Archive for Noviembre, 2009
Lello e Irmão
Si disfrutas parando el tiempo en las buenas librerías y vas a Oporto, decrépita, hermosa, donde los bares no apestan a tabaco -no fumo y estoy harto de heder a Ducados Fortuna Marlboro y demás mierda tenía que decirlo ha sido llegar a España pasar un rato en un bar y salir oliendo como el culo de un cabrero-, ni la gente grita como si la fueran a sacrificar, no dejes de visitar uno de los más bellos comercios de libros que he conocido: Lello e Irmão, establecimiento abierto en 1906.
La foto mala de la fachada es de mi móvil, el resto las he encontrado por ahí cual pirata somalí. También puedes pinchar aquí y verla de una forma diferente. O aquí.
Por mano propia
¿Qué tienen en común Sócrates y Virginia Woolf, Kurt Cobain y Hitler, Mishima y Van Gogh? El suicidio, el asunto más importante para Albert Camus, que publicó un ensayo (El mito de Sísifo), encabezado por esta frase: “No hay sino un problema filosófico realmente serio: el suicidio”.
Podría -supongo que existe ya- escribirse un gran libro con las notas, cartas, excusas y razones dejadas por los suicidas antes de pegar el Gran Salto por razones diversas. Ocuparía un lugar de honor el mensaje que el novelista italiano Emilio Salgari dejó a sus editores antes de darse matarile a orillas del Po (siguiendo, por cierto, una arraigada tradición familiar).
“A mis editores: A vosotros, que os habéis enriquecido con mi piel, manteniéndome a mí y a mi familia en una continua semi miseria o aún peor, sólo os pido que en compensación por las ganancias que os he proporcionado, os ocupéis de los gastos de mis funerales. Os saludo rompiendo la pluma. Emilio Salgari.”
SUICIDIOS EJEMPLARES
No planeo tirarme por el viaducto madrileño -está difícil con esa mampara anti muerto inminente que le pusieron hace años-, es que he empezado a leer Suicidios ejemplares, un libro de relatos de Enrique Vila-Matas (ya le tenía ganas), una colección de historias teñidas por “las nobles opciones de muerte que existen”. La cosa promete, y uno de los cuentos viene precedido por la siguiente cita de Séneca, otro ilustre suicida que se fue cortándose las venas al estilo romano, extraída de sus Epístolas morales a Lucilio.
“La cosa mejor que ha hecho la ley eterna es que, habiéndonos dado una sola entrada a la vida, nos ha procurado miles de salidas.”
Me voy unos días de vacaciones, y espero que todo el mundo siga ahí a mi vuelta. Vale.
La nueva de Auster
Hay escritores, músicos y cineastas que alcanzan ese estatus -basado en criterios comerciales, estéticos o en ambos- que permite referirse a cualquiera de sus útimas creaciones como “la nueva de…”, sin más explicaciones. Ahí vive desde hace años Paul Auster, un novelista que me enganchó hace tiempo y que últimamente me ha defraudado. ¿Habrá bajado de nivel, se repite, he cambiado o soy un esnob que repudia automáticamente lo que alcanza el éxito masivo?
Sea como fuere, Auster no ha perdido el don de la narración, y yo no he perdido las ganas de leer sus historias, con la esperanza de recuperar viejos placeres. La nueva de Auster se llama Invisible, la publica (como siempre) Anagrama el próximo 1 de diciembre, y El País nos brinda la posibilidad de leer su primer capítulo.
Yo ya me lo he bajado y pienso devorarlo.
ACTUALIZACIÓN: Como decía un tipo que conocí y se parecía preocupantemente al protagonista de Alta fidelidad: “Lo tiene”. Sí, después de leer este primer capítulo hay que admitir que Auster “lo tiene”. No sé cómo será el resto del relato, pero estas primeras páginas poseen el inconfundible sabor austeriano y me recuerdan a El Palacio de la Luna, uno de mis libros favoritos del escritor de Newark (Nueva Jersey). Hace poco un lector de paladar muy fino me dijo que Auster era una “hamburguesa literaria”. Me encantan las hamburguesas, y cuando vuelva a Nueva York (escenario predilecto de las ficciones del amigo Paul) me apretaré una descomunal y mesopotámica en el maravilloso Katz’s Deli, el local con el mejor reclamo del mundo: “Send a salami to your boy in the army!”
