Archive for Septiembre, 2009
Lecturas a 9.000 metros
La revista Time acaba de publicar una lista con los diez libros más vistos en los aviones y aeropuertos de los EE.UU. en los últimos cinco años. Este Top 10, que incluye a súper ventas como John Grisham y Michael Crichton, está encabezado, por supuesto, por Dan Brown y dos de sus mega-best-sellers: Ángeles y Demonios y El Código Da Vinci (81 millones de ejemplares vendidos).
Por cierto, la última de Brown, El símbolo perdido (a la venta el 29 de octubre) está batiendo récords de ventas en los EE.UU, Canadá y el Reino Unido, y me juego una cena a que sustituirá a Stieg Larsson en el transporte público. Protagoniza la esotérica intriga el personaje de más éxito del millonario novelista: el profesor Robert Langdon, pero hay una novedad trascendental: el argumento se ha pasado del Opus Dei a la masonería. ¿Para cuándo una con los escolapios, Dan?
¿Y EN ESPAÑA QUÉ?
La lista es muy americana, claro. No tengo noticia de que se haya elaborado una similar en nuestro país, pero como llevo un seleccionador y un curioso sociólogo (léase mirón) dentro, voy a aventurar la mía, con el rigor de un tertuliano. Allá va:
1. Una de las de título enrevesado de Stieg Larsson.
2. Una de las de título enrevesado de Stieg Larsson.
3. Una de las de título enrevesado de Stieg Larsson.
4. La catedral del mar, de Ildefonso Falcones.
5. La cuadragésimo sexta edición de El alquimista, de Paulo Coelho.
6. El juego del ángel, de Carlos Ruiz Zafón.
7. El niño con el pijama de rayas, de John Boyne.
8. Una de llorar de Isabel Allende.
9. Alguna del Alatriste de Pérez Reverte.
10. El arte de la guerra, de Sun Tzu (en Business y el puente aéreo).
Haceros una, venga.
Triple placer
Hay algo mejor que descubrir una gran novela de un gran escritor: descubrir que es la primera de una trilogía. Cuando te enteras de que hay una segunda trilogía del mismo tipo, la cosa ya se pone orgásmica, salivas como un famélico chucho de perrera y te frotas las manos. Como dijo no sé quién, una de las mejores cosas del sexo -a veces- es la anticipación cuando subes acompañado la escalera hacia casa.
No es que Robertson Davies (1913-1995) me excite -aunque si llego a viejo me gustaría lucir una pinta parecida a la que ves abajo-, pero sus novelas me ponen bastante (aquí debería añadir “literariamente”. Bueno, pues ya está añadido). La pista de Davies, canadiense, me la levantó un amigo a través de la conocida como Trilogía de Deptford (Libros del Asteroide), tres obras prodigiosas con un aire familiar pero muy distinto al del libro que acabo de tener el placer de leer: Ángeles rebeldes, al que siguen Lo que arraiga en el hueso y La lira de Orfeo, que aún huele a tinta fresca y remata la Trilogía de Cornish.
Ángeles rebeldes abre el fuego del trío de historias unidas por la figura de un mismo personaje, Francis Cornish, aunque concebidas para leerse por separado si se desea. La acción arranca con el regreso de un excéntrico y malicioso personaje -el profesor Parlabane- a una venerable universidad canadiense que acaba de recibir el legado de Cornish, mecenas millonario y gran coleccionista de arte que nombra en su testamento a tres albaceas profesores de esa universidad.
Así dicho no parece muy atractivo, pero Davies se las apaña para crear una entretenidísima novela de intriga con la que -entre otras muchas cosas- da un repaso al mundo académico (fue profesor y lo conoció bien), el coleccionismo de arte, las viejas tradiciones de los gitanos centroeuropeos, los lutieres o antiguas sabidurías olvidadas como la alquimia. Y todo con sabiduría y madurez para rastrear en el fondo del alma de los personajes, más vivos que esa gente tan rara con la que te cruzas en el Metro.
CLÁSICO MODERNO
Todo suena muy intelectual, pero no hay que ponerse nervioso, porque una de las claves del talento de este escritor canadiense es su capacidad para divertir. Sus libros, maravillosamente entretenidos e inteligentes, exhiben una erudición apabullante que consigue el milagro de no caer en la pedantería.
Ironía, distanciamiento sin frialdad, delicioso sentido del humor, estilo ágil y conciso, comedia, tragedia, sarcasmo, personajes maravillosos, comprensión de lo humano y un difícil maridaje entre la narración vieja -a la manera en la que Dickens pueda ser viejo- y lo moderno distinguen a un clásico capaz de decir las cosas más importantes con aparente levedad y recuperar el placer de leer por leer y saber por saber.
