La vida de los piratas
El afectado, caribeño y divertido capitán Sparrow y la triste caspaza del Alakrana han devuelto actualidad en los últimos tiempos a unos personajes tan fascinantes como -desmintiendo el tópico- poco románticos: los piratas. Muchos libros se han escrito sobre la materia, por ejemplo la Historia general de los robos y asesinatos de los más famosos piratas (Valdemar, 752 págs., 25 euros), publicada en dos volúmenes (1724 y 1728) y bajo seudónimo por Daniel Defoe (1660-1731).
El autor de Robinson Crusoe sitúa el inicio de su relato en una fecha significativa: 1717, año en el que Jorge I de Inglaterra proclama su Edicto para la supresión de los piratas, y presenta las biografías de diecisiete notables piratas ingleses de la época (entre ellos Barbanegra, cuya bandera puedes ver más abajo), además de reflexionar sobre las causas y consecuencias de la piratería, y cómo acabar con ella. Eso, en el primer libro, dedicado al gremio occidental del oficio. En el segundo, Defoe se ocupa de sus colegas que medraban por el océano Índico, Madagascar y las costas africanas. Resultado: una obra fundamental como fuente de información de la época dorada de estos delincuentes marinos.
QUE HABLEN LOS ACUSADOS
Pero Defoe no se contaba entre sus criminales filas, y siempre resulta recomendable acudir a las fuentes primarias. De eso se encarga La vida de los piratas - Contada por ellos mismos, por sus víctimas y por sus perseguidores (Crítica, 216 págs., 21 euros), donde Stuart Robertson recopila extractos de cartas, biografías y procesos judiciales, crónicas, noticias y recuerdos de primera mano para recorrer todas las facetas de las vidas de estos temibles fuera de la ley.
En sus cuidadas páginas, con numerosas ilustraciones y que apetece leer a primera vista, hay sitio para el atrezo pirático que todos conocemos: el ron, las negras banderas con tibias y calaveras y los barcos; sus estrictos y minuciosos códigos de comportamiento; los puertos donde se refugiaban (ah, la mítica Isla Tortuga); la existencia a bordo, con atención a lo más cotidiano, como la comida o los cuidados de la salud y, por supuesto, los loros, populares entre filibusteros y bucaneros por vistosos, limpios, parlanchines y rentables (en Londres pagaban fortunas por ellos).
¿De qué peripecia sacaría el suyo el viejo Long John Silver? No recuerdo que Stevenson lo contara en La isla del tesoro. Buena excusa para releerlo y volver a ser un niño.
Kaputt
Curzio Malaparte (1898-1957), italiano hijo de madre lombarda y padre alemán, fue voluntario en la Primera Guerra Mundial, periodista y miembro del Partido Fascista italiano, en el que ingresó a principios de los años 20; fundó periódicos y revistas, publicó novelas y un ensayo de mucho éxito, Técnica del golpe de estado (1931), en el que criticaba directamente a Hitler y Mussolini. Expulsado del partido por sus crecientes discrepancias ideológicas (y, según Manu Leguineche, por escribir que Il Duce había matado a cinco gatitos con sus propias manos, además de afear la estética de sus corbatas), conoció la cárcel y el exilio interior. Más tarde fue militar y corresponsal de Il Corriere della Sera durante la Segunda Guerra Mundial, destino que le permitió conocer de primera mano el conflicto en distintos rincones de Europa.
Sus crónicas desde el frente molestaron tanto a nazis como a norteamericanos (muchas fueron censuradas) y sus experiencias dieron lugar a sus dos obras más conocidas: Kaputt (1944) y La piel (1949). Esta última fue incluida por la Iglesia en su índice de libros prohibidos. Acabada la guerra, Malaparte fue escorándose a la izquierda y acabó simpatizando con los maoístas y colaborando con el por entonces poderoso e influyente Partido Comunista italiano. Poco antes de morir abrazó el catolicismo -hasta entonces profesaba la fe luterana de su padre- y, de nuevo según Leguineche, ya en su agonía pidió la habitación 32 de la clínica Sanatrix de Roma por una razón práctica: “está más cerca del montacargas de los cadáveres”.
