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Ponga un pobre sobre la mesa
Decir Jonathan Swift es pensar en Los viajes de Gulliver, una sátira amarga y misántropa que figura en la imaginación de quienes la desconocen como literatura infantil, pero es quedarse corto. En 1729, Swift publicó Una humilde propuesta, un breve texto que sugería una original solución a la pobreza que asolaba Irlanda por aquellos años: los padres de las desafortunadas criaturas que nacían en la miseria debían venderlas a los ingleses ricos para que estos se las comieran, aligerando así la carga de tantas bocas por alimentar.
Argumentos no le faltaban a Swift, ni de carácter gastronómico -”… un tierno niño sano y bien criado constituye al año de edad el alimento más delicioso, nutritivo y saludable, ya sea estofado, asado, al horno o hervido; y no dudo que servirá igualmente en un fricasé o un ragout”- ni económicos -el periodista y escritor dublinés enriqueció su teoría con cálculos financieros y ejemplos que demostraban las virtudes de su propuesta: “Pueden desollar a los niños, con cuya piel, debidamente tratada, se podrán hacer formidables guantes para señoras y botas de verano para caballeros elegantes”- ni sociales: “Hay además otra gran ventaja en mi plan, que evitará esos abortos voluntarios y esa práctica horrenda, ¡cielos!, ¡demasiado frecuente entre nosotros!, de mujeres que asesinan a sus hijos bastardos”.
Solo a un alumno de la E.S.O. habría que aclararle que Una humilde propuesta (publicada ahora por Nórdica Libros en una edición bilingüe con ilustraciones de Raquel Marín) es una irónica denuncia social que utiliza un negrísimo sentido del humor para llamar la atención sobre injusticias insostenibles, en la línea de otros opúsculos de Swift como Instrucciones a los sirvientes, pero dados los tiempos que corren quizá habría que ir tomando nota de su espíritu reformista…
Dickens sobrenatural
Charles Dickens cumple 200 años joven y fresco, y los británicos vuelven a dar una lección sobre cómo tratar a un escritor convertido en leyenda nacional, un novelista de éxito masivo -quizá la primera gran ‘estrella’ de la industria editorial- que marcó el camino de la literatura del XIX armado de un talento narrativo insuperable capaz de obrar el milagro de poner de acuerdo a los seguidores de los folletines con los lectores más exigentes. Era un mago, un contador de historias superdotado que podía colarte el melodrama más descabellado con completa naturalidad, un creador de mundos vastos y complejos que ha dado lugar a un adjetivo, ‘dickensiano’, utilizado universalmente en un fenómeno de globalización de la buena.
Entre el aluvión de biografías, reediciones, actos y exposiciones que se le dedican en el Reino Unido al creador de David Copperfield, me llama la atención una muestra -muy modesta comparada con Londres y Dickens, que puede verse en el Museo de Londres hasta el 10 de junio- que tiene lugar en la British Library bajo el nombre de A hankering after ghosts: Charles Dickens and the supernatural (algo así como ‘Enganchado a los fantasmas: Charles Dickens y lo sobrenatural’).
La exposición reúne documentos, cartas y manuscritos del autor relacionados con su interés por los fantasmas y los fenómenos sobrenaturales, a menudo presentes en sus obras (Impedimenta publicó hace un par de años un estupendo libro, Para leer al anochecer, que reúne trece historias de misterio del escritor inglés), como por ejemplo en Cuento de Navidad, donde el inolvidable Ebenezer Scrooge se las ve con los espectros de las navidades pasadas, presentes y futuras en un relato que para muchos cambió la forma de vivir esas fiestas en Inglaterra.
El interés de Dickens por los espíritus y lo macabro puede verse como un elemento marginal en su obra, más conocida por su temática realista y de denuncia social, su delicioso sentido del humor y su a veces exagerada inclinación por el drama, pero no deja de ser una faceta que enriquece nuestro conocimiento del gigante al que retrató Robert W. Buss en El sueño de Dickens, una acuarela inacabada donde el maestro, envejecido, se adormila rodeado de unos espectros que continúan muy vivos: sus personajes.
