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De torres y aviones

El 11-S va inevitablemente unido en nuestras mentes a fechas como el 23-F o el 11-M en la nómina del “dónde-estabas-tú-aquel-día-y-a-aquella-hora”. En mi caso, en la clase de inglés que a la hora de comer recibíamos los empleados de Wanadoo (ahora Orange), la empresa donde trabajaba. Recuerdo a la compañera que entró en el aula y nos dijo que una avioneta se acababa de estrellar contra las Torres Gemelas…

Es evidente que aquel día empezaron a cambiar -por lo general para mal- muchas cosas en la política internacional. Como dijo el novelista británico Martin Amis, “la reacción de los EE.UU. se produjo en estado de shock, como aquellas personas que deambulan errantes por ahí después de un accidente”, y en esas seguimos, ocho años después. La todopoderosa nación, golpeada en casa por primera vez. No era Pearl Harbour, una base militar a miles de kilómetros de sus costas continentales, sino Nueva York, el símbolo del país al que dicen que se parece poco.

EL SEGUNDO AVIÓN

El novelista británico Martin Amis ha publicado desde aquel día numerosos artículos, ensayos e incluso relatos sobre aquellos acontecimientos, sus antecedentes y consecuencias, y Anagrama los reúne ahora (la pela es la pela y las efemérides hay que explotarlas) en El Segundo Avión.

Amis no suele andarse por las ramas y sus opiniones -harto discutibles y a veces exageradas- caen como bombas entre los bien pensantes. Posee tres virtudes: escribe fabulosamente, es divertido y alborota el gallinero. Si no lo conocías, puede ser una buena oportunidad para hacerlo, aunque tampoco deberías perderte Koba el Temible, donde es la tolerancia de los intelectuales occidentales ante los crímenes de Stalin la que pasa por el temible filo de su pluma, y quizá seguir luego con sus novelas o Experiencia, un libro de memorias muy particular. Por cierto, El País te da la oportunidad de bajarte uno de los relatos de este nuevo libro, para que vayas abriendo boca.

LA TORRE ELEVADA

Dicen que algunos avisaron de la inminencia de un ataque terrorista a gran escala de Al Qaeda en territorio estadounidense. El periodista y escritor Lawrence Wright no llega tan lejos, pero no se corta a la hora de afirmar que anticipó las consecuencias del 11-S cuando escribió el guión de la película Estado de Sitio (1998), que trataba de la reacción del país ante ataques terroristas de fundamentalistas islámicos en… NY. Él sabrá. Lo cierto es que después de aquel día de septiembre hemos asistido a la paranoia y el miedo, y a una guerra y torturas completamente alejadas del espíritu de los padres fundadores de los EE.UU. La reacción de un tigre enfurecido con la avispa que le pica con inusitada violencia y a la que ni siquiera ve.

Wright vivió dos años en El Cairo, conoce los países musulmanes y también traza la génesis del grupo de Bin Laden y el fundamentalismo islámico, pero su acercamiento al tema no tiene nada que ver con el de Amis. La Torre Elevada (Debate) es una crónica minuciosa de los acontecimientos, la historia de cómo un pequeño grupo de fanáticos desalmados planeaba una masacre y de cómo otro reducido grupo de hombres y mujeres trató de impedirlo, con atención especial para John O’Neill, un especialista en terrorismo islámico que tras abandonar el FBI trabajaba como jefe de seguridad del World Trade Center, donde murió aquella mañana. Ganador del Pulitzer y el Pen en la categoría de ‘No ficción’, La Torre Elevada podría ser el contrapunto perfecto a El Segundo Avión.

Kapuscinski o vivir para contarlo

Estos días es Irán. Otros, Corea del Norte. O Pakistán. O Nigeria. O incluso esos Estados Unidos de los que creemos saberlo todo, y que vistos en la lejanía y la epilepsia fragmentaria de los medios pueden llegar a parecernos tan inextricables y exóticos como las intrigas políticas bolivianas o las interminables guerras civiles de tantos países africanos.