MALAPARTISMO
Lo que se deduce de esta sucinta relación de la vida de Kurt Erich Suckert -su nombre real- y de otros detalles de su existencia es que Malaparte era, antes que nada, malapartista, un provocador siempre gustoso de meter el dedo en la llaga, una mosca cojonera egocéntrica y exhibicionista. Y lo que se descubre con la lectura de Kaputt, ahora publicado por Galaxia Gutenberg en una nueva e íntegra traducción al español, es que era un escritor fabuloso, irónico y sensible, brillante y profundamente original que nos legó una obra maestra con esta visión de los horrores de la guerra.
Malaparte inició Kaputt -palabra alemana de origen hebreo que significa “roto”, entre otras cosas, y que se ajustaba a lo que veía allá donde iba- en Ucrania en el verano de 1941 y lo acabó en Capri, en septiembre de 1943. Podría definirse como una novela sobre la desolación y destrucción de una Europa que no volverá, pero sería limitar el campo de visión, porque uno de sus mayores atractivos radica en la originalidad de su forma, “una completa novedad que le pertenece sólo a él”, en palabras de Milan Kundera.
Los recuerdos del autor -el gueto de Varsovia, la lucha en Finlandia, bombardeos en Rumanía, el asedio de Leningrado, Belgrado, Nápoles…- van desgranándose en una sucesión de estampas, a veces alucinadas y melancólicas, otras descarnadas y crueles, y casi siempre cargadas de lirismo. El estilo de Malaparte sobresale en las descripciones, esa prueba de fuego: cualquiera puede opinar con más o menos gracia y acierto, pero pocos dominan el arte del adjetivo exacto y la economía expresiva para decir mucho y sugerir más con una voz propia e inconfundible. Basta leer unas pocas páginas para comprender que ahí se encuentra un escritor de raza.
De pequeño vi muchos libros de Malaparte por mi casa, en viejas ediciones amarillentas de Bruguera, pero no queda ni uno vivo. Me agrada confirmar el buen gusto literario de mi padre, me satisface haber descubierto esta joya y me estimula la perspectiva de emprender la búsqueda de La piel -no tengo noticia de ninguna edición reciente- por librerías y estantes.
Los consejos, en metálico
NO PUEDO SOPORTARLO
Me da igual tu tendencia a desnudarte
delante de la gente. No me importa
que confundas “deber de” con “deber”,
o que emplees “dijistes” por “dijiste”
poniéndote analógica, o que duermas
con pastillas catorce horas al día.
Puedo aguantar la selva de vacío
donde vives, tu frío y tu calor
-siempre desmesurados-, tus histerias,
esa higiene obsesiva que te gastas.
Puedo olvidar que fueses drogadicta
(¿quién no lo ha sido alguna vez?), tus siestas,
tu narcisismo, tus ovulaciones.
Me tiene sin cuidado que me engañes
con tu perrita de bolsillo. Pero
hay algo que no puedo perdonarte,
y es que te pongas el disfraz odioso
de vulgar manualista de autoayuda
y me aconsejes cosas como: “Haz
lo que te venga bien en cada instante”,
“Vive al día”, “No pienses para nada
en el pasado ni en el porvernir”,
“Sé independiente”, “No hipoteques nunca
tus horas libres”, “Sácale a tu prójimo
todo el jugo que puedas”, “Sé feliz”.
No puedo soportarlo, vida mía.
Me horroriza. No puedo soportarlo.
Luis Alberto de Cuenca, La vida en llamas (Visor, 2007)
Adiós a todo eso
Robert Graves (Londres, 1895 - Deià, Mallorca, 1985) fue ante todo poeta, y así se consideraba. Publicó su primer poemario, Junto a las brasas, en 1916, cuando combatía en Francia alistado en los Royal Welch Fusiliers, y entregó su último poema a la imprenta en 1975, con 80 años. Puedes acercarte a sus personales y sugerentes versos -dominados casi siempre por el culto a la mujer vista como una musa inspiradora- con Poemas, la antología publicada hace unos años por Pre-Textos.
