Archive for Biografías

Alégrame el día

Conforme a la Biografía de Clint Eastwood (Lumen, 832 páginas, 25,90 euros) escrita por Patrick McGilligan, un historiador de cine norteamericano, el viejo Clint es una persona huraña y egoísta, un cobarde vengativo, un seductor sin escrúpulos que manipula y desprecia a las mujeres, un déspota soberbio y cruel con sus colaboradores, un mentiroso enamorado de su madre -según McGilligan, su edípica racanería lo lleva a exigir cada año a la Warner el pavo de Acción de Gracias que regalan a los directivos, sólo para dárselo a su muy anciana mami-, un tipo astuto y perspicaz que sabe cómo manipular a los periodistas para promocionar sus películas y que -¡admirable!- lleva muchos años sin pagar en un restaurante.

Yo le diría a Mr. McGilligan: ¿y a quién coño le importa toda esta mierda? Además de remover porquería, el autor de la biografía hace un minucioso y documentado repaso de la carrera artística del ex alcalde de Carmel (California), y deja claro que el actor de la cara de palo ha acabado convirtiéndose en un gran director de cine, pero para saber eso no hace falta leerle a él. Basta con ver las películas de Eastwood y dejar la basura a Jorge Javier Vázquez y demás traficantes de miserias y mezquindades.

Par de ases

Juan Belmonte (1892-1962) era sólo un novillero que empezaba a destacar cuando Valle-Inclán le dijo: “¡Juanito, no te falta más que morir en la plaza!”. El torero respondió: “Se hará lo que se pueda, don Ramón”. Lo cuenta Manuel Chaves Nogales (1897-1944) en Juan Belmonte, matador de toros (Libros del Asteroide), una biografía novelada, o novela biográfica; un anticipo del Nuevo Periodismo (esa mezcla de periodismo y literatura que practicaron Tom Wolfe, Norman Mailer, Hunter S. Thompson, Truman Capote…). Un libro apasionante y extraordinario que también encontrarás en Alianza Editorial.

¿Que quién era Belmonte? El Pasmo de Triana, quizá el torero más importante de la historia, el que cambió el viejo toreo (o te quitas tú o te quita el toro) y sentó las bases del nuevo (no te quitas ni te quita el toro… si sabes torear). El hombre que con Joselito El Gallo dividió España en ‘gallistas’ y ‘belmontistas’, cuando una figura del toreo era un semidiós en un país áspero y pobre que entraba dando tumbos en el siglo XX. El triunfador que empezó como un pillo de Triana que junto a otros chavales desesperados toreaba furtivamente de noche en cercados y dehesas, desnudo y asistido sólo por la luz de la Luna y una chaqueta a modo de engaño, el anciano que acabó volándose la tapa de los sesos en su finca andaluza tras pasar la tarde solo, cabalgando y apartando reses, cerrando con un acto íntimo y para siempre inexplicable una vida fascinante.

¿Y Chaves Nogales? Un periodista de talento, un reporter que viajó incansable por Europa -llegó a entrevistar a Joseph Goebbels, ministro de Propaganda de Hitler, que le pareció “grotesco e impresentable”-, un periodista de raza (”andar y contar es mi oficio”), un republicano azañista odiado por fascistas y comunistas, y que en su libro A sangre y fuego. Héroes, bestias y mártires de España (publicado en Chile en 1937) abominó de la crueldad y la estupidez que se enseñoreaban entonces de toda España, salvajismo del que culpaba a partes iguales “a la peste del comunismo y del fascismo” y al “miedo de los sectarios al hombre libre e independiente”.

Un tipo sin miedo a pensar por su cuenta, y que dejó escrito: “Yo he querido permitirme el lujo de no tener ninguna solidaridad con los asesinos: para un español quizá sea eso un lujo excesivo”. A alguien así sólo le quedaba abandonar la España sectaria que hoy vemos pacífica y democráticamente reproducida en las tertulias y la política. Así lo hizo en noviembre del 36. Exiliado en París, la Gestapo lo tenía ‘fichado’ y cuando los nazis se acercaban a París huyó a Inglaterra, después de haber mandado de vuelta a su familia a España. Murió en Londres -donde ya se abría paso como periodista- en 1944, a los 46 años.