Quedaos con este nombre: Robertson Davies. Un soplo de aire fresco para respirar entre tanta mierda.
Procrastinación
No soy sobón (bueno, depende), pero empezaré con una de las citas más sobadas de la historia de la literatura, producto de la aguda mente de Borges, esa multinacional de las frases lapidarias: “Otros se jactan de los libros que han escrito; yo me enorgullezco de los que he leído”. No es por fastidiar, pero ¿sabías que Borges se quedó ciego?
No voy a presumir de los libros que he leído, porque la cifra sería ridícula. Tengo la costumbre de apuntar lo que me voy apretando y me sale una media de 30-35 títulos al año. Muchos para algunos, normal para otros, una mierda si tenemos en cuenta lo que se publica cada año (mucho más en España, tierra de sobreproducción libresca) y todas las maravillas escritas en el pasado, que convierten en obligación el comportamiento excluyente y hasta esnob si hace falta.
Esta exigencia elimina a Lucía Etxebarría, Dan Brown, Ildefonso Falcones, Paulo Coelho, novelas de masones, templarios y esoterismos históricos, y un género que detesto especialmente: el de las heroínas émulas de la Bridget Jones de Helen Fielding y sus tres Mandamientos Cosmopolitan: trepar en el trabajo, correrse mucho y bien y no engordar.
El caso es que a mí lo que me gusta es refocilarme en lo que no he leído (siempre que se trate de lecturas de las consideradas ineludibles), y en ese lodazal de páginas no abiertas tengo unos cuantos favoritos que me permiten fustigarme, aunque intuyo que el amor propio lector me hará abordarlas algún día. Aquí van:
DOSTOYEVSKY
Por supuesto, me refiero a sus grandes tochos: Crimen y Castigo y Los hermanos Karamazov. Terribles elucubraciones, densa introspección, el Bien y el Mal, cientos de páginas de letra minúscula y apretada, rusos con nombres interminables… Tolstoi me encanta, pero este hombre me intimida. Dicen que de él parte mucha de la mejor novelística del siglo XX, pero me da un perezón…
ULISES
Y eso que disfruté bastante con Dublineses y El retrato del artista adolescente, pero el Ulises de James Joyce me infunde el mismo respeto que los niños de los cursos mayores cuando era pequeño y un verdadero pringado-pardillo-panoli. Mejor no tocarles las narices.
PROUST
Juro por mi madre que tengo un amigo que se ha leído las siete novelas de En busca del tiempo perdido, pero yo me quedé varado en la que abre fuego, Por el camino de Swann. Recuerdo muy bien la experiencia. La cosa empezó floja pero vagamente prometedora, pasé por cien páginas áridas que estuvieron a punto de tumbarme y llegué a la tierra prometida del placer hacia el final (lo que en términos proustianos supone como doscientas o trescientas páginas). Quizá me lance a la empresa cuando me recluya en una habitación forrada de corcho…
LOS GRIEGOS
Pues sí, los grandes dramaturgos trágicos, Eurípides, Sófocles, Esquilo. He leído las desvergonzadas, divertidas y cáusticas comedias de Aristófanes, pero no he entrado en las del tridente ’serio’. Éstas sí que van a caer, a mí me tira mucho el griego.
TINTÍN
Lo tengo fácil, porque guardo todos sus tebeos en un polvoriento rincón tomado por las pelusas. Me encantan el dibujo limpio de Hergé y sus secundarios maravillosos (la Castafiore, Hernández y Fernández…), y de mayor quiero ser como el Capitán Haddock, pero sin que me jodan el whisky.
Habla, memoria
Si algún día sucediera lo más que improbable (que yo quisiera y supiera escribir mis memorias, que mi vida justificara el que lo hiciera y que a alguien pudieran interesarle), querría que fueran como Habla, memoria, la divertidísima, brillante y demoledoramente inteligente autobiografía de Vladimir Nabokov, que arranca con un párrafo fabuloso, anuncio de las maravillas que lo siguen.
“Nuestra cuna está situada al borde de un abismo, y el sentido común nos dice que nuestra existencia no es más que un débil estallido de luz entre dos eternidades de total oscuridad. Aunque estas dos últimas son idénticas, el hombre, normalmente, contempla el insondable abismo prenatal con mucha más calma que aquél, tan insondable como el primero, hacia el que se encamina (aproximadamente a unas cuatro mil quinientas pulsaciones por hora)”.