Pero Graves tenía que comer y mantener a una familia, y los versos pocas veces han dado para eso, así que se entregó a los libros en prosa desde muy pronto, como atestigua Lawrence y los árabes (Península), la primera biografía de T. E. Lawrence (sí, Lawrence de Arabia), publicada en 1927. Graves había trabado amistad con Lawrence y se basó en su correspondencia con él, sus conversaciones y una minuciosa investigación para trazar un retrato de su compleja personalidad y una narración de su intervención en la revuelta árabe contra el agonizante imperio otomano durante la Primera Guerra Mundial.
“YO, TIBERIO CLAUDIO DRUSO…”
Más tarde vendrían las novelas que le darían la fama, le servirían para pagar la casa que se construyó en Mallorca y lo mantienen en las librerías aún hoy. Sobre todo Yo, Claudio (Alianza Editorial) y su continuación, Claudio el dios y su esposa Mesalina (también en Alianza), ambas editadas en 1934 y de éxito amplificado más de cuarenta años después por una serie británica de televisión de impecable factura, más teatral que otra cosa.
La historia de Clau-Clau-Claudio, Claudio el idiota, el pobre tío Claudio, el tartamudo tullido que contra todo pronóstico se convierte en emperador de Roma, sirvió a Graves para crear dos novelas históricas estupendas -varios años luz por delante de las que triunfan ahora- en las que desplegó su erudición y talento. Después vendrían muchas más, bastantes de ellas excelentes, y ensayos sobre mitología como Los mitos griegos y Los mitos hebreos, u originales investigaciones como La Diosa Blanca, donde reflexiona sobre los presuntos orígenes de la poesía, ligados a una primitiva religión matriarcal.
ADIÓS A TODO ESO
Toda esta digresión digna del emperador Claudio en sus cenas más etílicas y copiosas (la historia cuenta que era un gran comilón y fue asesinado en 54 d.C. con setas envenenadas) tiene un porqué: RBA acaba de reeditar Adiós a todo eso, la autobiografía que Robert Graves escribió en 1929 y con la que dio carpetazo a la primera parte de su vida. Poco después, el poeta inglés decidió abandonar su país para instalarse en Deià (Mallorca), donde se construyó Ca N’Alluny (’casa lejana’, en mallorquín), que sólo abandonaría durante nuestra guerra (in)civil y la Segunda Guerra Mundial. Allí vivió hasta su muerte.
Este relato desengañado e irónico es una despedida de la juventud y, entre otras cosas, un fiel testimonio de la educación de un joven británico de buena familia hace un siglo. Las páginas sobre sus tristes días en el internado de Charterhouse son memorables, y muy interesante el relato sobre su desastroso primer matrimonio y los inicios de su actividad intelectual, pero lo que hace de Adiós a todo eso una obra imprescindible es su descripción de la lucha en las trincheras del frente occidental.
Graves estuvo destinado en aquella descomunal e insaciable picadora de carne, fue herido y llegó a ser dado por muerto en la terrible batalla del Somme: The Times publicó su necrológica, pero la segunda, verdadera y definitiva tuvo que esperar 70 años. La experiencia le dejaría secuelas psicológicas para el resto de su vida, y la reflejó aquí de forma estremecedora. No conozco otro relato tan impresionante de la sinrazón de aquella matanza indiscriminada, si acaso Tempestades de acero (Tusquets), del alemán Ernst Jünger (1895-1998), con un tono, estilo e intenciones muy diferentes, pero igualmente demoledor.
¿Necesitas más razones para leer a Graves? Aquí tienes la definitiva: John Cobra nunca lo haría.
¿Qué hay en una cebolla?
Universos enteros. Miguel Hernández, de quien se conmemora este 2010 el centenario de su nacimiento, lo sabía, y lo dejó escrito en este célebre y conmovedor poema dedicado a su hijo, y alumbrado en la cárcel franquista de la posguerra donde moriría en 1942, con sólo 31 años.
NANAS DE LA CEBOLLA
La cebolla es escarcha
cerrada y pobre:
escarcha de tus días
y de mis noches.
Hambre y cebolla:
hielo negro y escarcha
grande y redonda.
En la cuna del hambre
mi niño estaba.
Con sangre de cebolla
se amamantaba.
Pero tu sangre,
escarchada de azúcar,
cebolla y hambre.