El rival de Prometeo
Si no eres un estilita en el desierto o un amish (en ese caso, ¿qué haces leyendo esto?) recordarás a J. F. Sebastian, el genial ingeniero genético -solitario y atormentado por la enfermedad- que trabajaba para Tyrell Corporation, la entidad creadora de replicantes. Sebastian vivía rodeado de los autómatas e inquietantes juguetes que él mismo fabricaba. ¿Que dónde estamos? Blade Runner, por supuesto.
El interés de la humanidad por los seres artificiales no nace con la ciencia ficción moderna. Viene de muy lejos. El hombre interroga a Dios y no obtiene respuesta; se pregunta a sí mismo y sólo encuentra confusión. Resulta comprensible que busque en los androides -su creación y su reflejo, además de perturbadoras presencias- la metáfora viviente que le proporcione alguna explicación a su presencia en este mundo.
Pero basta de filosofía adolescente. El rival de Prometeo (Vidas de autómatas ilustres) es un volumen excelentemente editado por Impedimenta (sólo hojear sus páginas e ilustraciones es ya un placer) que reúne dieciséis textos de diferentes épocas y pelaje sobre autómatas, androides, robots, máquinas pensantes…
Con edición de Sonia Bueno y Marta Peirano, el libro responde a un plan bien trazado. Se divide en cuatro partes (Las máquinas filosóficas, El turco, Las máquinas fatales y A mí me hizo J. F. Sebastian) que ilustran la evolución en el tiempo de ‘los rivales de Prometeo’.
Hay cabida para todo. Desde extractos del Tratado del Hombre de Descartes a la Relación sobre el mecanismo de un autómata, de Jacques de Vaucanson, inventor del Pato con Aparato Digestivo, un artefacto de cobre que hacía sus ‘necesidades’ en una palangana de plata; de un breve texto de la Tesis sobre la filosofía de la historia de Walter Benjamin a un pequeño ensayo de Sigmund Freud o fragmentos de la Metrópolis de Thea von Harbou, versión novelada del guión de la película, que escribió junto a Fritz Lang, su marido y director del clásico de la distopía.
Y cómo no, ocupa su espacio ‘el Turco’ de Von Kempelen, el famosísimo autómata jugador de ajedrez que se atrevió a derrotar a brillantes hombres como Benjamin Franklin o Napoleón sobre el tablero (el libro reproduce la partida contra el corso, jugada en un castillo austriaco en 1809), y que inspiró los relatos de Edgar Allan Poe y Ambrose Bierce incluidos en la obra. Había truco, claro…
Iniciado como fui en la ciencia ficción por Isaac Asimov, es en la cuarta parte de El Rival de Prometeo donde de verdad me siento en territorio conocido, sobre todo al llegar a Las Tres Leyes de la Robótica, enunciadas por primera vez por el autor de Fundación en Círculo vicioso, un relato publicado en 1942 en la revista Astounding Science Fiction, y que formaría parte después del célebre Yo, robot (1950).
¿Las recuerdas?
1. Un robot no debe dañar a un ser humano o, por su inacción, dejar que un ser humano sufra daño.
2. Un robot debe obedecer las leyes que le son dadas por un ser humano, excepto si estas órdenes entran en conflicto con la Primera Ley.
3. Un robot debe proteger su propia existencia, hasta donde esta protección no entre en conflicto con la Primera o la Segunda Ley.