Al pie del cañón
Continúa la recuperación de Manuel Chaves Nogales (1897-1944), el reportero sevillano que hacía ‘nuevo periodismo’ 30 años antes que Truman Capote, el “pequeño burgués liberal, ciudadano de una república democrática y parlamentaria” (según sus propias palabras) que tenía el valor de ser un demócrata convencido cuando en Europa los totalitarismos se imponían a golpe de exterminio y que además se atrevía a decirlo y denunciar a fascistas y comunistas como enemigos de la libertad. Esa independencia podía costarte la vida por aquel entonces y explica que Chaves muriera exiliado en Londres tras abandonar España en noviembre del 36, asqueado y aterrorizado por la matanza en el país, aunque fiel al gobierno legítimo.
En esta merecida resurreción tienen mucho que ver la labor de una pequeña editorial, Libros del Asteroide, que está rescatando sus obras, y el trabajo de María Isabel Cintas, especialista en la obra de Chaves -acaba de publicar su primera biografía, Chaves Nogales. El oficio de contar-, que en un trabajo de investigación admirable y titánico ha recopilado en dos volúmenes publicados por Espuela de Plata los trabajos periodísticos escritos entre 1936 y 1939 por el que fuera director del diario Ahora para revistas y diarios mexicanos, ingleses y franceses.
El primero es La defensa de Madrid (216 págs, 20 €), una vibrante recopilacion de crónicas sobre el asedio franquista a la capital en noviembre del 36. Chaves nos lleva a las trincheras de la Ciudad Universitaria, los búnkeres y las calles de la ciudad sitiada y a punto de caer y consigue un equilibrio magistral entre la narración certera y urgente de los acontecimientos, la descripción precisa de personajes anónimos o no y la explicación de las maniobras políticas en la retaguardia. Destaca su retrato del general Miaja, el viejo militar que dirigió la resistencia madrileña cuando todos los políticos habían salido por patas, una figura heroica, “un triste personaje, un superviviente, un ser anacrónico que no sabe aún por qué está allí y por qué está aún vivo si sigue allí”.
El segundo libro, Crónicas de la guerra civil (244 págs, 20 €) reúne artículos escritos por el sevillano entre agosto de 1936 y septiembre de 1939. Son trabajos pensados para un público extranjero y de ahí el tono didáctico y explicativo con el que Chaves se lanza a dar sus claves sobre lo que pasaba y pensaba que iba a pasar en España. Resulta apasionante seguir los cambios de opinión del periodista a medida que se sucedían los acontecimientos, y si sus predicciones e interpretaciones que ahora sabemos fallidas provocan casi ternura y cierta perplejidad al leerlas, causa escalofríos la clarividencia, agudeza y penetración de Chaves al entender e interpretar correctamente sucesos que solo décadas más tarde acertaron a aclarar los historiadores.
Mi tesoro
Tener 12 o 13 años, que te guste leer y que te regalen joyas como esta edición ilustrada por Ralph Steadman de La isla del tesoro, del imprescindible Robert Louis Stevenson. Ponerse malo, lo suficiente para no ir al cole pero no tanto como para no poder desayunar -Colacao, galletas María- y pasar después sus páginas bajo las sábanas mientras llueve fuera, demorándose en cada aventura, en cada dibujo.
Borges lo sabía: “Leer a Stevenson es una de las formas de la felicidad”. Un conocimiento que comparte con la editorial Libros del Zorro Rojo, responsable de este precioso volumen ilustrado y de muchos más que bien merece la pena disfrutar.
Levadura de malicia
El canadiense Robertson Davies (1913-1995) es un escritor poco conocido en España. Mejor, porque así puede darse uno el gusto de descubrir un novelista original, de aire victoriano pero moderno, inteligente, con una escritura concisa y elegante, un irónico lúcido pero amable y compasivo que sabía penetrar en el alma humana mientras construía tramas divertidas y apasionantes con un punto de vodevil intelectual.
Libros del Asteroide lleva unos años recuperando en nuevas traducciones las novelas de Davies, que él mismo concebía de tres en tres y que agrupó en trilogías. La editorial barcelonesa comenzó con la Trilogía de Deptford (escrita en los 70, una obra maestra y quizá la más adecuada para adentrarse en su obra); prosiguió con la Trilogía de Cornish (publicada en los 80) y ahora nos ofrece Levadura de malicia (1954), el segundo volumen de la Trilogía de Salterton, primera de las suyas (hay una última y cuarta, la Trilogía de Toronto, pero el autor murió cuando solo le había dado tiempo a escribir sus dos primeras entregas: Asesinatos y ánimas en pena, de 1991, y Un hombre astuto, de 1994).
