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Grandes para pequeños
Nunca había sido tanta la oferta de libros para niños y nunca se había visto en las librerías tal cantidad de volúmenes magníficamente editados, muchos con ilustraciones que en ocasiones justifican la compra por sí solas. Alfaguara, una de las grandes de la edición española que más cuida la literatura infantil y juvenil, acaba de lanzar una colección que, con el título de Mi primer, publicará cuentos para niños escritos por autores de máximo nivel.
Va en serio, porque abren el fuego Arturo Pérez-Reverte (quien tuvo la idea de la colección y ejerce de asesor del proyecto) y Mario Vargas Llosa. Ambos debutan en la difícil literatura infantil con El pequeño hoplita y Fonchito y la Luna, respectivamente, dos cuentos de argumentos muy diferentes e ilustrados por Fernando Vicente el primero y Marta Chicote Juiz el segundo.
El relato de Pérez-Reverte narra la historia de la batalla de las Termópilas, y su protagonista es un niño con una misión que cumplir, mientras que el autor de La Fiesta del Chivo se enfrenta al reto con la historia de un crío -Fonchito- que se enamora por primera vez y tiene que conseguir la luna por un beso de su amada compañera de clase.
La colección tiene muy buena pinta y continuará con cuentos para niños escritos por autores propuestos por Pérez-Reverte, entre ellos gente del calibre de Javier Marías, Eduardo Mendoza y Antonio Muñoz Molina.
Sólo para los (muy) fuertes
Preludio de la Navidad. Ni siquiera el más Mr. Scrooge (ahora profanado por el insufrible Jim Carrey) de los topos de estantería podría dejar de advertir dos signos inequívocos de la llegada de esta movida algo intimidante: la avalancha de libros de César Vidal (¿duerme este hombre? ¿come? ¿una tribu de oompa-loompas lo espabila cuando cae rendido sobre el ordenador?) y el desembarco masivo e irresistible de los ‘todo en uno’, esos tochos blindados en tapas duras que reúnen en un solo y gigantesco volumen obras varias de un mismo autor, relacionadas o no.
Por ejemplo, Todo Marlowe, publicado por RBA (tapas blandas, valga la excepción), que agrupa en un libro de 1.392 páginas los cuatro primeros casos de Philip Marlowe, el cínico, desencantado, sarcástico y duro detective creado por Raymond Chandler e inspirador de decenas de películas de la serie negra, como
El sueño eterno, repletas de diálogos magistrales de este estilo:
HAY QUE ECHARLE VALOR
Haz la prueba y coge uno de estos volúmenes. ¿Dónde leerlos? En el transporte público te provocarán problemas logísticos y de convivencia, y quizá una hernia. En la cama te aplastarán. Y en el baño… Sin embargo, ahí están, y tienen su público, aunque en mi caso he de decir que cada vez que he caído en la tentación de hacerme con uno de ellos ha pasado mucho más tiempo en la estantería que en mis esmirriados brazos. ¿Apología del libro electrónico? No, pero el que no se asuste ante 1.000 páginas embutidas en medio kilo de papel que levante la mano. Y además, no tolero bien el dolor.
“Desvarío laborioso y empobrecedor el de componer vastos libros”, decía el maestro Borges. No estoy de acuerdo, pero es una frase tan buena y, sobre todo, tan aplicable a muchas de las novedades que atestan las mesas y estantes de las librerías… En cualquier caso, manejables o no, uno se puede topar con verdaderas joyas que despertarían el ansia del lector más inapetente.
Como la maravillosa Trilogía de Deptford de Robertson Davies (Libros del Asteroide, 1.224 páginas), uno de esos descubrimientos que avivan el placer de leer y del que ya he hablado por aquí; los Cuentos Completos de Robert Louis Stevenson, 960 páginas editadas por Mondadori (no admito bromas con Stevenson, si no te gusta es que NO TE GUSTA LEER); o, para corazones fuertes, la Trilogía de Auschwitz, de Primo Levi (El Aleph, 656 páginas), donde el autor italiano narra con sobriedad el horror de los campos de exterminio nazis, a los que acabó sobreviviendo para suicidarse en 1987, aunque aún existen dudas sobre la causa real de su muerte.
Por supuesto, hay cabida para libros más alegres que el de Levi. Así, La historia de mi vida (dos volúmenes, 3.648 páginas, Atalanta) de Giacomo Casanova, más que un personaje real, una leyenda; historias detectivescas victorianas como las de Sherlock Homes anotado (912 páginas, Akal), que contiene los cuatros relatos largos publicados entre 1887 y 1915 por Arthur Conan Doyle e incluye más de mil notas y un buen puñado de textos críticos y explicativos de Leslie S. Klinger, una autoridad sherlockiana mundial (qué puñeteramente británico es esto); y, para terminar este repaso mastodóntico, se puede probar con el arte y la fantasía representados por los Cuentos de imaginación y misterio (440 páginas, éste no da miedo), de Edgard Allan Poe, en versión de Julio Cortázar, con hermosas ilustraciones de Harry Clarke y muy bien editados por Libros del Zorro Rojo, un nombre joven a seguir.
Me asalta una duda: ¿se atreverá Destino a publicar la Trilogía Millennium de Stieg Larsson en un solo volumen? Me salen unas 2.300 páginas… ¿Quizá con un atril motorizado de regalo?
Cine y foto
Cortázar decía que la novela es como el cine, y el cuento como una fotografía. En el caso de Antón Chéjov (1860-1904) y Jorge Luis Borges (1899-1986), los relatos breves del primero serían como esas películas lentas y en las que aparentemente no pasa nada, aunque por debajo ríos de lava amenazan con llevarse por delante a los personajes y su mundo. Justo como la Rusia prerrevolucionaria que vivió.
Los de Borges se asemejan a fotografías perfectas, inmóviles en el tiempo, siempre iguales a sí mismas. Cambia levemente la gradación de la luz y una imagen plena de sentido se convertirá en pura confusión; toca una coma y el castillo de naipes literario se vendrá abajo.
En Chéjov no hay felicidad ni armonía, y sus memorables personajes deambulan por la vida con la esperanza (consciente o no) de ser otros. En su agonía final, el narrador y dramaturgo ruso deliraba y Olga, su mujer, puso una bolsa de hielo sobre su pecho con la intención de aliviar su fiebre. Chéjov, lúcido por un momento, le preguntó: “¿Para qué poner hielo sobre un corazón vacío?”. Puedes leerlo en Antón Chéjov (Acantilado), la brevísima y hermosa biografía de Natalia Ginzburg, recomendable tanto para conocedores de Chéjov como para los que tienen la suerte no haberlo descubierto todavía, algo que podrán hacer con las excelentes ediciones de la editorial Alba, especializada en recuperar clásicos.
En Borges tampoco hay alegría de vivir. Sus frías construcciones son la elaboración de un hombre débil (solía decir que nada admiraba más que el valor físico) que encontraba en las quimeras de palabras el refugio frente a un mundo que le sobrepasaba. Leer a Borges es acomplejarse. Una frase le basta para sugerir un universo, y al acabar una de sus historias domina la sensación de la imposibilidad de mejorarla. Todo es maravilloso en el creador argentino, pero yo empezaría por El Aleph y Ficciones, dos libros de relatos que encontrarás en la impagable Alianza Editorial.
Si Borges levantara la cabeza…
… ¿Volvería a escribir La Biblioteca de Babel, el relato integrado en Ficciones? Quizá no.