Esta lectura deliciosa, variada y estimulante se cierra con La singularidad, un estudio presentado por el científico y escritor Vernon Vinge en un congreso organizado por la NASA en 1993. Para Vinge, una Singularidad es “… el punto en el que nuestros viejos modelos quedan descartados y comienza a regir una nueva realidad.” Según él, “en los próximos treinta años conseguiremos los medios tecnológicos para crear una inteligencia sobrehumana. Poco después, la era humana habrá concluido.”
¿Treinta años? Esto fue escrito hace dieciséis. ¿Echas la cuenta?
Que viene, que viene…
El libro electrónico representa ya el 8% de la producción editorial en España, según datos del Ministerio de Cultura, que está elaborando un informe sobre este nuevo gadget y sus implicaciones. Este trabajo, elaborado por expertos del sector público y privado, verá la luz el 14 de enero, justo tras una campaña navideña que quizá suponga un empujón comercial a estos dispositivos. Más, en El País.
No hay que ser muy despierto para relacionar el no muy rápido -por el momento- pero seguro crecimiento de los e-books con el paulatino descenso de ingresos de las discográficas -como puedes leer en El Catalejo de Sergio Rodríguez-, a las que el cambio de modelo de negocio, o más bien de paradigma, está dejando con el culo al aire del que inventen otros y llame usted mañana, aunque en el sector editorial hay quien está preparado.
¿Despertarán las editoriales ‘tradicionales’ o más dura será la caída? ¿Y Ramoncín, qué pensará de esto?
Pasar las de Caín
No ando sobrado de rollo bíblico: apenas recuerdo la catequesis previa a la primera comunión, ni tampoco las lecturas infantiles de libros con mucha viñeta, aunque sí una historia gore: la de unos niños (siete hermanos, creo) que alguien echaba a una caldera para asarlos por vaya usted a saber qué y se salvaban por una de esas movidas que montaba el crudelísimo Yavé con ángeles trompeteros, querubines, serafines, potencias celestiales y la madre que los parió. O yo qué sé. Y por supuesto, no me olvido de Los Diez Mandamientos, puro cartón piedra en tecnicolor con Cecil B. DeMille al mando.
Pero sí conozco lo suficiente de la Biblia para leer la última novela de José Saramago sin tener la sensación de sumergirme en una historia de ciencia ficción interplanetaria. Caín es una fábula de lectura fácil para los estándares de Saramago -que ya tocó las Escrituras en la impresionante El Evangelio según Jesucristo- pero de estilo inconfundible para quien conozca las maneras del escritor portugués, con esas vueltas y revueltas que conducen la historia y la ironía como andamio de todo el tinglado.
Quizá sea una obra menor en la producción de Saramago, pero se lee con agrado, no le faltan páginas brillantes y parte de una premisa original: emprender un heterodoxo recorrido por conocidos pasajes bíblicos -la expulsión del Jardín del Edén, el diluvio universal, Sodoma y Gomorra…- de la mano de Caín, el primer gran perdedor de la historia. Además, con esas tapas amarillas conseguirás lo increíble: que te miren las chicas en el metro.
No soy creyente, y veo las historias del Antiguo Testamento, escritas hace miles de años en desiertos y pedregales, como respuestas a los miedos de un pueblo que necesitaba un Dios justiciero, implacable, incomprensible y criminal que justificara su lucha sin cuartel por la supervivencia. Pero no ignoro la belleza y sabiduría que también hay en la Biblia, y sé que nuestra civilización y nuestra cultura resultan incomprensibles sin ella, para bien y para mal. ¿Cuánta gente menor de cierta edad ve un cuadro de tema bíblico en el Prado y puede saber de qué va sin leer el cartelito informativo? Ah, qué gran viejo gruñón seré…
Como no estamos en los EE.UU, donde hay una Holy Bible en muchas habitaciones de moteles y hoteles (da un poco de miedo…), algunos podrían leer Caín casi a modo de iniciación, y quizá Los mitos hebreos (Alianza Editorial), donde Robert Graves y Raphael Patai investigan los elementos mitológicos presentes en el Génesis y los relacionan con los de otras tradiciones, aportando claridad al embrollo.