Levadura de malicia nos sitúa en Salterton, una imaginaria ciudad canadiense con todos los males de las localidades pequeñas y provincianas: la maledicencia, el cotilleo y el escrutinio asfixiante de las vidas de los otros. La historia arranca con el anuncio en un periódico local del falso compromiso matrimonial de dos jóvenes de la ciudad, excusa para el desarrollo de un argumento muy teatral (Davies trabajó como actor en Inglaterra, escribió obras de teatro y las produjo) donde brillan un fino y sutil sentido del humor, la facilidad para los diálogos y la habilidad al ensamblar peripecias tragicómicas en narraciones que se leen de un tirón y casi siempre con una sonrisilla en la boca.
La Trilogía de Salterton supuso el debut novelístico de este imaginativo creador que se reveló con cuarenta años cumplidos, ya maduro y con más recursos de los que suelen manejar principiantes más jóvenes. Levadura de malicia no alcanza la categoría de sus posteriores libros, pero en ella muestra ya su capacidad para describir ambientes y profesiones, su sabiduría, su perspicacia psicológica y su maestría al escribir relatos tan fáciles de leer como cultos, entretenidos en el mejor sentido, vitalistas, densos y repletos de ideas y dilemas morales.
Francamente, no se me ocurre ninguna razón para no leer a Robertson Davies.
Con la recortada
De nada vale quejarse. Hay que estar preparado. Si te ha cazado la crisis (ya tardaba) y estás en el paro, si tu negocio no funciona o si tu empresa empieza a dejar de pagarte cuando debe, jódete y apriétate el cinturón. Pero consuélate, porque puedes aprender a hacerlo a través de la literatura, bálsamo para incurables espíritus ingenuos.
En 1924, Francis Scott Fitzgerald (1896-1940), uno de los miembros de “la generación perdida” y exitoso cronista de “los felices años 20″ (Hermosos y malditos, El gran Gatsby), finiquitados con el crack del 29 (glups), publicó un par de crónicas en el Saturday Evening Post en las que relataba con gracia y talento sus intentos por ahorrar, por supuesto fracasados.
Con notable sentido de la oportunidad, la pequeña editorial Gallo Nero publica ahora Cómo sobrevivir con 36.000 dólares al año, el librito que reúne esos dos textos de Fitzgerald -el que da título al volumen y otro posterior (Cómo sobrevivir prácticamente con nada)- y que se cierra con La declaración de la renta de F. Scott Fitzgerald, un curioso artículo escrito por el profesor William J. Quirk y publicado en la revista The American Scholar.
Adenda: Fitzgerald no solo falló en su tentativa de ahorrar: su alcoholismo fue agravándose con los años y Zelda, su mujer, que empezó a mostrar signos de enfermedad mental en los 20, murió en 1948 a causa del incendio de la clínica psiquiátrica donde estaba internada. La última novela publicada por el novelista estadounidense (Suave es la noche, 1934) refleja los problemas que los fueron arrastrando a él y a su pareja del triunfo y el exceso al desastre.
Las palabras del Diablo
Misántropo, misógino, pesimista, macabro, cruelmente cáustico y satírico, cínico, arbitrario. Pero también preciso, afilado, conciso, agudo, estilista, brillante y original. Todos adjetivos atribuibles a Ambrose Bierce (1842 - 1914?), el periodista y escritor estadounidense que huyó de los rigores de un hogar rural y puritano para conocer el horror de la Guerra de Secesión, convertirse después en afamado (y temido) articulista en el oeste de los EE.UU y acabar desapareciendo sin dejar rastro en tierras mexicanas en plena revolución.
Apodado Bitter Bierce (el amargo Bierce) por un crítico, escribió cuentos de terror y sobrenaturales, relatos realistas inspirados por sus vivencias y otros repletos de humor negro y una visión demoledora de la naturaleza humana, además de una extensa obra periodística que fue su principal ocupación, pero suele ser más recordado por un libro original y único que Alianza Editorial acaba de reeditar.
Me refiero a Diccionario del diablo (368 págs., 11 euros), el resultado de un trabajo que abarca 43 años (de 1868 a 1911), cuatro décadas durante las que Bierce fue publicando cientos de columnas y artículos que de vez en cuando incluían definiciones y aforismos propios que no empezó a recopilar y ordenar hasta 1906 en un texto singular.
