Archive for Octubre, 2009
El horror, el horror…
Llegan a las librerías (sí, aún quedan), grandes superficies, gasolineras y comercios del ramo las nuevas novelas de Fernando Sánchez Dragó y Dan Brown, ambas publicadas por Planeta, factoría de best-sellers, megagrupo mediático y editorial y uno de los pilares -junto a El Corte Inglés- de la empresa española de toda la puta vida. Si estos quiebran, nos vamos todos a la mierda, así que un respeto.
La de Dragó va de un gato que se le murió, lleva el umbraliano título de Soseki. Inmortal y tigre y El Mundo nos da la oportunidad de leer algunas de sus páginas. Gracias, Pedro Jota.
La de Brown se llama El símbolo perdido, hay masones dando el coñazo y las brillantes mentes marketinianas han ideado un estremecedor acto publicitario en El Corte Inglés de Goya (Madrid): doce personas la leerán durante doce horas ininterrumpidas. El happening-performance es este miércoles 28 de octubre. No me lo pierdo ni loco.
Por cierto, El País y Cebrián (o alguna caritativa alma prisaica) no pueden ser menos que sus rivales de la acera de enfrente, y también nos brindan la oportunidad de devorar ávidamente un avance de la cosa.
Lo decía en Apocalypse Now el Kurtz de Marlon Brando, inspirado en el muy distinto creado por Joseph Conrad en El corazón de las tinieblas (Alianza Editorial): “El horror tiene cara…”. Clarividencia, lo llaman.
ACTUALIZACIÓN: A eso de las 7 de la tarde -horario comercial punta- pasé por El Corte Inglés donde se realizaba la lectura de Dan Brown y sólo había mesas vacías.
El Día D
El deslenguado y temperamental general Patton dijo -cito de memoria- en vísperas del desembarco de Normandía (6 de junio de 1944) que “ningún cabrón ha ganado la guerra muriendo por su país, sino haciendo que otros putos cabrones mueran por el suyo”. Sabía de lo que hablaba, porque él ocupaba un puesto de honor en el inacabable y siempre renovado escalafón de los cabrones, y sabía otra cosa más: cómo ganar guerras. ¿Le habrían gustado las impresionantes pero edulcoradas e idealizadoras visiones de Steven Spielberg en Salvar al soldado Ryan? No tenía pinta de haberse tragado los lugares comunes y políticamente correctos de Hollywood…
Quizá la descarnada frase de Patton ayude a alcanzar una perspectiva apropiada para sumergirse (literalmente, son 704 páginas) en El Día D. La batalla de Normandía (Crítica), de Antony Beevor (el historiador británico autor de los memorables Stalingrado y Berlín. La caída: 1945, entre otros). Beevor ha manejado material inédito: cartas, documentos, diarios y cientos de entrevistas realizadas a soldados estadounidenses tras los combates, y de esa labor paciente han surgido las sorpresas que siempre depara la historia y la visión alejada del dogmatismo de buenos y malos sin aristas que caracteriza los trabajos de este ex militar bien conocido por los aficionados al pasado.
¿Significa eso una postura equidistante entre los nazis y los aliados? Nada más lejos de la realidad, pero no conviene olvidar que los paracaidistas americanos recibieron órdenes de no hacer prisioneros, que antes de la invasión murieron más de 15.000 civiles franceses en los bombardeos preparatorios y que en el Día D también cayeron muchos más civiles franceses que soldados británicos y estadounidenses, por no hablar del raid aéreo sobre Caen, absurdo e innecesario y para muchos al borde del crimen de guerra.
Había que derrotar a los nazis, por supuesto, pero quizá apreciemos más lo que tenemos si no olvidamos que nuestro mundo, nuestra libertad y nuestro bienestar descansan sobre una enorme pila de cadáveres y sacrificios personales. En una reciente entrevista en El País, Beevor hablaba de una terrible paradoja: una democracia puede llegar a matar a muchos civiles por la presión del Parlamento y la Prensa, que desean aumentar la potencia de los bombardeos para evitar bajas propias. Fue el caso de la Inglaterra de Churchill, quien intentó que las muertes de ciudadanos franceses fueran las menos posibles. En este contexto, la pregunta surge sola: ¿podía ganarse esa contienda justa e inevitable sin cometer algunos crímenes de guerra? Un dilema moral demasiado incómodo para la gala de los Oscar.
EL ARTE DE NARRAR EL PASADO
Si muchos historiadores anglosajones disfrutan de un don para manejar montañas de datos e información y transformarlos en un relato no ya legible sino apasionante y ágil, Antony Beevor lo posee en grado extremo. Los malabarismos del general Eisenhower para mantener el orden y la unión de un equipo de altos mandos incompatibles entre sí; los preparativos de la invasión y la angustia sobre el clima en el día decisivo; las dudas alemanas (¿dónde sería el desembarco, en el Paso de Calais o en Normandía? ¿era mejor lanzar las divisiones acorazadas hacia las playas o esperar tierra adentro?); las decisiones en los centros de poder que afectaban a millones de personas; los errores de Hitler… En manos de Beevor, todo acaba encajando como en uno de esos puzles endiablados que parecen tan ineluctables una vez terminados.
