Archive for Diciembre, 2009
No tires de la manta
¿Cuál es la tercera actividad más placentera que se puede hacer bajo una manta? Leer. Obviadas aquí las dos primeras, podría defenderse que cuando aprieta el frío hay pocos planes mejores que levantarse, desayunar como un cura decimonónico y, una vez satisfecho, mirar por la ventana con desdén y un punto de melancolía para luego volverse a la cama a arrebujarse bajo el edredón nórdico o noruego o como se llame (los únicos que aún usan mantas son los pobres y los que sacan a los futbolistas del campo en camilla), en compañía de un buen libro. Como alguno de estos, quizá:
PARA LEER AL ANOCHECER. HISTORIAS DE FANTASMAS
Charles Dickens. Impedimenta. 240 págs. 19 €
Dickens nunca falla. Y menos en invierno. Trece historias de fantasmas para disfrutar del arte de la narración en su estado más puro, aunque siempre me quedaré con su ópera prima, para muchos su obra maestra, la deliciosa Los papeles póstumos del Club Pickwick.
TRES VIDAS DE SANTOS
Eduardo Mendoza. Seix Barral. 192 págs. 16,50 €
Otro valor seguro -al menos en las listas de los más vendidos- que regresa con tres relatos que combinan las armas tradicionales de Mendoza: parodia, ironía y sentido del humor (el escudo de los melancólicos) empleados para decir cosas en el fondo muy serias.
AÑOS DE GUERRA
Vasili Grossman. Galaxia Gutenberg. 632 págs. 22 €
No me canso de recomendar a este autor desde que leí la monumental Vida y destino. Aquí se reúnen novelas y relatos -El pueblo es inmortal o El viejo profesor-, además de las crónicas periodísticas de Grossman sobre el frente de Stalingrado o la batalla de Berlín. Es la primera vez que se publican íntegros en español sus textos de la guerra, y cabe una mención especial para El infierno de Treblinka, el primer testimonio sobre el Holocausto, utilizado en el Tribunal de Nuremberg.
JOHN LENNON
Philip Norman. Anagrama. 840 págs. 34 €
Yo confieso. Lennon me ha caído siempre fatal y cuando escucho Imagine -si es en la televisiva versión de Gurruchaga, Ana Belén and friends, peor- me entran ganas de invadir Polonia (la canción es preciosa, lo admito). Manías al margen, esta biografía tiene buena pinta, y los anglosajones son maestros en este género tan poco trabajado aquí (¿cuántas biografías decentes de españoles importantes conoces?).
EL MUSEO DE LA INOCENCIA
Orhan Pamuk. Mondadori. 656 págs. 23,90 €
Una historia de amor y también de Estambul desde 1975 hasta nuestros días, lo que quiere decir una historia del mundo que baila en el alambre de oriente y occidente. Pamuk, Nobel de Literatura en 2006, prueba (me vienen a la cabeza Amos Oz o J. M. Coetzee) que mucha de la literatura más interesante de hoy viene de esos países situados al borde de dos mundos (Turquía, Israel, Sudáfrica…).
LA NOCHE DE LOS TIEMPOS
Antonio Muñoz Molina. Seix Barral. 960 págs. 24,90 €
Creo en mi madre. Y como crítica literaria, también. A ella le ha gustado esta voluminosa novela sobre la guerra civil y el exilio. Aún se pueden decir cosas del tema sin repetirse, y hay tantos españoles que no tenemos ni idea de lo que pasó… Me gustan los artículos de Muñoz Molina y me encantó Ventanas de Manhattan, su libro sobre sus años en NY. Y me gusta también que no vaya de cínico, que no intente epatar y parecer que anda de vuelta de todo (cuando no se ha ido a ningún sitio) y que escriba de cosas interesantes (y muy bien, por cierto). Aunque lo de publicarlo en la colección Biblioteca Breve será una broma…
VIAJE EXTRAORDINARIO AL CENTRO DEL CEREBRO
Jean-Didier Vincent. Anagrama. 464 págs. 23 €
Tanto buscar fuera y tanta vuelta y luego lo más interesante -y desconocido- que existe lo llevamos dentro de la cabeza. Una divertida guía sobre la sesera, profusamente ilustrada, inteligente y muy alejada de la paja (mental). Brillante.