Los acontecimientos parecen brotar como setas en el bosque para desaparecer de repente de Internet, las televisiones y los periódicos, casi como por arte de magia. Entre medias, uno asiste más o menos despistado a la evolución de la actualidad y termina con cara de portero goleado, cuando no indiferente. Ha visto, oído y leído mucho, pero no ha entendido casi nada.

ESTAR, VER, OÍR, COMPARTIR, PENSAR

Afortunadamente, existe gente capaz de aportar algo de luz al caos. Como el reportero y escritor polaco Ryszard Kapuscinsnki (1932 -2007), maestro de periodistas y testigo directo de doce guerras y veintisiete revoluciones, que sostenía que las cinco acciones que encabezan este párrafo constituían los mandamientos del genuino reportero. Amén.

Kapuscinski, al que puedes ver aquí sobre una montura poco gallarda en uno de sus múltiples viajes, será recordado por unas cuantas frases que definen su modo de entender y ejercer el periodismo: “Para escribir una página se han de haber leído cien”, aconsejaba. O: “No se puede escribir de alguien con quien no has compartido como mínimo algún momento de su vida”. O ésta otra, quizá la más citada: “Se puede ser escéptico, pero no cínico: el cinismo te aleja de la gente; los cínicos no sirven para este oficio”.

Pero, por encima de todo, lo recordaremos por los 19 libros que escribió, entre los que se cuentan títulos imprescindibles como Ébano, un estremecedor recorrido por África; El Emperador, una fascinante crónica sobre Haile Selassie de Etiopía; El Imperio, obra maestra que narra en forma de reportaje las vicisitudes de la Unión Soviética y sus gentes; o El Sha, que me ha dado pie para este post y del que que te hablo aprovechando que algo se mueve en Irán.

PISANDO EL TERRENO

Kapuscinski viajaba de verdad, a la manera de su admirado Heródoto, el historiador griego del siglo V a. C. cuya lectura le acompañó desde sus inicios y que inspiró una de sus últimas obras, Viajes con Heródoto. No se limitaba a estudiadas y dosificadas incursiones desde esas islas con aire acondicionado que son los hoteles del Tercer Mundo copiados de Occidente, sino que se internaba por su cuenta y riesgo donde no hay nadie para contarlo y, simplemente, aguzaba el oído y miraba atentamente, siempre tras un trabajo exhaustivo de documentación y estudio para que ningún lector pudiera sacarle los colores después.

El Sha o la desmesura del poder arranca en 1980, con el autor solo en la habitación de un hotel de Teherán, ordenando y dando forma a las notas, fotos y testimonios sonoros que ha ido acumulando en su larga estancia en Irán con la intención de entender la caída del Sha Mohamed Reza Pahlevi, señor absoluto de las vidas de los iraníes, títere de los EE.UU en el contexto de la Guerra Fría y la necesidad de petróleo, y barrido por la Revolución Islámica encabezada por el ayatolá Jomeini, ésa que ha dado lugar a la totalitaria teocracia que vemos hoy dividida en facciones que pugnan por hacerse con el poder con resultado incierto.

A partir de ahí, asistimos a una verdadera lección de historia inseparable del relato de los acontecimientos menudos de la calle. De la mano de Kapuscinski vamos conociendo tanto la evolución del país desde finales del siglo XIX como la peculiar idiosincrasia de los chiítas, forjada a lo largo de siglos de luchas y persecuciones; descubrimos las claves del irresistible acceso al poder de Jomeini y los intereses de las grandes potencias en la zona; asistimos a la evolución de las tortuosas relaciones entre iraníes y estadounidenses…

Y, sobre todo, leemos cómo vive los acontecimientos la gente común, cómo la afectan y qué es de sus ilusiones y sus días. Humilde, sencillo, lleno de curiosidad y ganas de conocer al otro y sus razones, Kapuscinski escribe con un estilo ameno, fluido, salpicado de humor, agudo y repleto de imágenes poderosas. Es periodismo de primera, o quizá, como muchos piensan, se trata de un género nuevo a caballo entre la crónica, el reportaje, el libro de viajes, el ensayo, la historia…

Sólo han pasado dos años y medio desde su muerte, pero me atrevo a decir que Kapuscinski va a ser un clásico, si no lo es ya. Sumérgete en las páginas de El Sha y verás como lo que pasa en Irán ya no te suena tanto a persa…

¿Dónde estabas tú el 23-F?