De torres y aviones
El 11-S va inevitablemente unido en nuestras mentes a fechas como el 23-F o el 11-M en la nómina del “dónde-estabas-tú-aquel-día-y-a-aquella-hora”. En mi caso, en la clase de inglés que a la hora de comer recibíamos los empleados de Wanadoo (ahora Orange), la empresa donde trabajaba. Recuerdo a la compañera que entró en el aula y nos dijo que una avioneta se acababa de estrellar contra las Torres Gemelas…
Es evidente que aquel día empezaron a cambiar -por lo general para mal- muchas cosas en la política internacional. Como dijo el novelista británico Martin Amis, “la reacción de los EE.UU. se produjo en estado de shock, como aquellas personas que deambulan errantes por ahí después de un accidente”, y en esas seguimos, ocho años después. La todopoderosa nación, golpeada en casa por primera vez. No era Pearl Harbour, una base militar a miles de kilómetros de sus costas continentales, sino Nueva York, el símbolo del país al que dicen que se parece poco.
EL SEGUNDO AVIÓN
El novelista británico Martin Amis ha publicado desde aquel día numerosos artículos, ensayos e incluso relatos sobre aquellos acontecimientos, sus antecedentes y consecuencias, y Anagrama los reúne ahora (la pela es la pela y las efemérides hay que explotarlas) en El Segundo Avión.
Amis no suele andarse por las ramas y sus opiniones -harto discutibles y a veces exageradas- caen como bombas entre los bien pensantes. Posee tres virtudes: escribe fabulosamente, es divertido y alborota el gallinero. Si no lo conocías, puede ser una buena oportunidad para hacerlo, aunque tampoco deberías perderte Koba el Temible, donde es la tolerancia de los intelectuales occidentales ante los crímenes de Stalin la que pasa por el temible filo de su pluma, y quizá seguir luego con sus novelas o Experiencia, un libro de memorias muy particular. Por cierto, El País te da la oportunidad de bajarte uno de los relatos de este nuevo libro, para que vayas abriendo boca.
LA TORRE ELEVADA
Dicen que algunos avisaron de la inminencia de un ataque terrorista a gran escala de Al Qaeda en territorio estadounidense. El periodista y escritor Lawrence Wright no llega tan lejos, pero no se corta a la hora de afirmar que anticipó las consecuencias del 11-S cuando escribió el guión de la película Estado de Sitio (1998), que trataba de la reacción del país ante ataques terroristas de fundamentalistas islámicos en… NY. Él sabrá. Lo cierto es que después de aquel día de septiembre hemos asistido a la paranoia y el miedo, y a una guerra y torturas completamente alejadas del espíritu de los padres fundadores de los EE.UU. La reacción de un tigre enfurecido con la avispa que le pica con inusitada violencia y a la que ni siquiera ve.
Wright vivió dos años en El Cairo, conoce los países musulmanes y también traza la génesis del grupo de Bin Laden y el fundamentalismo islámico, pero su acercamiento al tema no tiene nada que ver con el de Amis. La Torre Elevada (Debate) es una crónica minuciosa de los acontecimientos, la historia de cómo un pequeño grupo de fanáticos desalmados planeaba una masacre y de cómo otro reducido grupo de hombres y mujeres trató de impedirlo, con atención especial para John O’Neill, un especialista en terrorismo islámico que tras abandonar el FBI trabajaba como jefe de seguridad del World Trade Center, donde murió aquella mañana. Ganador del Pulitzer y el Pen en la categoría de ‘No ficción’, La Torre Elevada podría ser el contrapunto perfecto a El Segundo Avión.
Los vampiros existen
O al menos uno, y con nombre y apellido. Se llama Dacre Stoker y es sobrino-bisnieto de Bram Stoker (1847-1912), célebre por haber publicado en 1897 Drácula, una fascinante novela epistolar de terror que fijó en el imaginario popular muchas de las características dispersas del vampiro, un ser milenario que ya en el siglo XX encontró en el cine el mejor aliado para mantenerse inmortal.
El chupasangres Dacre ha escrito en colaboración con Ian Holt (ya se sabe que Drácula contaba con sirvientes) la continuación de la novela de su antepasado. Con una acción que arranca veinticinco años después de la ‘muerte’ del conde devoto de las transfusiones poco ortodoxas, Drácula. El No-Muerto (Roca Editorial) se publica en octubre. ¿Alguien tiene ajos?
Letras con letra
Los canales de videoclips siempre me han parecido adictivos. Es empezar a ver uno y ya no tengo manera de desengancharme, especialmente si las canciones son viejas (ochenteras, a ser posible) y hay cubata a mano (copa de balón, abundante ron, Coca-Cola, generoso chorro de limón exprimido y a remover sin exagerar) y amigos con los que comentar la jugada.