Y para rematar, un videoclip invernal. Tendrás que ir a YouTube para verlo, pero como me gusta y ya has leído el post…
Alfabetización rap
Quizá conozcas a El Langui, de La Excepción, los raperos de Pan Bendito (Madrid).
Si no es por el rap, puede ser que te suene por el Goya al mejor actor revelación que ganó este año por su papel en El Truco del Manco.
El caso es que hoy he recordado el libro que Juan Manuel Montilla Langui publicó este otoño, 16 escalones antes de irme a la cama, donde habla de 16 aspectos fundamentales de su vida, que relaciona simbólicamente con los 16 escalones que debe subir con notable esfuerzo (es minusválido) cada día para llegar a su casa.
¿Por qué me ha venido toda esta milonga a la cabeza? El responsable es mi sobrino David, de 13 años y rapero. David firma sus rimas (y ‘grafitea’ paredes, como lo coja se va a enterar) con el nombre de guerra de Sokey. Me ha enseñado un par de letras que ha empezado a escribir en clase de inglés -mal, chaval, mal-, y he flipado al leer “precepto”. Me ha explicado que busca en el diccionario palabras que rimen y ha encontrado ésa, que desconocía. Sí, la alfabetización rap existe. Aquí van los esbozos de Sokey, que me ha dado su permiso. Hasta espartanos hay… Tiene flow, ¿no?
Y con la gorra de lao puesta,
subo cualquier cuesta,
salto cualquier muro, grande,
si pienso en ti mi mente se expande,
R-A-P concepto,
no acepto ningún precepto,
hip-hop, mi vida,
te escucho en mi iPod y todo se olvida.
Porque la vida es dura,
yo nunca me metería a cura
porque tengo una mentalidad oscura
y por eso siempre juego mi mejor carta,
como hacían los guerreros en Esparta,
es lo que hay, yo tengo el poder de un micro,
también tengo el poder de un spray
Autoayuda
¿Te esperabas un libro de tapas pastel o una basurilla con un almendro en flor en la portada? ¡Ja! Aquí nos va el rollo estoico, y a lo fino.
“Al amanecer, dite a ti mismo: me voy a tropezar con un indiscreto, un desagradecido, un insolente, un envidioso, un insociable. Todo esto les sucede por su ignorancia del bien y el mal. Pero yo que he visto la naturaleza del bien, que es lo bello, y la del mal, que es lo vergonzoso, y la del mismo que comete la falta, que es de mi género, partícipe no de la misma sangre o semilla, sino de la mente y de una partícula divina, no puedo sufrir por obra de ninguno de ellos, pues ninguno me cubrirá de vergüenza; y no me puedo enfadar con un pariente ni odiarlo, porque hemos nacido para una tarea común, como los pies, como las manos, como los párpados, como las hileras de dientes superiores e inferiores. De modo que obrar unos contra los otros va contra la naturaleza y es obrar negativamente enojarse y volverse de espaldas.”
Meditaciones (Libro II, 1), Marco Aurelio (emperador romano, 121 - 180 d. C)
Numerati
Si la bestia negra del libro de papel es -puede, veremos- el lector de libros electrónicos, ¿por qué no iba a resultar el trasto de la foto la némesis de los Kindle, Sony Reader, Nook y demás?
Leo en El País que en los EE.UU hay muchas personas que prefieren disfrutar de sus libros digitales en dispositivos versátiles como el iPhone u otros teléfonos inteligentes, que también les sirven para llamar, navegar por Internet, escuchar música, ver vídeos, jugar… Los lectores de libros electrónicos apenas valen para una cosa, y en el mundo de convergencia tecnológica en el que nos adentramos eso es una condena. ¿Morirán los e-readers antes de llegar a la adolescencia?
LO SABEN TODO DE TI
¿Quiénes? Los Numerati. ¿Otra basura de Dan Brown? No, el término inventado por el periodista norteamericano Stephen Baker, que con el olfato mercadotécnico que distingue a los yanquis ha bautizado así a las personas especializadas en analizar nuestros crecientes rastros digitales (clics, pagos con tarjeta de crédito, llamadas con el móvil…) y servírselos en bandeja a empresas, gobiernos, partidos políticos…
De esta gente -matemáticos, en su mayoría- y su creciente influencia en nuestras vidas habla Baker en Numerati (Seix Barral), un libro interesante, con la gran virtud de suscitar numerosas preguntas y escrito con un estilo periodístico muy anglosajón, lo que se aprecia a pesar de la pésima traducción, hecha en México si no me equivoco, espesa y plagada de errores y giros idiomáticos que desconcertarán al lector español.