Aunque ya puestos, mejor ir directamente a la Biblia y echarle un vistazo de vez en cuando. Encontrarás sexo, violencia, amor y relatos fantásticos, y quizá hasta la misma Salvación que libró a George Bush el Pequeño de las garras del alcohol y la farlopa. Alabado sea el Señor.
Empatía
Husmeaba hace unos días por la Casa del Libro cuando me llevé una sorpresa al toparme con una nueva edición de Las Cruzadas vistas por los árabes (Alianza Editorial), de Amin Maalouf, el escritor y periodista libanés, bastante conocido en España por el éxito de sus novelas históricas (León el Africano, Samarcanda, Los Jardines de Luz…), también publicadas por Alianza y muy recomendables.
Es un libro que leí en los viejos tiempos de la Facultad, cuando no darle un palo al agua me dejaba horas y horas para desasnarme. Tengo un buen recuerdo de este relato que cuenta la historia de las Cruzadas a partir -casi exclusivamente- de los testimonios de cronistas árabes de aquella época entre 1099 -fecha de la caída de Jerusalén en manos cristianas- a 1291, cuando el sultán Jalil tomó Acre y puso fin a dos siglos de presencia de los francos (o frany) en Oriente Próximo.
LAS ENEMISTADES PELIGROSAS
La victoria musulmana fue un espejismo. El mundo había girado y su centro se había desplazado ya hacia occidente, un proceso que ha continuado durante siglos, y que sólo ahora parece empezar a revertirse con el surgimiento de nuevas potencias (China, la India…), aunque sus fórmulas para el éxito no dejan de ser una adaptación más o menos peculiar de las recetas económicas, ideológicas y políticas occidentales.
La obra de Maalouf tiene -al margen de sus virtudes narrativas y la mucha información y datos sorprendentes y curiosos que contiene- el mérito de abrirnos los ojos al semidesconocido mundo de los árabes medievales y su visión de los invasores cristianos. Las cosas eran muy distintas entonces, como prueban estas palabras de Saladino (1138-1193), el kurdo que fue sultán de Egipto y Siria, líder musulmán y reconquistador de Jerusalén: “¡Mirad a los frany! Ved con qué encarnizamiento se baten por su religión, mientras que nosotros, los musulmanes, no mostramos ningún ardor por hacer la guerra santa”.
Las Cruzadas, llamadas guerras o invasiones francas en el campo musulmán, fueron un complejo y agitado proceso de dos siglos con avances y repliegues, años para la guerra y años para la paz, y dieron forma a una rivalidad secular que pervive y condiciona aún las relaciones entre el derrotado (dejémonos de corrección política) mundo musulmán y el occidente (abro comillas) cristiano (cierro comillas).
Esa dicotomía no puede llevar a nada bueno, y por eso me parece aconsejable leer la crónica de Maalouf e interpretarla como una iniciación a la empatía, esa rara, humilde y poco practicada virtud que todos necesitaremos a espuertas en el futuro.
Conozco a un poeta
Y se llama Pepe Ramos.
“Me acuerdo de ti;
me cago en tus muertos…”
Roberto Iniesta
AUSENCIA DE TI Nº 15
Que se te muera el perro.
Que te deje de hablar la peña
y que tu hermana
vuelva a la secta.
Que te despidan.
Que te escriban puta en el coche,
que tu madre se haga ludópata,
que te fallen los frenos y la píldora,
que tengas resaca siempre
y que no me olvides nunca.
Drogaína
Mis experiencias con las sustancias estimulantes, deprimentes, narcóticas o alucinógenas se reducen al alcohol, y eso me convierte en un tío sanísimo, cuando no en un bicho raro y aburrido, al menos en ciertos ambientes. Una de las pocas cosas que tengo claras en esta vida es que no pienso meterme mierda de procedencia desconocida en un asqueroso váter de bar. Si algún día pruebo las drogas será en un chateau de la campiña francesa, vestido con un batín de seda (llevaré calzoncillos, calma) y rodeado de expertos conocedores en la materia que me guíen en el viaje.