Ver esos vídeos es como volver de mayor al parque de atracciones y comprobar que las antiguas montañas rusas, gigantescas y fascinantes, son de una cutrez entrañable. Además, Hoy Libro tiene excusa: son muchas las canciones que guardan relación con la literatura y en el pop y el rock abundan los pretenciosillos que quieren demostrar que leen.
Por ejemplo, Sting, que en Don’t stand so close to me cantaba sobre un profesor (él lo fue) que las pasa putas para no caer en los encantos de una chavala que debía de ser una… chica muy humana. Sting contaba que no era una experiencia real (ejem) y que se había inspirado en la Lolita de Nabokov.
No nos movemos de los ochenta (hablando en términos musicales), pero nos pasamos a Edgar Allan Poe, considerado por muchos el inventor del relato policiaco con Los crímenes de la calle Morgue y su protagonista, C. Auguste Dupin, y cultivador del relato corto fantástico y de terror, aunque las historias de Poe me asustan tanto como mi madre cuando se quitaba la zapatilla para zurrarnos de pequeños, y me parecen un coñazo. A Santiago Auserón (Radio Futura, para mí el mejor grupo español) le gustaba, o al menos su poema Annabel Lee. Atentos, el vídeo ha envejecido muy malamente, pero tiene su encanto.
Como no sólo escucho música de cuando el Guerra insultaba en los mítines, aquí va Ulysses, del último disco de Franz Ferdinand, Tonight, vendido como un “itinerario de madrugada que va de más a menos” (sic); es decir, la historia de una farra: ya se sabe que la tontuna del marketing y la prensa musicales son infinitas. La cosa es que al parecer la canción se inspira lejanamente en los penosos deambulares de Stephen Dedalus y Leopold Bloom por las calles de Dublín en el Ulises de James Joyce. La canción es pegadiza; el libro no lo sé, no me he atrevido a leerlo.
Que se mueran los feos
Hay escritores más interesantes por su existencia que por su obra. Quizá Boris Vian (1920-1959) sea uno de ellos. Con más vidas en sus cortos días que el pirata cojo con pata de palo de la canción de Sabina -Vian fue autor de novelas, cuentos y poemas, dramaturgo, periodista, traductor, ingeniero, músico y locutor…-, frecuentó los ambientes bohemios del París de la posguerra, y le dio tiempo para dejarse caer por los cenáculos donde Jean Paul Sartre bendecía urbi et orbi como Papa del existencialismo y Albert Camus (grande entre los grandes) daba lecciones de integridad sin pretenderlo. Mola.
Nacido en una familia francesa acomodada y venida a menos tras el crack del 29 -¡uh, la bicha!- es muy conocido por obras como Escupiré sobre vuestra tumba, La espuma de los días o Que se mueran los feos (1947), la parodia de novela negra que me lo ha descubierto, una obrita ligera, corta, divertida y sorprendentemente moderna. Un delirio poblado por vigoréxicos vírgenes que pretenden mantener la castidad, locos experimentos genéticos de un obseso de la belleza, bandas rivales que se tirotean en Los Ángeles, mujeres tremendas y fáciles, una isla misteriosa y, finalmente, sexo, mucho sexo.
Una lectura muy apropiada para las tontas y todavía (joder, qué cruz) calurosas tardes de septiembre. Te la acabarás de un tirón, y probablemente te pase como a mí y te quedes con ganas de leer más cosas de este tipo que puedes ver cantando ahí abajo.
Septiembre
SUMMA VITAE (Manual de infractores), José Manuel Caballero Bonald
De todo lo que amé en días inconstantes
ya sólo van quedando
rastros,
marañas,
conjeturas,
pistas dudosas, vagas informaciones:
por ejemplo, la lluvia en la lucerna
de un cuarto triste de París,
la sombra rosa de los flamboyanes
engalanando a franjas la casa familiar de Camagüey,
aquellos taciturnos rastros de Babilonia
junto a los barrizales suntuosos del Éufrates,
un arcaico crepúsculo en las Islas Galápagos,
los prolijos fantasmas
de un memorable lupanar de Cádiz,
una mañana sin errores
ante la tumba de Ibn`Arabi en un suburbio de Damasco,
el cuerpo de Manuela tendido entre los juncos de Doñana,
aquel café de Bogotá
donde iba a menudo con amigos que han muerto,
la gimiente tirantez del velamen
en la bordada previa a aquel primer naufragio…
Cosas así de simples y soberbias.
Pero de todo eso
¿qué me importa
evocar, preservar después de tan volubles
comparecencias del olvido?
Nada sino una sombra
cruzándose en la noche con mi sombra.