¿El fin de la privacidad? ¿La pesadilla de un mundo permanentemente vigilado? ¿El lado oscuro de la revolución digital? Imagina cuánto puede decir de ti que quede registrado hasta el último libro electrónico que compres. Ya no podrás ocultar que has pagado por todas las novelas de Lucía Extebarría.
Nos vamos por el desagüe
A veces no está uno para nada. Me encontraba yo el otro día sentado en una de las salas del Museo Thyssen, fané y descangayado en medio de una exposición llamada Lágrimas de Eros en la que me había aburrido soberanamente (por suerte y por motivos que no vienen al caso, no había pagado entrada, así que no contribuí a financiar los pleitos de la baronesa y su hijo el seudoculturista), cuando un lúgubre pensamiento acudió a mi mente de sopetón: “Nos vamos por el desagüe”.
Ni siquiera una pieza de videoarte en la que un chino (¿o japonés?) mostraba un micropene que me reconciliaba con el mío levantó (ja, je, ji, jo, ju) mi moral. “Nos vamos por el desagüe”. Indefectiblemente. Inexorablemente. Irremediablemente. Impepinablemente. Somos los ríos que van a dar a la mar y todo eso.
EL DESIERTO DE LOS TÁRTAROS
Creo que mi pesada digestión tenía algo que ver, pero prefiero atribuir mi sombría melancolía a la lectura de El desierto de los tártaros, publicada en 1940 por Dino Buzzati (1906 - 1972), una breve novela sobre un militar destinado a una fortaleza fronteriza, monótona, polvorienta y absurda como una tarde de domingo, donde consume su vida en la espera de que lo saque del marasmo la invasión de los imaginarios tártaros del norte y la consiguiente guerra. En vano.
En la narración no pasa nada, y Buzzati se las arregla para crear un ambiente opresivo, angustioso y con un elemento dominante: el tiempo que se escurre entre los dedos, enterrando esperanzas y deseos y convirtiendo los días en los peldaños idénticos de una escalera de que no lleva a ninguna parte. Huele a Kafka, aunque es uno de esos libros que actúan como un reactivo y te incitan a aprovechar más la vida, a diferencia de los del autor de El Proceso, que te aplastan, sin más.
El final reserva a Giovanni Drogo -que así se llama el protagonista- una última y amarga vuelta de tuerca que lo deja a uno para el arrastre, sensación acentuada estos días por las manadas humanas que abarrotan las calles yendo a no sé dónde para comprar no sé qué. Será que no saben que se van por el desagüe. O quizá sea que lo saben demasiado bien.
Misantropía británica
¿Conoces a Philip Larkin (1922-1985)? Pues deberías, aunque no aconsejo leer a este poeta inglés a quien ande bajo de ánimo… Pero sí a quien sufra recurrentes ataques de misantropía.
VENTANAS ALTAS
Cuando veo a una pareja de jóvenes
y adivino que él se la tira y que ella
usa un dispositivo o toma pastillas,
sé que ése es el paraíso
que todo viejo ha soñado a lo largo de su vida.
Gesticulaciones y ataduras dejadas a un lado
como una anticuada segadora,
y cada joven deslizándose por una larga pendiente,
hacia la felicidad. Dudo que si alguien
me hubiese visto hace cuarenta años
hubiera pensado: esto debe ser la vida;
ya no hay Dios, ni exudaciones en la oscuridad
por el infierno y todo eso, o la necesidad de ocultar
lo que piensas sobre el cura. Él y los suyos
se deslizarán por la pendiente como libres
pájaros miserables. Y de inmediato, aun sin palabras,
llega el pensamiento de las ventanas altas:
el sol retenido en los vidrios, y más allá
el aire profundo y azul, que nada muestra
y que no tiene término ni lugar.
DINERO
Es así: periódicamente el dinero me reprocha
por qué lo dejo aquí sin utilizar.
“Soy lo que nunca tuviste, el sexo y las cosas buenas.
Tú puedes conseguirlas firmando unos cuantos cheques”.
Entonces miro qué hacen los demás con el suyo:
seguramente no lo dejan debajo del colchón.