Una mujer morena,
resuelta en luna,
se derrama hilo a hilo
sobre la cuna.
Ríete, niño,
que te tragas la luna
cuando es preciso.
Alondra de mi casa,
ríete mucho.
Es tu risa en los ojos
la luz del mundo.
Ríete tanto
que en el alma al oírte,
bata el espacio.
Tu risa me hace libre,
me pone alas.
Soledades me quita,
cárcel me arranca.
Boca que vuela,
corazón que en tus labios
relampaguea.
Es tu risa la espada
más victoriosa.
Vencedor de las flores
y las alondras.
Rival del sol.
Porvenir de mis huesos
y de mi amor.
La carne aleteante,
súbito el párpado,
el vivir como nunca
coloreado.
¡Cuánto jilguero
se remonta, aletea,
desde tu cuerpo!
Desperté de ser niño.
Nunca despiertes.
Triste llevo la boca.
Ríete siempre.
Siempre en la cuna,
defendiendo la risa
pluma por pluma.
Ser de vuelo tan alto,
tan extendido,
que tu carne parece
cielo cernido.
¡Si yo pudiera
remontarme al origen
de tu carrera!
Al octavo mes ríes
con cinco azahares.
Con cinco diminutas
ferocidades.
Con cinco dientes
como cinco jazmines
adolescentes.
Frontera de los besos
serán mañana,
cuando en la dentadura
sientas un arma.
Sientas un fuego
correr dientes abajo
buscando el centro.
Vuela niño en la doble
luna del pecho.
Él, triste de cebolla.
Tú, satisfecho.
No te derrumbes.
No sepas lo que pasa
ni lo que ocurre.
Aún hay clases
En las próximas semanas, dos novelas históricas van a entrar en las listas de los libros más vendidos para quedarse una buena temporada. La primera es Venganza en Sevilla (Planeta), de Matilde Asensi, una aventura ambientada en la populosa capital andaluza de principios del XVII. Basta descargarse el primer capítulo de la web de la autora para advertir el olor a coñazo homérico y prosa funcionarial, espesa, gallinácea y más plana que una entrevista con Indurain. Pero nos hartaremos de verla en el metro y las playas.
La segunda es El asedio, de Arturo Pérez-Reverte (la publica Alfaguara el 3 de marzo), y aunque él niega que sea una novela histórica, se desarrolla en Cádiz durante 1811 y 1812. No sería mala cosa que PP y PSOE introdujeran en su hipotético Pacto por la Educación una cláusula que incluyera algunos relatos de Pérez-Reverte en los planes de estudio. Las aventuras del capitán Alatriste están bien escritas -uno descubre la pobreza del castellano que hablamos cotidianamente-, divierten, enganchan y en ellas se aprende bastante más historia que en las clases de la mayoría de profesores de ESO (qué nombre tan definitorio). Cabo Trafalgar o Un día de cólera son también recomendables ejemplos del género preferido por los españoles, según proclaman las estadísticas año tras año.
Asensi desciende del infantiloide Dan Brown; Reverte, de Alejandro Dumas, rey del folletín histórico con clase. Y no es lo mismo.
NOTA: En breve, mi top de novelas históricas (no sale Ken Follett, aún no soy una vecinita).
Leed, malditos, leed
La Federación de Gremios de Editores de España ha hecho público su Informe de hábitos de lectura y compra de libros en 2009, un estudio anual que viene realizando desde 2001.
No sé yo si fiarme, porque esto es como las encuestas sobre el sexo y el racismo (o como las encuestas, en general), donde se miente a granel para quedar bien. Aquí todos triunfamos -bueno, siempre son los mismos, pero muchas veces- y nadie tiene nada contra otras razas, hasta que viven en el barrio, van al cole de nuestro nene o nuestra virginal niña nos trae un noviete marroquí a casa, claro. En el sofá y birra en mano, todos somos una mezcla de Gandhi y Casanova.
Los morbosos de los medios han destacado que, según el estudio, ha aumentado respecto a otros años el número de lectores entre los parados (de estar en esa situación, yo aprovecharía para tragarme de un tirón Anna Karénina, el novelón de Tolstói, que estrena traducción en la espléndida edición de Alba). Al parecer, el 59,3% de los parados leen, aunque sé por experiencia que cuando no tienes trabajo ni perspectivas de encontrarlo te pueden abandonar hasta las ganas de eso.
