apenas pasa nada (vidas de novela hay pocas), pero antes de que te des cuenta estás atrapado por la socarronería, el humor finísimo y las descripciones minuciosas sobre cualquier cosa: un viento, un guiso de la tierra, paisajes, las costumbres de un periodista de tres al cuarto…

Pla era un minucioso maestro de la prosa y, sobre todo, de la que quizá sea su suerte más difícil y trabajosa: la pura descripción. Como dice en la entrevista: “La única cosa que he hecho en mi vida es buscar adjetivos para poner detrás de los sustantivos. Y por esto fumo, para buscar adjetivos”. Y los encontraba, para nuestro placer y alimento.

Y EL POSTRE (CON LICOR)

Me encanta Graham Greene (1904-1991). Sus novelas suelen tener por protagonistas a tipos que casi siempre estarían mejor si fueran otros y tuvieran existencias distintas, personajes enredados en historias de amor sórdidas y mediocres o imposibles, atrapados en la maraña de una vida gris y pastosa que los va aniquilando, implacable y lentamente, entre whisky y whisky (siempre me ha impresionado lo mucho que beben bastantes personajes de las narraciones de Greene, esponjas andantes a menudo atormentadas por dudas religiosas, porque el escritor inglés podía ponerse muy denso cuando entraba en juego su catolicismo, una de las claves en la vida y la obra de este cirujano de la tristeza).

Él diferenciaba sus obras “de entretenimiento” de las literarias, y no sé muy bien dónde situar El americano tranquilo, una narración con aspecto de historia detectivesca que nos sitúa en la Indochina de los años cincuenta (Vietnam), justo cuando los franceses andaban de retirada de su colonia, los EE.UU. de la Guerra Fría empezaban a inmiscuirse y se barruntaba lo que pasaría unos pocos años después.

Greene mezcla sabiamente el triángulo amoroso formado por un veterano periodista inglés, un joven agente de los servicios secretos norteamericanos y una muchacha vietnamita, con los acontecimientos políticos y sociales. En muchos momentos se adivina su antiamericanismo, que se acrecentaría con la edad, y en cada página se advierte la maestría de uno de los mejores novelistas ingleses del siglo XX. Brindemos por el viejo Graham.