DESDE LA CABEZA DE PLAYA
Pero lo que conmueve e impresiona en todas las obras de este autor es su cercanía a la gente corriente, su decisión de contar la historia desde abajo, donde muere la carne de cañón. Valientes y cobardes (aunque, ¿quién se atreve a llamar cobarde a un hombre aplastado en mitad del fuego?), escenas de terrible crueldad, momentos para la compasión y el coraje… Muchos pasajes alcanzan tal intensidad en la narración de peripecias vitales extremas que hay que dejar el grueso volumen a un lado y respirar, y uno no puede evitar preguntarse lo que habría hecho enfrentado a situaciones semejantes.
Surgirán nuevos datos y documentos inéditos que aportarán luz a los terribles acontecimientos que dieron origen a un orden internacional hoy agonizante, pero será difícil que leamos una narración de la batalla de Normandía superior a la de Antony Beevor.
El papel resistirá…
… o no. De su aguante frente al libro electrónico y más cosas han estado hablando estos días los profesionales que han participado en la Líber 2009, la Feria Internacional del Libro. ¿Cómo crees que leeremos los best-sellers del futuro, en una pantalla o sobre el viejo papel?
Ana Frank en YouTube
La Fundación Ana Frank ha colgado en su canal de YouTube las únicas imágenes filmadas de la niña de 13 años que escribió su célebre diario oculta en una casa de Amsterdam, antes de que los nazis la enviaran a ella y a toda su familia (judíos alemanes) a campos de concentración de los que sólo salió vivo su padre, Otto.
Según Mahmud Ahmadineyad, presidente de la República Islámica de Irán, esos campos de exterminio no existieron o fueron poco más que campamentos de reeducación. Por cierto, en ese país ya han condenado a muerte a uno de los manifestantes que protestó el pasado mes de junio por el presunto fraude en las elecciones presidenciales.
ACTUALIZACIÓN: Me dice un amigo que esas imágenes no son nuevas y que ya circularon el año pasado. No vuelvo a fiarme de los periodistas. Como lo soy, puedo admitir que yo lo que quería era meterme con las teocracias islámicas. ¿Capisci?
Cine y foto
Cortázar decía que la novela es como el cine, y el cuento como una fotografía. En el caso de Antón Chéjov (1860-1904) y Jorge Luis Borges (1899-1986), los relatos breves del primero serían como esas películas lentas y en las que aparentemente no pasa nada, aunque por debajo ríos de lava amenazan con llevarse por delante a los personajes y su mundo. Justo como la Rusia prerrevolucionaria que vivió.
Los de Borges se asemejan a fotografías perfectas, inmóviles en el tiempo, siempre iguales a sí mismas. Cambia levemente la gradación de la luz y una imagen plena de sentido se convertirá en pura confusión; toca una coma y el castillo de naipes literario se vendrá abajo.
En Chéjov no hay felicidad ni armonía, y sus memorables personajes deambulan por la vida con la esperanza (consciente o no) de ser otros. En su agonía final, el narrador y dramaturgo ruso deliraba y Olga, su mujer, puso una bolsa de hielo sobre su pecho con la intención de aliviar su fiebre. Chéjov, lúcido por un momento, le preguntó: “¿Para qué poner hielo sobre un corazón vacío?”. Puedes leerlo en Antón Chéjov (Acantilado), la brevísima y hermosa biografía de Natalia Ginzburg, recomendable tanto para conocedores de Chéjov como para los que tienen la suerte no haberlo descubierto todavía, algo que podrán hacer con las excelentes ediciones de la editorial Alba, especializada en recuperar clásicos.
En Borges tampoco hay alegría de vivir. Sus frías construcciones son la elaboración de un hombre débil (solía decir que nada admiraba más que el valor físico) que encontraba en las quimeras de palabras el refugio frente a un mundo que le sobrepasaba. Leer a Borges es acomplejarse. Una frase le basta para sugerir un universo, y al acabar una de sus historias domina la sensación de la imposibilidad de mejorarla. Todo es maravilloso en el creador argentino, pero yo empezaría por El Aleph y Ficciones, dos libros de relatos que encontrarás en la impagable Alianza Editorial.
Debate manga
Leo en El Mundo que la editorial japonesa East Press ha publicado -supera los 50.000 ejemplares vendidos desde noviembre- una versión manga de Mi lucha, el famoso libro escrito por Adolf Hitler en el que el tirano nazi mezclaba autobiografía y enloquecidas ideas que acabarían llevando a un desastre apocalíptico. Lógicamente, la polémica está servida.
En Alemania la obra fue prohibida desde el día en que cayó el régimen fascista. No es de extrañar. En mi caso, tengo sensaciones encontradas. Por un lado, no me hace gracia que se difundan esas ideas criminales, y menos en un formato como el cómic, que con todas sus virtudes corre el peligro de aportar cierto brillo estético a los delirios hitlerianos, al menos en la cabeza de los más simples.
Pero también pienso que dar a conocer ese material sólo puede contribuir a su escarnio, porque ninguna persona con una constitución mental medianamente sana puede dar el menor crédito a las chorradas del fracasado pintor metido a político, y sí asombrarse de la influencia que alcanzaron.
¿Y tú qué dices?