Quizá no eras ni un proyecto, pero yo tenía siete años y la tarde de ese lunes de 1981 jugaba al fútbol (no recuerdo si ese día me tocaba ser Stielike o Juanito) en un parque junto a la casa de mis padres, en Madrid. Empezaba a anochecer cuando mi primo Domingo, de Jaén, que hacía la mili aquí y estaba de baja (se había cortado llevando botellines de Mahou a los cabos y sargentos chusqueros), vino a recogerme. Evidentemente, algo raro pasaba. Lo había mandado a por mí mi madre, alarmada después de escuchar en la radio (en puro directo) la entrada de Tejero en el Congreso de los Diputados y la balasera posterior.

Me quedan otras dos imágenes muy nítidas de aquella ocasión. En la primera me recuerdo divertido e intrigado por la novedad, asombrado de que a la una de la mañana nuestro vecino Nicolás estuviera en casa, viendo la tele con mis padres y dando cuenta de una botella de whisky que me gusta imaginar que apuró hasta que el Rey soltó su famoso y breve discurso en pantalla. Y la segunda es ya del día siguiente, en el colegio (sí, fui, quizá porque tenía el privilegio de que se encontrara justo enfrente de mi casa), cuando entró la profesora a eso de mediodía y dijo con un tono de alivio que no se me olvidará: “Gracias a Dios, se ha acabado”.

YouTube Preview Image

Todos hemos visto las imágenes de aquello, pero si quieres un repaso audiovisual completo harías bien en pasarte por la página de RTVE con vídeos de aquel día.

ANATOMÍA DE UN INSTANTE

Es el título del libro que Javier Cercas ha publicado en Mondadori, una acertadísima mezcla de ensayo y crónica que se lee como una novela apasionante con rasgos del mejor periodismo (si Cercas fuera de Nueva York y no de un pueblo de Cáceres esta obra sería un must, como dicen los cursis más relamidos) y que parte de un instante: aquel en el que Adolfo Suárez, el general Gutiérrez Mellado y Santiago Carrillo permanecieron sentados en sus escaños (o de pie y zarandeado, en el caso del militar) mientras las balas zumbaban y el resto de diputados se agachaba en una tan poco honrosa como comprensible actuación.

Esa imagen, “hipnótica y radiante, real e irreal al mismo tiempo, minuciosamente cebada de sentido”, da pie a Cercas para un ejercicio literario con el que demuestra que mirar con atención -algo tan fácil y tan difícil- es la única clave para descubrir los sentidos que la mostrenca realidad oculta. Su lectura -a veces densa y exigente- se hace compulsiva, y el lector se ve arrastrado a un complejo puzle en el que Cercas encaja las piezas con precisión de cirujano.

En su crónica-ensayo no todo cuadra y sigue habiendo suposiciones y conjeturas (quién estuvo realmente tras el golpe, la actuación de muchos de los implicados y de personajes relevantes de la época…) sin resolver, pero lo que encaja lo hace con la máxima brillantez y cobra un sentido enorme, y a Cercas todavía le queda fuelle para reflexionar sobre las posibilidades de la narrativa para explicar el mundo. Qué tío.

Anatomía de un instante es un libro necesario, brillante, fabulosamente escrito y con una virtud principal: recupera hechos recientes (aunque parezca que ha pasado un millón de años) que muchos han olvidado o querido olvidar, y que otros tantos no conocen. Ahora que la penosa campaña para las elecciones europeas nos ha recordado qué clase política padecemos (probablemente la que nos merecemos), viene muy bien que nos recuerden que no hemos inventado la pólvora y que no somos mejores que quienes -con sus virtudes y defectos- mandaron aquí hace treinta años y, mal que bien, se las arreglaron para que pasáramos de una dictadura a una democracia sin matarnos. Que en España, no es poco.