JUAN BELMONTE, MATADOR DE TOROS

El libro fue publicado como tal a finales de 1935, apenas unos días después de que viera la luz la última de las entregas que lo componían y que, a la manera de reportaje-folletín, fueron saliendo en la revista Estampa. Triunfó de inmediato y fue rápidamente traducido al inglés, lo que luego allanaría el camino de Chaves Nogales en tierras británicas.

Biógrafo y biografiado se conocieron y conectaron, aunque Belmonte no era un tipo fácil y al autor no le gustaban los toros. A partir de sus largas conversaciones, Chaves reconstruyó la vida del torero, dándole voz a éste de modo que el relato parece salir de boca del propio matador en una suerte de autobiografía, aunque siempre se percibe la mano del periodista, que consigue un español rico, preciso, austero, alejado de la soporífera retórica y la cursilería casticista que suele plagar los textos de los taurinos.

El libro, delicioso, se “lee como una novela”, en palabras de Javier Marías, y una característica especial aumenta su mérito y lo distingue: las decenas de anécdotas y vivencias que contiene no lo lastran. Es decir, no se queda en un muestrario de historias y situaciones más o menos pintorescas, trágicas o cómicas, lo que quizá lo haría tedioso y lo asemejaría a tantos otros, sino que las trasciende para dar cuenta de una forma vivir (”se torea como se es”, decía Belmonte) y de cómo era España hace un siglo.

Habría que agradecer a Libros del Asteroide la recuperación de la obra de Chaves Nogales, dispersa y perdida a menudo por su propia naturaleza periodística. Estoy deseando leer otro de sus libros: El maestro Juan Martínez que estaba allí, la historia real de un bailarín de flamenco y su compañera, a los que sorprendió en Rusia la revolución soviética y la posterior guerra civil. Me huelo que será fascinante.

¿Eres fetichista?

Cuenta Mario Vargas Llosa en su brillante y entregado prólogo a Madame Bovary que Gustave Flaubert, tras pasar 10 o 12 horas encadenado como un galeote al escritorio, salía a pasear junto a su casa de Croisset, y recorría “una pequeña avenida sombreada de árboles, (…) donde el gigante normando rugía cada tarde -a la caza de asonancias y consonancias, de las enloquecedoras cacofonías- las frases escritas la noche anterior”.

Lo he recordado al tener noticia de que las 4.500 hojas manuscritas de Madame Bovary están ya disponibles en Internet gracias a la paciencia y afición (más que los socios del Atleti) de
unos centenares de colgados de la obra del novelista francés, que, siguiendo un proyecto de la Universidad de Rouen y la Biblioteca Municipal de la misma ciudad, han transcrito el manuscrito flaubertiano, repleto de tachaduras y correcciones, como corresponde a un escritor que presumía de andar siempre entregado a la búsqueda “de la palabra exacta”. Puedes leer aquí la noticia y, mucho mejor, sorprenderte aquí con el abrumador resultado.

UNA COSA LLEVA A LA OTRA

La puesta de largo del manuscrito del autor de La educación sentimental, para mí una obra superior a la historia de la insatisfecha adúltera pequeñoburguesa, revela la trastienda de un escritor y por eso me ha traído a la cabeza un libro por el que supe que Joseph Conrad, un terrible distraído, solía quemarse con sus propias colillas; que la refinada Isak Dinesen tuvo que renunciar joven a su vida sexual por culpa de una sífilis; que James Joyce fue un gran putero; o que -como contaba Madame Du Deffand-, la mariscala de Luxembourg, una noble francesa del XVIII, exclamó tras ojear la Biblia: “¡Qué tono, qué tono horroroso! ¡Ah, qué lástima que el Espíritu Santo tuviera tan poco gusto!”.

Me refiero a Vidas escritas, de Javier Marías, un retrato de algunos de sus escritores favoritos (aunque a algunos los pone finos), un repaso de anécdotas -por lo general poco conocidas- de sus vidas que muestran que muchos de los mejores creadores de la literatura mundial eran desastrosos individuos (¿sabías que Oscar Wilde tenía la costumbre de pellizcarse y tirarse levemente de la papada cuando hablaba o que Djuna Barnes, ya en su vejez, se horrorizaba tanto ante las barbas que obligó a un futuro visitante a que se afeitara antes de ir a visitarla?).

Vidas escritas es para fetichistas literarios que quieran saberlo todo de los escritores que admiran (aman). Y es mucho más divertido que la vida de Paquirrín.