EL ESTADO DE LA CUESTIÓN
Por si eres un lector ocasional (los que leen alguna vez o al trimestre, un 13,7% ) aquí van destacados los puntos clave del informe:
• Por primera vez, la media de horas semanales dedicadas a la lectura supera las 6 horas entre los lectores frecuentes (los que dicen leer libros diaria o semanalmente, que son un 41,3%).
• El índice de lectura se sitúa en el 55% de la población mayor de 14 años, porcentaje que se mantiene estable con oscilaciones en los últimos cinco años.
• Los que más leen son los niños entre 10 y 13 años (91,2%) y los jóvenes entre 14 y 24 años (70,5%) y los mayores de 65 los que menos (29,8%).
• Casi un 25% de la población lee en Internet y el 28% acudió a una biblioteca.
• La novela histórica es el género preferido entre los lectores, pero los hombres huyen de las románticas y las mujeres de las de ciencia ficción y fantásticas.
• El perfil del lector español sigue siendo el de mujer, universitaria, joven y urbana que prefiere la novela, lee en castellano y en casa, por entretenimiento.
• El 26% de los lectores elige libros de bolsillo, el 45% lee más en vacaciones y más de un 40% de los lectores compró libros no de texto en el último año.
• El niño con el pijama de rayas, de John Boyne, ha sido el libro más leído en 2009, confirmando que los nazis mataniños nunca fallan, pero Stieg Larsson fue el autor más leído y comprado, como también podría haberles dicho cualquiera a cambio de un café.
La verdad, lo único que me creo es la increíble historia de Larsson y el pijama rallante.
Magnitud imaginaria
Hay libros como trampillas. Pequeños y casi ocultos, uno los abre sin esperar mucho y de repente accede a un mundo subterráneo pero brillante, nuevo e insospechado. Magnitud imaginaria (Impedimenta, 144 págs., 16 €), del polaco Stanislaw Lem (1921-2006), es uno de ellos.
Todo es original en este breve volumen. Forma parte de la llamada por Lem Biblioteca del Siglo XXI, título que le sirve para encuadrar y reunir cuatro obras que recogen reseñas y prólogos de libros existentes sólo en su mente, en una pirueta intelectual que no puede dejar de recordar a las mejores invenciones borgianas.
Magnitud imaginaria es un libro de prólogos cuyo propio prólogo reivindica irónicamente la dignidad del ‘género’, y es también la sarcástica, divertida y juguetona manera usada por Lem -famoso por sus obras de ciencia ficción- para ensanchar nuestra realidad y liberarnos de las restricciones mentales que nos ahogan, sugiriéndonos otros mundos posibles (o no).
JUEGOS MENTALES
Artistas que usan los rayos X para crear imágenes pornográficas, enciclopedias que pronostican el futuro, bacterias que se comunican y adivinan el mañana… Son los inquietantes asuntos de tres de los falsos libros que Lem prologa, aunque mi texto preferido es el tercero de los cuatro del extravagante experimento, más por lo que sugiere que por la ejecución en sí.
Se trata de la introducción a la Historia de la literatura bítica, que se define como “toda aquella literatura cuyo autor directo no ha sido el hombre”, en alusión a un lenguaje creado por las máquinas, primero como un mero balbuceo y después como una auténtica literatura apóstata que prescinde del ser humano y llega a escribir obras de Dostoievski que el propio Dostoievski hubiera tomado por suyas. Si Ana Rosa Quintana llega a saberlo…
Diversión inteligente que va dejando dispersas por sus páginas, como quien no quiere la cosa, reflexiones filosóficas, ideas y bromas que sirven para plantear grandes preguntas. Una vez abierta la trampilla, habrá que esperar a Solaris, la novela de ciencia ficción que Impedimenta planea publicar en breve, por primera vez traducida directamente del polaco.
Además, Harold Bloom la incluye en El canon occidental, ¿y quién soy yo para llevarle la contraria al viejo maestro culpable de no adorar lo políticamente correcto?