Dicho esto, he de agradecer a El Ángel Exterminador que me haya prestado Miedo y asco en Las Vegas, el libro más conocido de Hunter S. Thompson (1937 - 2005), el reportero americano al que se atribuye la invención del Periodismo Gonzo, una especie de subgénero del Nuevo Periodismo de los Wolfe, Capote, Mailer y compañía. ¿Que de qué va eso del periodismo gonzo? Me da que ni el propio Thompson lo sabía, pero en la Wikipedia (ese “error en equipo”, según Andrés Neumann) se lee esto.
VIAJE ALUCINANTE AL SUEÑO AMERICANO
Lo he pasado muy bien con este delirante descenso a los infiernos de dos tíos puestos de todo tipo de drogas (mescalina, LSD, ácido, cocaína, éter, pirulas varias…) en un lugar que presumo tan alucinado como una psicosis anfetamínica: Las Vegas, ese gigantesco y absurdo casino en mitad del desierto.
Thompson entró en la capital del juego con un arsenal de sustancias prohibidas y se paseó por allí sin otro irónico objetivo que alcanzar lo que él llamaba el Sueño Americano. No halló ni rastro de él, claro, pero por el camino nos dejó una descripción hilarante -y muy brillante en ocasiones- de los diversos estados mentales (paranoias, alucinaciones, crisis nerviosas) y situaciones absurdas provocados por lo que él y su compañero se iban metiendo, y también una visión (el libro fue publicado en 1971) de lo que fueron los sesenta en los EE.UU., cuando empezaron a pegar las drogas.
Poco periodismo veo en Miedo y asco en Las Vegas, y sí literatura rabiosamente subjetiva y muy recomendable. Por cierto, me alegro de haberlo leído ya mayorcito. Me ha permitido distanciarme y disfrutarlo con la ironía que quizá no posea un adolescente, propenso a quedarse fascinado con este tour de force drogota, del que hay versión cinematográfica (con Terry Gilliam dirigiendo a Johnny Depp y Benicio Del Toro) y que me ha recordado otra obra relacionada con las drogas y sus efectos, que leí hace años y de la que hablaré después de este vídeo cortesía de YouTube.
LA FASCINACIÓN DEL OPIO
Si no hay enfermedades sino enfermos, quizá no haya drogas sino drogadictos. Las Confesiones de un inglés comedor de opio (¡titulazo!) constituyen una aproximación al mundo de la intoxicación y las adicciones completamente diferente a la de Hunter S. Thompson. Es obra de Thomas de Quincey (1785 - 1859), un diminuto, cortés y bohemio erudito británico que cayó en las garras del opio para remediar sus dolores físicos y espirituales.
Estas confesiones, “la crónica de un periodo extraordinario de mi vida”, en palabras del autor, son una suerte de autobiografía en la que ocupa un lugar importante el opio, que De Quincey comenzó a tomar en 1804 por las razones antes citadas, y del que ya nunca podría librarse. En el texto (publicado originalmente en 1821 en la revista London Magazine), esta sustancia aparece como una odiosa maldición, pero también como un medio para provocar fascinantes y tortuosas fantasías oníricas -casi siempre repletas de imaginería oriental, a menudo china, porque el opio se asociaba en occidente con esa parte del mundo-, descritas con una prosa muy elaborada y rica, repleta de divagaciones deliciosas.
De Quincey era un idealista, un visionario y -como todo buen romántico- un reaccionario espiritual en una época que se adentraba despiadamente en la era de la industrialización. Es muy interesante conocer su experiencia con la droga, que supo aprovechar artísticamente y que, siendo tan ‘moderna’ y casi fundacional de una tradición literaria, poco tiene que ver con la de Hunter S. Thompson. El escritor inglés usó el opio como un vehículo para llegar a algo gracias a su sensibilidad intelectual, y Thompson se queda en un aturdimiento estéril, superficial y muy brillante que me recuerda a Tarantino.