Este Vocabulario del cínico -se publicó por primera vez bajo ese título, no escogido por el autor- es el decantado de años de observación inmisericorde del hombre y su sociedad, un compendio de fogonazos inteligentísimos y llenos de mala leche que no dejan títere con cabeza, un condensado de inspiraciones que dicen mucho con muy pocas palabras, un diccionario dirigido, según Bierce, a “espíritus iluminados que prefieren el vino seco al dulce, la razón al sentimiento, el ingenio al humor y un lenguaje pulido a la jerga popular”.
Antes de dejar aquí unas cuantas definiciones diabólicas, me gustaría hacer una recomendación: no es un libro para leer de seguido. Puede resultar demasiado pesimista, desencantado e incluso monónoto en su amargura. Es mejor tenerlo siempre a mano y consultarlo de vez en cuando como lo que es, un genial diccionario satírico para bajarnos los humos
Hombre: Especie animal tan sumida en la ensimismada contemplación de lo que piensa que es, que a menudo se olvida de plantearse lo que evidentemente debiera de ser. Su principal ocupación es el exterminio de otros animales y de su propia especie, la cual, a pesar de todo, se sigue reproduciendo con tal rapidez como para poblar y destruir todas las zonas habitables del planeta y Canadá.
Economía: La compra de un barril de whisky que uno no necesita por el precio de una vaca que uno no se puede permitir comprar.
Aborígenes: Personas de poca valía cuya presencia resulta una carga para la tierra de continentes recientemente descubiertos. Aunque también es verdad que pronto dejan de ser una carga para pasar a abonarla.
Diplomacia: El patriótico arte de mentir en favor de nuestro país.
Fanático: Alguien que defiende con rotundidad y de forma obstinada una opinión con la que uno no está de acuerdo.
Longevidad: Prolongación poco habitual del miedo a la muerte.
Cleptómano: Ladrón rico.
Matrimonio: Estado o condición de una comunidad compuesta por un señor, una señora y dos esclavos, que hacen un total de dos personas.
Y así, ad infinitum…
Jubilación a los 90
Gracias a un inspirado regalo, encontré la forma de soportar el debate Rubalcaba-Rajoy sin dejar de medio verlo: poner la tele de fondo (por si se pegan o algo) y leer tirado en el sofá la última historieta de Mortadelo y Filemón publicada por el venerable Ibánez (¡75 castañas!). En Jubilación… ¡a los 90! (Ediciones B, 12 €), los políticos fijan la edad de retiro en los 90 años y el doctor Bacterio crea una pócima para potenciar la resistencia física que permita semejante aguante, con los resultados esperables, que traen de cabeza a la pareja de detectives de la T.I.A. La buena noticia: Ibáñez sigue ágil, también para las frases: “Nos queremos jubilar cual ministro titular”. Y que dure por lo menos hasta los 90, aunque no le haga ninguna gracia al maestro.
A remolque
Se llama Amanda Hocking, es de Minnesota, tiene 27 años y un logro del que presumir: ha vendido en Amazon más de un millón de ejemplares de su novela Instinto, la primera de un pack (una palabra mucho más apropiada que la sobada y denigrada ’saga’) de cinco sobre vampiros y amores juveniles. O sea, lo de Crepúsculo, que funciona.
Lo interesante del fenómeno es que Hocking lo haya petado publicando primero en Internet, y que el papel llame ahora a su puerta para sacar tajada de un éxito digital que, con el consiguiente ahorro de costes e intermediarios, habrá llenado los bolsillos de la joven escritora más de lo que lo habría hecho siguiendo los cauces habituales para un novato.
Destino, a lo que parece tan perdida y poco preparada como el resto de editoriales grandes (pertenece a Planeta) para afrontar lo que viene, publica ahora Instinto en papel (y también en formato digital), con una política de precios intrigante. El volumen de tapas duras cuesta 16,95 € y el digital (en ePub), 12,99. Menos de cuatro euros de diferencia a favor de un producto que elimina materias primas, impresión, almacenaje, distribución y el reparto de beneficios entre tanto intermediario. Algo no cuadra.
Puede que Destino consiga un best-seller, pero lo que queda claro es que esta gente de las editoriales no se entera de nada y va a remolque de un fenómeno que amenaza con llevársela por delante.