Ellos ya tienen una casa en la playa, un coche y una mujer:
está claro que el dinero alguna relación guarda con la vida
-en efecto, tienen mucho que ver si lo averiguas:
no puedes postergar la juventud hasta que te jubiles
y por más que deposites tu sueldo, al final
tus ahorros apenas te permitirán pagar una afeitada.
Escucho el canto del dinero. Es como mirar
desde lo alto de un ventanal una ciudad de provincia,
sus barrios, el canal, las iglesias adornadas y locas
bajo el sol de la tarde. Es intensamente triste.
Sólo para los (muy) fuertes
Preludio de la Navidad. Ni siquiera el más Mr. Scrooge (ahora profanado por el insufrible Jim Carrey) de los topos de estantería podría dejar de advertir dos signos inequívocos de la llegada de esta movida algo intimidante: la avalancha de libros de César Vidal (¿duerme este hombre? ¿come? ¿una tribu de oompa-loompas lo espabila cuando cae rendido sobre el ordenador?) y el desembarco masivo e irresistible de los ‘todo en uno’, esos tochos blindados en tapas duras que reúnen en un solo y gigantesco volumen obras varias de un mismo autor, relacionadas o no.
Por ejemplo, Todo Marlowe, publicado por RBA (tapas blandas, valga la excepción), que agrupa en un libro de 1.392 páginas los cuatro primeros casos de Philip Marlowe, el cínico, desencantado, sarcástico y duro detective creado por Raymond Chandler e inspirador de decenas de películas de la serie negra, como
El sueño eterno, repletas de diálogos magistrales de este estilo:
HAY QUE ECHARLE VALOR
Haz la prueba y coge uno de estos volúmenes. ¿Dónde leerlos? En el transporte público te provocarán problemas logísticos y de convivencia, y quizá una hernia. En la cama te aplastarán. Y en el baño… Sin embargo, ahí están, y tienen su público, aunque en mi caso he de decir que cada vez que he caído en la tentación de hacerme con uno de ellos ha pasado mucho más tiempo en la estantería que en mis esmirriados brazos. ¿Apología del libro electrónico? No, pero el que no se asuste ante 1.000 páginas embutidas en medio kilo de papel que levante la mano. Y además, no tolero bien el dolor.
“Desvarío laborioso y empobrecedor el de componer vastos libros”, decía el maestro Borges. No estoy de acuerdo, pero es una frase tan buena y, sobre todo, tan aplicable a muchas de las novedades que atestan las mesas y estantes de las librerías… En cualquier caso, manejables o no, uno se puede topar con verdaderas joyas que despertarían el ansia del lector más inapetente.
Como la maravillosa Trilogía de Deptford de Robertson Davies (Libros del Asteroide, 1.224 páginas), uno de esos descubrimientos que avivan el placer de leer y del que ya he hablado por aquí; los Cuentos Completos de Robert Louis Stevenson, 960 páginas editadas por Mondadori (no admito bromas con Stevenson, si no te gusta es que NO TE GUSTA LEER); o, para corazones fuertes, la Trilogía de Auschwitz, de Primo Levi (El Aleph, 656 páginas), donde el autor italiano narra con sobriedad el horror de los campos de exterminio nazis, a los que acabó sobreviviendo para suicidarse en 1987, aunque aún existen dudas sobre la causa real de su muerte.
Por supuesto, hay cabida para libros más alegres que el de Levi. Así, La historia de mi vida (dos volúmenes, 3.648 páginas, Atalanta) de Giacomo Casanova, más que un personaje real, una leyenda; historias detectivescas victorianas como las de Sherlock Homes anotado (912 páginas, Akal), que contiene los cuatros relatos largos publicados entre 1887 y 1915 por Arthur Conan Doyle e incluye más de mil notas y un buen puñado de textos críticos y explicativos de Leslie S. Klinger, una autoridad sherlockiana mundial (qué puñeteramente británico es esto); y, para terminar este repaso mastodóntico, se puede probar con el arte y la fantasía representados por los Cuentos de imaginación y misterio (440 páginas, éste no da miedo), de Edgard Allan Poe, en versión de Julio Cortázar, con hermosas ilustraciones de Harry Clarke y muy bien editados por Libros del Zorro Rojo, un nombre joven a seguir.
Me asalta una duda: ¿se atreverá Destino a publicar la Trilogía Millennium de Stieg Larsson en un solo volumen? Me salen unas 2.300 páginas… ¿Quizá con un atril motorizado de regalo?