La carretera
No recuerdo la última vez que pasé miedo leyendo y no suelo conmoverme con las novelas que caen en mis manos, pero La carretera (Cormac McCarthy, DeBolsillo, 7,95 €) ha conseguido ambas cosas. Me siento bueno, y la intervención de Zapatero en el Desayuno Nacional de Oración ha sido la gota que ha colmado el vaso de mi beatitud. Gracias, Barack. Gracias, José Luis.
Estas poco más de 200 páginas le valieron el Pulitzer a su autor en 2007 y han vuelto a la actualidad por el estreno de la película protagonizada por Viggo Mortensen. La historia que cuenta es sencilla, tanto como la prosa desnuda y casi esquemática que la narra: un padre y su hijo recorren unos Estados Unidos post-apocalípticos (nunca se explicita la causa: ¿guerra nuclear? ¿catástrofe ambiental? ¿un asteroide?), caminando siempre hacia el Sur y la costa teóricamente salvadora, huyendo del frío y esquivando bandas de caníbales y desesperados solitarios y harapientos que merodean en busca de comida y refugio en un mundo vacío, desolado, gris, donde llueve ceniza y la civilización constituye un recuerdo ilusorio.
La fuerza del texto radica en su eficaz apelación a emociones y necesidades simples y profundas, instintivas, que nos fascinan porque no las solemos conocer: el miedo constante a morir, el hambre terrible, la búsqueda de cobijo en un entorno hostil, la exigencia de mantener la esperanza y la mera supervivencia. En La carretera hay espacio para el terror, el suspense y hasta la truculencia pero, por encima de todo, es una historia de amor, del único incondicional que existe, el de padres e hijos, ejemplarmente retratado en los lacónicos diálogos paterno-filiales que contribuyen a desarrollar la trama.
Poco se sabe de Cormac McCarthy, nacido en Rhode Island en 1933. No concede entrevistas ni se deja ver, en un caso parecido al del recientemente fallecido Salinger, aunque no tan extremo. No conozco otros libros suyos, pero en éste muestra un estilo seco, austero y sobrio, quizá premeditadamente monónoto en ocasiones, como si quisiera acomodarlo al paisaje yermo por el que se mueven los personajes.
La escritura de McCarthy alcanza su mejor versión en los momentos de acción y cuando trata la relación entre los dos protagonistas -sobre todo por su habilidad para decir mucho con pocas palabras-, y flojea algo cuando se pone lírica, con algunas imágenes no muy afortunadas, aunque tengo la impresión de que la traducción no ayuda. A mi juicio, defecto menor en un libro poderoso, que me ha traído a la mente La peste escarlata, el relato futurista de Jack London, rescatado por Navona.
Me ha dejado con ganas de profundizar en el trabajo del escritor, y de ver la película, que cuenta con un dato a su favor: la elección de Viggo Mortensen como protagonista. Cualquiera que haya leído el libro sabe que es un gran acierto.
Alégrame el día
Conforme a la Biografía de Clint Eastwood (Lumen, 832 páginas, 25,90 euros) escrita por Patrick McGilligan, un historiador de cine norteamericano, el viejo Clint es una persona huraña y egoísta, un cobarde vengativo, un seductor sin escrúpulos que manipula y desprecia a las mujeres, un déspota soberbio y cruel con sus colaboradores, un mentiroso enamorado de su madre -según McGilligan, su edípica racanería lo lleva a exigir cada año a la Warner el pavo de Acción de Gracias que regalan a los directivos, sólo para dárselo a su muy anciana mami-, un tipo astuto y perspicaz que sabe cómo manipular a los periodistas para promocionar sus películas y que -¡admirable!- lleva muchos años sin pagar en un restaurante.
Yo le diría a Mr. McGilligan: ¿y a quién coño le importa toda esta mierda? Además de remover porquería, el autor de la biografía hace un minucioso y documentado repaso de la carrera artística del ex alcalde de Carmel (California), y deja claro que el actor de la cara de palo ha acabado convirtiéndose en un gran director de cine, pero para saber eso no hace falta leerle a él. Basta con ver las películas de Eastwood y dejar la basura a Jorge Javier Vázquez y demás traficantes de miserias y mezquindades.











